Poder y Política


Manuel Cuadras

26/06/2009


Vivir en el error


Sin duda uno de los sexenios en que más excesos, abusos y corruptelas ha habido en la historia de nuestro país, es el encabezado por el presidente Miguel Alemán. Alemán, heredero de una tradición revolucionaria, decide incursionar en asuntos políticos a principios de la década de los 30 (del siglo pasado) lanzando su precandidatura a una diputación por el distrito de Coatzacoalcos, Veracruz, sin embargo, su partido, el PNR, opta por darle la candidatura a un terrateniente de la región. Miguel Alemán, quien para ese momento ya tenía presencia en su estado, contactos políticos, pero escaso capital económico, describiría ese primer intento fallido años más tarde en sus memorias:


“Mis esfuerzos quedaban neutralizados privándome, acaso, de un primer triunfo en las lides electorales; había hipotecado mi casa, vendido algunos muebles y empeñado hasta un fino reloj que me obsequiaron, todo ello para reunir fondos con los cuales solventaría la campaña…” (Miguel Alemán Valdés, Remembranzas y Testimonios). Ese primer fracaso lo marcó profundamente y aprendió que para hacer política, primero era necesario hacer dinero.


Una década antes (aún siendo un preparatoriano) había formado un grupo político basado en la hermandad, la solidaridad y el compañerismo de sus integrantes denominado “Grupo H-1920”. En 1927 firma un pacto con sus compañeros del grupo, que definía la visión de Alemán respecto a los apoyos para llegar al poder:


“…Muchos de nosotros, y tenemos fe en ello, llegaremos a ocupar prominentes lugares en nuestra vida social o política, ellos quedarán obligados para ayudar a aquellos que lo necesiten del grupo. Aquel que pudiendo prestar dicha ayuda y se niegue a hacerlo, previo estudio y aprobación del grupo, será expulsado aplicándosele el castigo que sea determinado por la mayoría de los miembros del grupo. Aquel que no desee seguir formando parte del grupo, deberá expresar sus motivos, según los cuales se aceptará o no la renuncia en reunión especial del grupo; pero si la causa de excluirse es la de eludir la ayuda a los demás, será severamente castigado, con el agravante de faltar al compromiso sellado por el honor…” (La Presidencia Imperial, Enrique Krauze).

 

Ya en el poder presidencial, Alemán hizo valer con creces su palabra empeñada en ese pacto. Todos sus amigos se vieron altamente favorecidos durante su mandato, algunos ocuparon carteras importantes dentro de su gabinete, y otros tantos se beneficiaron con jugosos contratos de obras y servicios públicos. Fue precisamente uno de los amigos del espléndido presidente, de nombre César Garizurieta, el creador de la célebre frase: “Vivir fuera del presupuesto es vivir en el error.”

 

Pero los excesos y frivolidades de Miguel Alemán iban mucho más allá de dar chamba a sus amigos. Era un apasionado de los toros, de los autos lujosos, y por supuesto de las mujeres. María Félix narra en sus memorias los fastuosos detalles que recibía por parte del excéntrico presidente: “Cuando hice la película de Maclovia en los lagos de Michoacán, me llenó de atenciones. Una vez le dije por teléfono que se había acabado el hielo en el hotel de Pátzcuaro donde estaba hospedada, y a la mañana siguiente me mandó un hidroavión con un refrigerador. Le di las gracias impresionada y él quiso mandarme todos los días el hidroavión con manjares y golosinas. Era un lujo excesivo que contrastaba con la pobreza del lugar, y entonces le pedí que en vez de enviarme caviar y langostas, llenara el hidroavión con sacos de maíz, arroz y frijol para repartirlo entre los indios de Janitzio…”

 

Alemán se sentía un rey, su poder y ambición no conocían límites. Había modernizado al país a costa de enriquecerse él y sus amigos. Durante su quinto año de gobierno preparaba su reelección declarando que aún faltaban muchas cosas por hacer: “Quisiera que todos los mexicanos tuvieran un Cadillac, un puro y un boleto para los toros…” —decía—.


Todo parecía perfilarse para la consolidación del proyecto sucesorio de Alemán, sin embargo, un pequeño detalle casi insignificante, le costó su reelección. Resulta que Cándido Aguilar, un exmilitar revolucionario, lo fue a ver y le dijo: “Piénsalo bien, te puede costar la vida”, Alemán le contestó: “No general, yo no pienso reelegirme”. Acto seguido, el general Aguilar fue a la prensa y dijo: “Acabo de hablar con Alemán y me dijo que no buscará reelegirse”. Alemán fue incapaz de contradecir al amigo de su padre y con ello se derrumbó su reelección.


Termino con una cita de Krauze (y después una reflexión): “Es cierto que los generales revolucionarios se habían enriquecido gracias a sus puestos: Obregón, Calles, Cárdenas y Ávila Camacho poseían ranchos que no hubiesen podido adquirir únicamente con sus sueldos de militares, pero la escala a la que llegó el grupo H-1920 era algo nunca antes visto.”

 

Cierto político local alguna vez dijo: “Quien ordeña la vaca tiene derecho a quedarse con sus litritos, pero nunca a quedarse con la vaca y mucho menos con el rancho…” La escala de corrupción a la que se ha llegado en este sexenio, supera por mucho lo visto en años anteriores, y aún así se pretende imponer un delfín que continúe con el “proyecto de nueva generación”. ¿Habrá alguien que (al igual que el general Aguilar) revele que el gobernador le confesó que no tiene candidato? ¿Podría Marín contradecir a alguien como su maestro Bartlett?

 



 
 

 

 
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