Poder y Política


Manuel Cuadras

04/03/2010

El aniversario del PRI (segunda parte)


El día de hoy, el Partido Revolucionario Institucional, el partido más longevo de México, aquél que surgió de una “revolución”, aquél que creó las instituciones de nuestro país, el que se dice luchar por la “democracia y la justicia social”, cumple un año más de vida.

 

Recuerdo que hace un año, en el marco de su aniversario número 80, decía que el PRI padece de la extraña enfermedad de Benjamin Button: un alma vieja, dentro de un cuerpo joven. Un PRI de imagen fresca y “renovada”, pero de viejas prácticas y vicios antaños.

 

Ya en la columna anterior hablaba acerca de esos vicios de antaño que aún prevalecen en el PRI de hoy, concretamente, el regreso de los caudillos y caciques en pleno siglo XXI.

 

Los 19 gobernadores priistas hacen y deshacen lo que les plazca dentro de sus respectivas entidades, sin necesidad de rendirle cuentas a nadie, ni compartir el poder con nadie, son, en pocas palabras, los neo-caciques del PRI.

 

Ellos son los dueños del PRI en sus estados, y juntos representan un poder fáctico en la vida política nacional. Si bien es cierto que, institucionalmente el monopolio de las decisiones las tiene el Comité Ejecutivo Nacional, en la práctica muchas de estas decisiones se consensúan (cabildean) con los gobernadores, dicho de otra manera, los gobernadores son los 19 accionistas mayoritarios, y la triada (Gamboa, Beltrones, Paredes) son simplemente los directivos de la gran empresa tricolor.

 

Gamboa se ha desdibujado a raíz de su salida de la Cámara de Diputados y su intento fallido por suceder a Beatriz Paredes; Beltrones tiene poder e influencia en Los Pinos, pero su poder se ve acotado cuando intenta incidir en las decisiones locales, y Paredes simplemente cuenta con el comodato para administrar temporalmente el edificio de Insurgentes Norte, pero su voz es como un grito al vacío.

 

Ante esta carencia de figuras nacionales de peso que organicen y controlen a los gobernadores, los caudillos institucionales han encontrado en la cohesión (y en su poder económico) el mecanismo perfecto para relegar y someter a la Dirigencia Nacional a sus intereses. Paradójicamente, la única figura trascendental entre todos los priistas, que pudiera imponerse sobre los demás debido a su potencial de liderazgo, es también un gobernador, ¿su nombre? Enrique Peña Nieto.

 

Esta situación de neo-cacicazgo repercute negativamente en la vida política del país. ¿Cómo hablar de instituciones y desarrollo democrático, cuando se tienen 19 jefes de aldea gobernando dictatorialmente?

 

Los esfuerzos a nivel federal por impulsar reformas democráticas chocan con pared a la hora de aterrizar en el ámbito local, debido al poco (o nulo) interés de los gobernadores por abrir canales que pongan límites a su estratosférico poder. Ejemplos de ello lo encontramos en la iniciativa de Reforma Electoral, y en la Ley de Transparencia y Acceso a la Información, ambas, aprobadas por el legislativo federal y obstaculizadas al extremo por el Congreso Local, por instrucciones —claro está— del “Gran Legislador”.

 

Ese es el ambiente que prevalece en el México provinciano, donde gobiernan los 19 caciques priistas. Ese es el PRI renovado que defiende la democracia y la justicia social. Un partido anacrónico que vive (literalmente) de su pasado. Hoy, de la misma forma en que los terratenientes del pasado, Maximino Ávila Camacho y Gonzalo N. Santos “desaparecían” a aquéllos que se negaban a alinearse con el sistema y su gobierno; en la actualidad, los caudillos modernos hacen lo mismo, desterrando de su partido a los rebeldes incómodos.

 

¿Alguien puede dudar que Mario Marín, Fidel Herrera y Ulises Ruiz son los nuevos caciques de México? Puebla, Veracruz y Oaxaca son tres ejemplos de lo que sucede en todos los estados donde gobierna el PRI octogenario, en donde la ley del gobernador es la única que vale, le pese a quien le pese. ¡Felicidades!

 



 
 

 

 
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