Poder y Política


Manuel Cuadras

31/07/2009


DESPUÉS DEL DESTAPE LA (INEVITABLE) RUPTURA


En la historia política de México hay innumerables historias de rompimientos entre el gobernante entrante y el saliente. Historias en que los celos y la ambición pudieron más que viejas amistades. Una de las más representativas es quizá, la protagonizada entre Gustavo Díaz Ordaz (saliente) y Luis Echeverría (entrante).


Su relación directa empieza en 1958. En aquel año, Gustavo Díaz Ordaz fue nombrado secretario de Gobernación en el gabinete del presidente Adolfo López Mateos, quienes por cierto, a la postre, también resultarían distanciados.


De acuerdo a los testimonios de Luis Echeverría, su llegada a la Subsecretaría de Gobernación se debió a que el propio presidente López Mateos lo consideró para esa posición y no Díaz Ordaz: “Quien pensó en mí para ocupar la Subsecretaría fue directamente el señor presidente López Mateos; el licenciado Gustavo Díaz Ordaz tenía contemplado a otra persona, incluso cuando me hace la invitación para colaborar con él, lo expresa de manera muy clara: “Por instrucciones del señor presidente, lo invito a que se integre a mi equipo de trabajo…”


De esa manera comienza la relación entre ambos personajes. Echeverría se convirtió en el brazo derecho de Díaz Ordaz y este, a su vez, en el brazo derecho del presidente, mientras eso sucedía, López Mateos viajaba por todo el mundo y disfrutaba del glamour que representa ser el presidente de México, ganándose por ello los apodos de: “Adolfo López Paseos” y “El Golfo de México”.


Así las cosas, cuando Díaz Ordaz se va como candidato del PRI en 1964 no fue raro ni fortuito que propusiera a su fiel escudero (y más joven de sus colaboradores) para que ocupara la vacante de secretario de Gobernación. ¿Quién mejor que él, que conocía a fondo todos los secretos del sistema? López Mateos palomeó dicha propuesta.


Ya en el sexenio de Díaz Ordaz, Echeverría fue ratificado como titular en Gobernación, y como era de esperarse se convirtió en el hombre más poderoso de México después del presidente.


Eran tiempos de grandes cambios en todo el mundo: Berlín, Praga, París, Madrid, Chicago, ciudades emblemáticas que despertaron al mismo tiempo para pedir la transformación radical del viejo orden; México no podía ser la excepción. De tal suerte que, de pronto, impulsados por un deseo de libertad (y por la moda de salir a las calles) miles de jóvenes canalizaron su natural estado de rebeldía para conformar lo que ahora conocemos como movimiento estudiantil de 1968.


Pero el destino, Echeverría y Díaz Ordaz, le tenían preparada una sorpresa a aquellos jóvenes “revoltosos e ingratos”. Después de meses de conflicto y a escasos días de la inauguración de los Juegos Olímpicos, el sistema autoritario de aquellos años reprimió a los jóvenes idealistas reunidos en la Plaza de las 3 Culturas de Tlatelolco, la noche del 2 de octubre de 1968.


De acuerdo a una teoría, Luis Echeverría habría inventado el problema para después presentarse como el único capaz de resolverlo, ganando con ello la bendición de su jefe para ungirlo como candidato a la presidencia. Una confesión sui géneris hecha por Díaz Ordaz a un grupo de amigos dos días después de consumado el destape, parece confirmar tal aseveración: “Supongamos que vamos en un automóvil por un camino (expuso Díaz Ordaz) y de repente nos asaltan unos bandidos sin escrúpulos. En el coche viajan conmigo cuatro candidatos. El primero (Emilio Martínez Manatou) se esconde y desaparece cuando nos conminan a abandonar el vehículo; el segundo (A. Ortíz Mena) sugiere a los asaltantes que no me pidan dinero a mí, sino que se entiendan mejor con él porque pronto será más rico y poderoso; el tercero empieza a negociar con los maleantes y a proponerles diversos tratos (Alfonso Corona del Rosal). Sólo Luis Echeverría salta del carro, confronta a los forajidos y les advierte: “lo que es con él, es conmigo”.


Poco tardó para que esa “lealtad” mostrada por años desapareciera por completo. Una vez nominado, Echeverría se desmarcó por completo de la figura de Díaz Ordaz, incluso, en una gira por Jalisco, en el marco de un evento con estudiantes, tuvo la osadía de pedir un minuto de silencio por los estudiantes caídos en Tlatelolco, lo cual fue interpretado como un clarísimo mensaje de ruptura. Las semanas siguientes el aún presidente GDO buscó echar abajo la candidatura de su ex ahijado, pero todo fue inútil, la bufalada priista y las reglas no escritas del sistema tenían ya un nuevo jerarca. La mañana en que Díaz Ordaz entregó la banda presidencial, se miró al espejo y se dijo a sí mismo (golpeándose la frente): “pendejo, pendejo, pendejo…”

 



 
 

 

 
Todos los Columnistas