Poder y Política


Manuel Cuadras

29/09/2011

 

 

Aborto y reelección


Ayer fue un mal día para el desarrollo democrático del país, y para el avance como sociedad moderna. En menos de 24 horas, de un plumazo, demostramos (el plural se refiere a México como país, aunque en realidad la culpa es de las autoridades legislativas y judiciales) demostramos que seguimos siendo un país con ideas conservadoras e intolerantes.

 

Por un lado, los diputados federales desecharon la posibilidad de contar con un sistema de reelección parlamentaria. Si bien es cierto que el tema se incluyó como parte de la Reforma Política que actualmente se discute en el Congreso de la Unión, al final, la Comisión de Puntos Constitucionales decidió eliminar este tema de dicha iniciativa.

 

Con ello, México sigue siendo –junto con costa Rica- el único país en el mundo que no permite la reelección de legisladores. Esto imposibilita la carrera parlamentaria, es decir, que los diputados y senadores puedan impulsar y darle seguimiento a proyectos de largo alcance, y no como actualmente sucede, que actúan con  una visión de corto plazo, dado lo efímero de su periodo (“legislan” para lo inmediato). Además, la no reelección de legisladores permite la comodidad y desdén de quien ocupa una curul, ya que, al no tener el incentivo de poder repetir, pero tampoco la presión de ser relevado de su cargo, les da igual hacer un papel importante o un papel mediocre, total, ya llegaron a sus curules y nadie los podrá mover en tres años… Los ciudadanos, por tanto, no tienen la facultad de premiar o castigar a los legisladores de acuerdo a su desempeño. Lamentable.

 

Pero no fue esa la única mala noticia del día. Resulta que ayer, la Suprema Corte de Justicia de la Nación (SCJN) decidió –por mayoría de votos- darle la razón al Congreso de Baja California para la validez de una reforma obtusa: castigar penalmente a las mujeres que se practiquen un aborto (bajo las causas que sean).

 

Mientras en la mayoría de países del Continente, el debate del aborto es cada vez más abierto y con respeto a los derechos de las mujeres, aquí en México se le da la categoría de criminal a quien se ve en la circunstancia de practicarse un aborto. Para ubicarnos un poco en contexto y demostrar por qué esta medida fue anacrónica, vale la pena analizar el panorama internacional, veamos.

 

En Costa Rica, Panamá, Haití, República Dominicana, Colombia, Ecuador, Brasil, Perú, Paraguay, y Argentina, los casos de aborto son permitidos cuando se trate de una violación, cuando se ponga en riesgo la vida de la madre, o bien, cuando el producto presente malformaciones congénitas. Bolivia fue más allá e incluyó (además de las causales antes descritas) el incesto y el estupro.

 

Belice permite el aborto cuando se demuestren problemas socioeconómicos, es decir, que los padres demuestren que no le van a poder brindar una vida digna al hijo. Uruguay introduce el término de “conservar el honor” para permitir un aborto en caso de violación, y también avala el aborto cuando se presenten “angustias económicas”. Mientras que, en Cuba y Puerto Rico, se permite el aborto dejando al libre albedrío de la madre la decisión.

 

Después de analizar brevemente los casos de América Latina, es penoso que la SCJN haya avalado que en un estado de la República Mexicana se penalice con cárcel (se trate como delincuente) a quien “decide” o se ve obligada a abortar un hijo. El mensaje del Congreso de Baja California (y de la SCJN) es claro: “No nos importa por qué quieras abortar, pero si lo haces, eres criminal…” Simplemente absurdo e ignominioso.

 

El tema del aborto debe analizarse sin moralismos ni dogmas. Es un asunto de salud pública. Miles de mujeres mueren al año por no contar con condiciones “dignas” para realizarse un aborto (por las razones que sean). No se trata de estar a favor o en contra de la vida, nadie en su sano juicio podría estar en contra de ella, de lo que se trata, es de respetar el derecho de las mujeres de decidir y de garantizar su salud e integridad.

 

Ayer se abortó la reelección y se fecundó la intolerancia. Qué lástima

 



 
 

 

 
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