Economía y Política


Luis Antonio Godina Herrera


07/11/2011


¿Hay ética en la economía?


La crisis griega ha puesto en jaque a la economía mundial. A pesar de lo pequeño de su economía las señales hacia países de mayor peso en Europa y el mundo han sido casi catastróficas. A tal grado que en días pasados se aprobó un rescate de la deuda griega por un monto histórico, equivalente a casi tres veces al que recibió México por parte de Estados Unidos para atender la crisis de 1994 – 1995.


El Primer Ministro helénico planteó la necesidad de realizar un referéndum para tener el apoyo de la gente a fin de instrumentar un severo programa de ajuste a la economía y las finanzas de ese país. Las reacciones de los mercados no se hicieron esperar, la caída en las bolsas mundiales volvió a darse. La presión fue de tal tamaño que el Primer Ministró echó marcha atrás y es probable que su dimisión esté en puerta.


La pregunta que desprende es esta: ¿hasta dónde pueden tomar decisiones los gobiernos representativos, cuando el destino de por lo menos una generación puede estar determinado por lo que impone la globalización? A la que se debe sumar la siguiente: ¿es ético empeñar el futuro de un país con base en un acuerdo que se toma a nivel global, es ético generar más desempleo y pobreza para honrar los compromisos bancarios?


Debemos partir de que los gobiernos representativos son para tomar decisiones, sirven en buena mediad para lo que estableció Edmund Burke en su Discurso a los Electores de Bristol: “El parlamento no es un congreso de embajadores que defienden intereses distintos y hostiles, intereses que cada uno de sus miembros debe sostener, como agente y abogado, contra otros agentes y abogados, sino una asamblea deliberante de una nación, con un interés: el de la totalidad; donde deben guiar no los intereses y prejuicios locales, sino el bien general que resulta de la razón general del todo. Elegís un diputado: pero cuando lo habéis escogido, no es el diputado de Bristol, sino un miembro del parlamento”.


Es decir, se elige a un gobierno para que tome decisiones que pueden ser buenas o malas, pero para eso se eligen. No obstante, las concepciones más modernas de la representación adicionan a lo anterior la necesidad de rendir cuentas, la obligación de tomar parecer a la ciudadanía en algo muy similar a la democracia directa. El tema es muy claro: los ajustes macroeconómicos, entendidos éstos como menos gasto del gobierno, control de la inflación y aumento de impuestos, deben ser sometidos al juicio de la gente o no.


Diversos marcos legales sostienen que la imposición de tasas fiscales no es materia de consulta pública, otros analistas soportan el argumento de que la mayoría de la ciudadanía debe pronunciarse. Ante esto hay un hecho incontrovertible: las decisiones económicas de los representantes pueden afectar la vida de millones por varias décadas. El caso mexicano no deja duda al respecto, pues el llamado Fobaproa impuso el pago de la quiebra bancaria a por lo menos dos generaciones, llevamos 15 años y el camino se antoja muy largo. ¿Debió consultar el Presidente Zedillo? Si lo hubiera hecho y pedir que la gente votara si el IVA se debía incrementar o no, el rescate no habría llegado.

 

Al parecer debemos resignarnos a ser tratados como pacientes sin derechos, y dejar que los doctores en economía decidan el tratamiento a seguir. Si las decisiones generan desempleo y pobreza, no importa pues en el largo plazo el escenario debe mejorar. A ese tipo de economistas o de tomadores de decisiones se les olvida lo que decía el célebre Keynes: en el largo plazo todos esteremos muertos, yo añado, quizá no en el largo plazo, ya que miles de seres humanos difícilmente verán mañana la luz del sol, mientras los banqueros mantienen privilegios sin medida. Son los tiempos y es la ausencia de la ética en la economía de nuestro tiempo.

 

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