Poder y Política


Manuel Cuadras

10/07/2009


SÍ JEFECITO


Sucedió hace algunos años en una lejana entidad de nuestra bellísima República mexicana. Era un proceso de campaña muy ríspido. Las diferencias y animadversiones entre los dos principales abanderados del partido tricolor crecían cada vez más. La relación entre el candidato a la presidencia municipal y el candidato a gobernador había pasado de ser fría a gélida. La cuerda estaba bastante tensa, tanto que amenazaba incluso con fracturar al partido con el inminente riesgo de perder los comicios de aquel año.


Los focos rojos se encendieron en el Comité Ejecutivo Nacional del PRI. Se buscó de varias maneras y con varios interlocutores mediar para aminorar la guerra interna. Intervino el delegado del CEN; nombraron a un “delegado especial”, ambos quedaron rebasados. Fue entonces cuando solicitaron el apoyo de un reconocido político que gozaba de respeto en la entidad. Era el único que podía influir en los dos bandos y al único al que le podían hacer caso.


Se reunió con el candidato a gobernador y le recomendó prudencia y cabeza fría. “Tú vas a ser el gobernador, debes tener buena relación con todos los grupos”. Posteriormente se reunió con el candidato a la presidencia y tras sugerirle que no le convenía pelearse con el próximo gobernador, le contó las siguientes anécdotas y reflexiones:

 

Tragar sapos


“¿Cuántas veces no has escuchado que en política hay que saber tragar sapos y no hacer gestos?” —le preguntó—. Se dice que cada que nos enfrentamos ante una situación incómoda o adversa es como si nos obligaran a tragar un sapo, ¿no es así? Pues entonces, sé inteligente y en lugar de que te tengas que tragar un sapo por obligación, mejor prepárate para cuando eso suceda y que no te afecta, es decir, cómprate tu cubetita de sapos y así tú decides cuándo y dónde te comes uno, por ejemplo, antes de ir a una reunión con el gobernador, te comes un sapito…


Ponerse la guayabera.


El político continuó con sus consejos: “Mira, cuando yo trabajaba en el gobierno de Luis Echeverría, nadie, absolutamente nadie, dudaba que el candidato a la presidencia iba a ser Mario Moya Palencia. Era un hombre culto, brillante, impecable en su vestimenta, excelente orador. Hubiese sido un buen presidente, todo un estadista. Un día me encontraba en el patio de Palacio Nacional esperando que diera inicio un evento al que asistiría el presidente y en el cual el secretario de Gobernación (Moya) sería el orador principal. De pronto, se me acerca un joven que tenía un modesto puesto en oficialía de partes de la Secretaría de Gobernación y me dice: “Oiga, yo creo que nuestro jefe (Moya) no va a ser el candidato eh. ¿Ahh no? ¿y por qué lo dices? —le pregunté—. Pues mire, habla mejor que el presidente, sabe más que el presidente, se viste mejor que el presidente… “Ahhh, ¿y por eso no va a ser presidente? No pues si mi politólogo —le contesté de manera sarcástica—. Bueno, yo no soy experto, usted sabe más que yo de esto, pero para mí que no, es más, mire, ese que va ahí va a ser el candidato. ¡Ahh caray, además de analista político hasta pitoniso eres! “—le contesté—. Cuando volteé a ver la persona a la que se refería, descubrí que se trataba de López Portillo quien llegó a la ceremonia con una guayabera que rompía con la solemnidad del evento. “Mire, ya hasta guayabera trae, se ve que ya está en campaña…”


Sí jefecito.


Pero hay otra anécdota: “Yo fui el funcionario más leal y disciplinado en el sexenio de Miguel de la Madrid. Le mantuve el orden dentro y fuera de su gobierno en el momento de mayor inestabilidad en el país. Nunca desacaté una instrucción suya ni entregué malas cuentas en las labores que me encomendaba. Cuando sentía que el presidente tenía una visión equivocada, manifestaba mi punto de vista con respeto, pero siempre con seguridad. Mientras eso sucedía, había otro funcionario que con su voz mustia y actitud hipócrita a todo decía: sí jefecito, sí jefecito. A lo largo de todo el sexenio no hizo más que endulzarle el oído al presidente con sus cifras alegres y con su sí jefecito. El final ya lo conoces, él se volvió presidente y yo no”. Conclusión (así terminó el político su receta de consejos): “Cómprate tu cubetita de sapos, ponte tu guayabera y aprende a decir sí jefecito. Mírate en mi espejo, que no te pase lo que a mí o a Mario Moya…”


Bonus track

 

El día de ayer nuevamente un ciudadano sufrió lesiones a causa de un árbol viejo en pleno zócalo de la ciudad. La pregunta es: ¿ahora a quién va a correr la presidenta por este accidente?, ¿Al encargado de despacho de Parques y Jardines? ¿Ahora a quién le va a echar la culpa?, ¿Seguirá buscando chivos expiatorios en vez de asumir ella misma la responsabilidad como cabeza del Ayuntamiento?

 



 
 

 

 
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