Poder y Política


Manuel Cuadras

17/11/2011

 

Mensajes de fondo


Ya en algunas ocasiones hemos hablado acerca del contraste que existe entre la verdad oficial y la verdad real. ¿A qué se debe la existencia de estas dos verdades (casi siempre antagónicas)? A la necesidad que tienen los que mandan de conservar el control de las cosas, el status quo. Sin embargo, siempre que una verdad real, se intenta sustituir por una verdad oficial, existen mensajes de fondo que evidencian la maña y nos permiten diferenciar entre una y otra.


Pongamos un ejemplo sencillo. La verdad oficial en 1968 fue que, en Tlatelolco murieron una decena de jóvenes provocadores. La verdad real fue que murieron cientos y que otros cientos fueron desaparecidos, y que no eran provocadores, sino luchadores sociales. El riesgo de dar a conocer la verdad real en aquel momento era que, el gobierno (el régimen en general) perdiera control sobre los gobernados. El mensaje de fondo, que evidenció la brutal represión del gobierno hacia los estudiantes, lo encontramos en el Informe Presidencial de Gustavo Díaz Ordaz de 1969: “Asumo íntegramente la responsabilidad ética, social, jurídica, política e histórica, por las decisiones del gobierno con relación a los sucesos del año pasado…” En ese mensaje Díaz Ordaz reconocía implícitamente la gravedad de los hechos, siendo que, en ocasiones anteriores (y subsecuentes) los minimizo.


Así pues, un mensaje de fondo, es en cierto modo, una confesión in pectore.


Lo anterior viene a colación por dos que sucedieron a lo largo de la última semana, en que, mensajes de fondo, evidenciaron lo opaco de unas verdades oficiales, veamos.


La reciente (y lamentable) pérdida del ex Secretario de Gobernación, Francisco Blake Mora está llena de mensajes encontrados. Más allá de las inconsistencias técnicas que no convencen a millones de mexicanos, la percepción de un posible atentado en medio de la guerra contra el crimen organizado, y la presurosa inquietud del gobierno federal por rechazarlo, hacen suponer la fragilidad del gobierno ante los ataques (mensajes) del narco.


La verdad oficial (seguramente) dirá que se trató de un accidente aéreo, producto de malas condiciones climatológicas. Sin embargo, nuevamente un mensaje de fondo deja ver la realidad del caso. ¿Por qué realizarle un Funeral de Estado a Blake y a los demás tripulantes? ¿Por haber muerto en un accidente aéreo? ¿Quiere decir que todo funcionario federal que muera en un “percance” recibirá un Funeral de Estado? La duda me mata, ¿si Blake o su Director de Comunicación Social, hubieran fallecido por un simple estornudo, también hubieran recibido un Funeral con Honores? Me da la impresión que los honores funerarios que recibieron los acaecidos, llevan implícito el reconocimiento de haber muerto patrióticamente, es decir, por defender los intereses de la República.


La pelea entre Manny Pacquiao y Juan Manuel Márquez es una clara muestra de lo que significa conservar el status quo, en este caso, del boxeo. Creo que nadie en su sano juicio, y con un ápice de objetividad, puede decir que ganó el filipino, sin embargo, declarar oficialmente ganador a Márquez hubiese implicado —además de millonarias pérdidas económicas para los grandes casinos de Las Vegas— desmitificar la figura del “gran” Pacquiao, y como la historia se sostiene por mitos, a los intereses del boxeo les convenía (les conviene) conservar el mito del “gran peleador filipino”. Sin embargo, como la “verdad oficial” resultaba insostenible, los promotores decidieron plantear una cuarta pelea entre ambos. La pregunta es ¿Por qué si Pacquiao ganó “claramente” la pelea (como él mismo dijo), habría de darle una “revancha” a Márquez, siendo que el mexicano ni siquiera lo había solicitado? La respuesta es sencilla, porque Manny reconoció en los hechos que perdió la pelea y que el que quería la revancha era él mismo, así de fácil. Por lo que respecta a Márquez, no creo que le desagrade cobrar 18 millones de dólares por una cuarta pelea (la suma más grande de toda su carrera).

 

La política y el boxeo son muy similares por muchas razones, pero entre otras, porque ambos son ejercicios de apreciación, sometidos al escrutinio público. Los jueces, quienes dan el resultado “oficial”, intentarán convencernos de su veredicto, pero la opinión popular, sobre la que descansa (en muchos casos) la verdad real, casi nunca se equivoca. Me parece que estamos frente a dos claros ejemplos de ello.

 



 
 

 

 
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