Poder y Política


Manuel Cuadras

20/04/2010

Crónica de una derrota anunciada (narrada algún tiempo después)


En el fondo todos sabíamos que eso iba a ocurrir. No sé si por lo que se decía en los medios, por lo que se escuchaba entre la gente, o simplemente por un extraño presentimiento (bañado de deseo) que teníamos muchos de que el PRI perdiera esa elección.


Quizá fue una mezcla de todo: el hartazgo de la sociedad por las más de siete décadas de PRI-gobierno; la fractura interna que vivió el tricolor por la imposición del candidato oficial; lo malo que resultó ser este; lo buen candidato que resultó ser el del PAN, en fin, lo cierto es que todo apuntaba al mismo final.


El grupo en el poder se sentía muy optimista, o al menos eso quería aparentar. Hablaban de “cifras alegres” e incluso decían que arrasarían en la elección. Obviamente nadie les creía, para ese momento la idea de una contienda cerrada ya había permeado lo suficiente y nadie en su sano juicio compraba la idea de que el delfín era el más carismático y el más aceptado entre los votantes.


Eran ya otros tiempos, atrás quedaron las anécdotas de los “carros completos” y las estructuras súperpoderosas, en aquél año quedó demostrado que el voto ciudadano pesa más que el voto corporativo. Quizá ese fue otro de los grandes errores del PRI, confiarse demasiado en su mítico “voto duro”, que a esas alturas ya era simplemente eso: un mito y un bonito recuerdo, nada más.


¿Que si el PRI lo sabía? Por supuesto, pero también sabían que su candidato tenía altísimos niveles de rechazo entre la llamada “sociedad civil”, de ahí la idea de apostarle nuevamente al (ex) voto duro. La estrategia entonces fue la de siempre: apapachar a los de casa (con apoyo$, pisos dignos, despensas, etcétera) y mermar la participación de los ciudadanos sin partido, sabedores que en ellos radicaba su punto más débil. Los priistas sabían que entre menos gente fuera a votar, más posibilidades tenía su candidato de ganar.


Fue una campaña distinta a todas las anteriores, entre otras cosas, porque por primera vez en la historia existía la posibilidad real de que se diera la famosa alternancia política, y eso fue justamente lo que despertó el interés y motivación de la gente. El candidato del PAN se presentó como la opción para evitar el continuismo del grupo en el poder, y lo consiguió, lo que la gente no sabía era que el panista (bastante heterodoxo por cierto) era igual de mañoso que todos los políticos priistas, era en cierto modo, un priista disfrazado de panista, pero bueno, esa es otra historia.


La campaña seguía su curso y mientras el tiempo transcurría, la ventaja inicial del tricolor se veía seriamente amenazada. Recuerdo que para el mes de mayo la diferencia era solamente de seis puntos; un mes antes de la elección se hablaba ya de un empate técnico; y fue durante la última semana de junio cuando se dio finalmente el ansiado cruce de tendencias electorales.


El nerviosismo invadió al equipo de campaña del delfín. Llegaban los primeros reportes que auguraban un triunfo cerrado (pero triunfo al fin) del candidato panista. Fue entonces cuando se puso en marcha la estrategia emergente para el día “D”. ¿En qué consistía? En comprar votos, recoger credenciales de elector, armar zafarranchos, etcétera, todo en aquellas zonas que tenían identificadas como voto adverso; es decir, la mayoría. Tenían los medios y los recursos a su alcance para hacerlo, era algo que sabían hacer a la perfección, sólo que en esta ocasión no les dio resultado (al menos no el que esperaban).


Acción Nacional por su parte, con todos los apoyos económicos que aportaron las empresas más fuertes a nivel nacional como: Femsa, Telmex, Cemex, entre otras, conformó un verdadero ejército ciudadano de movilización y defensa del voto, digno de la admiración de todos los mapaches arcaicos del PRI. Finalmente, tantos años de perder elecciones fueron un buen ejercicio propedéutico que les sirvió para ganar la elección de la transición democrática.


Al final, el PRI perdió la elección; su candidato pasó a la historia como el primer gran perdedor, mientras que su mentor, paradójicamente, en vez de compartir la derrota, se erigió como el gran demócrata que entregó el poder al PAN, siendo que fue él el verdadero culpable de la derrota.

 

Así fue, en términos generales, cómo el PAN ganó la presidencia de la República en el año 2000. ¿Alguien pensó acaso en Zavala, Mario Marín y Rafael Moreno Valle?

 



 
 

 

 
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