Poder y Política


Manuel Cuadras

25/05/2010

 

 

Instituciones cada vez más de caricatura


Un elemento básico de todo gobierno es la legitimidad, entendiendo ésta como el consenso o aceptación de la mayor parte de la población hacia sus instituciones. Cuando no hay legitimidad, se dice, existe una crisis de gobierno, o lo que es lo mismo, ingobernabilidad.

 

Eso es justamente lo que vive el país: ingobernabilidad. Más allá de la ola de violencia, los secuestros, los asaltos, y por supuesto, la (mal llamada) “guerra contra el narco”, México se encuentra sumergido en una profunda crisis de legitimidad.

 

Los mexicanos no creen (no creemos) en nuestras instituciones. Para expresarlo en términos del propio Calderón: mientras él se aferra en sostener una guerra (fútil) contra los cárteles de la droga (guerra que por cierto sólo él comprende y respalda), la mayoría de los mexicanos mantienen (mantenemos) una guerra permanente de menor intensidad: la guerra de credibilidad hacia nuestros políticos e instituciones.

 

Alguien podría refutar (algún funcionario seguramente) que en México no hay ingobernabilidad, esto se debe a que erróneamente solemos asociar dicho concepto con imágenes extremas, a saber: plantones, edificios tomados, autos incendiados, policías golpeados, tiendas saqueadas, etcétera, sin embargo, antes de llegar a tales actos reaccionarios, la ingobernabilidad tiene su primera expresión, repito, en la falta de credibilidad de la ciudadanía, ¿porqué?, veamos.

 

Una sociedad que ha perdido la fe en sus instituciones, es, por lo general, una sociedad apática. Un gobierno (que se sabe) carente del respaldo (y simpatía) social, se vuelve comodino y conformista (pues sabe que lo que haga, irremediablemente contará con el descrédito social). ¿Se puede aspirar a algún desarrollo con estas características?

 

El genio de las Ciencias Políticas, Norberto Bobbio, decía que: “la disminución de confianza de los ciudadanos respecto de las instituciones de gobierno y la falta de credibilidad en los gobernantes provocan automáticamente una disminución en las capacidades de estos últimos para afrontar los problemas, generando un círculo vicioso que puede definirse como la espiral de la ingobernabilidad…”

 

Lamentablemente, como diría Héctor Aguilar Camín, en nuestro país nada es creíble porque todo es posible. Todo se puede fabricar, ocultar, tergiversar, cambiar, “sembrar”, comprar, porque en México todo se puede.

 

Se puede comprar a los medios de comunicación para que callen o engrandezcan una nota. Se puede inculpar a gente inocente en la fabricación de “x” delito. Se puede comprar a la justicia para que detengan a tal periodista o para que absuelvan a tal gobernador. Ese es el México del todo se puede y del no pasa nada.

 

Las instituciones, como ya dijimos, son responsables directas de la falta de credibilidad que les profesamos. ¿Cómo creer que el fallecimiento de Paulette fue un “accidente”? ¿Cómo creer que lo de Diego Fernández no tiene que ver con el crimen organizado? ¿Cómo creer que la muerte de Mouriño se trató de una “falla técnica”? ¿Cómo aceptar que en el caso Lydia Cacho no hubo tráfico de influencias ni abuso de autoridad?

 

Los ciudadanos, por nuestra parte, somos responsables también de esta crisis de gobierno por nuestra falta de interés y participación en los asuntos públicos. Hemos perdido la credibilidad y el asombro, pero también la capacidad de criticar y exigir a las autoridades. Nos hemos vuelto desinteresados y conformistas.

 

¿Hacia dónde vamos? ¿Qué le espera al país si seguimos con la fórmula: sociedades apáticas + gobiernos mediocres? Nada, únicamente continuar en la ruta del subdesarrollo como desde hace más de cuatro décadas.


¡Viva el bicentenario!

 



 
 

 

 
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