Poder y Política


Manuel Cuadras

17/03/2011

 

 

Triunfó la impunidad


Hoy es uno de los días más tristes para la democracia en Puebla, quizá sólo comparable al día en que la Suprema Corte de Justicia de la Nación (SCJN) exoneró a Mario Marín del (penoso) asunto de Lydia Cacho. Son de esas batallas que duelen, porque la voz oficial dice una cosa y la voz popular dice lo contrario. ¿Alguien en su sano juicio cree que Marín en verdad era inocente? Obvio no.


Algo similar ocurrió el pasado martes en el Congreso del estado, fecha en que la gran mayoría de los diputados aprobó la última cuenta pública del inefable Mario Marín. Con un papel indigno, sumiso, deplorable, los diputados llegaron a la conclusión de que “no había irregularidades en la cuenta marinista…”. ¿Estarían hablando en serio? ¿No se equivocaron de sexenio? ¿Padecen lagunas mentales?


¿Cómo olvidar la serie de descalificativos y críticas que muchos de ellos lanzaban al nefasto Marín? ¿Qué pasó entonces? ¿Cambiaron de idea? ¿Se dieron cuenta que Marín no era tan malo como decían? ¿O simple y sencillamente les dieron línea? Cualquiera que haya sido la respuesta, es lamentable.


¿Qué explicación le darán a los poblanos por el encubrimiento que hicieron? De entrada, dudo que lo hagan. ¿Tendrán cara para ver a los ciudadanos y decirles que fueron parte de la impunidad? Lo dudo.


Triste papel de los diputados priistas por agachones, por respetar (una vez más) a la deidad Marín, por no atreverse a reprocharle sus excesos. Y más triste aún el comportamiento de los diputados panistas, que hoy tienen que tragarse todas sus palabrerías y bravuconadas que escupieron en campaña, porque fueron eso, simples palabrerías.


¡Cuánta razón tiene Jesús Ramos al decir que por ese tipo de acciones la gente tiene tan mala reputación de los políticos! “Marín debe estar muriéndose de la risa por lo ocurrido en el Congreso…”, dice el columnista; imposible afirmar lo contrario.


No se equivoca Rodolfo Ruiz cuando dice que “todo lo que parece es”, y lo sucedido el martes en el Congreso no hace más que confirmar el evidente acuerdo de impunidad signado entre Mario Marín y Rafael Moreno Valle. ¿Alguien podría darle otra lectura?


Sólo falta que, como diría el periodista Manuel Carmona, “esta Legislatura apruebe un decreto que ordene a los poblanos pedirle disculpas públicas al góber precioso…”.


¿A quién le responden los políticos?, se pregunta Denise Maerker; “no es difícil contestar, ellos hablan por sí mismos y no hay sorpresas, su prioridad no está en lo que pensemos los ciudadanos, su lealtad es de quien los promueve y apoya políticamente, lo otro, es una herejía política…”.


Imposible contradecir a Maerker. Los diputados que votaron a favor de la cuenta pública de Marín obedecen a los designios de “alguien superior” y no al interés ciudadano. Si hubiesen votado en contra serían vistos como unos herejes por parte del “gran legislador”, y los que votaron a favor son vistos como unos traidores y hablantines por parte de los ciudadanos, ¿o me equivoco?

 

Mi reconocimiento a las cuatro honrosas excepciones que no condicionaron su crítica y su disentimiento: Víctor Hugo Islas (PRI), Julio Lorenzini (PAN), Zeferino Martínez (PT) y José Juan Espinosa (Convergencia).

 



 
 

 

 
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