Pulso Político


Gabriel Sánchez Andraca


Sesenta y nueve años perdidos....

 

El pasado lunes 15 de septiembre, se cumplieron 69 años de la fundación del Partido Acción Nacional. Su fundador fue uno de los intelectuales más lúcidos del siglo XX en México, el licenciado Manuel Gómez Morín.


Acción Nacional, irrumpió en la vida política de México cuando gobernaba al país el general Lázaro Cárdenas a cuya política económica y social, se oponían las clases adineradas y los sectores más reaccionarios de las clases medias.


Gómez Morín y un grupo de destacados abogados entre los que había varios de la región central de México, de la zona que diez años antes había sido escenario de la guerra cristera, conformaron el nuevo partido que de inmediato fue señalado como de derecha y heredero de los sectores conservadores que se opusieron a la Independencia, a la Reforma y a la Revolución.


El PAN se identificó desde el principio, con la Iglesia Católica, especialmente en lo concerniente a su política social. Estaba de moda en esos tiempos la encíclica papal Rerum Novarum, de Pío IX, que marcaba los lineamientos que debían seguir los trabajadores en relación con sus patrones y de éstos, con sus trabajadores. Era la respuesta de la jerarquía católica al marxismo-leninismo, que pugnaba por la lucha de clases.


Un año antes, en 1938, había nacido, también en tierras cristeras, el Bajío, la Unión Nacional Sinarquista, movimiento político católico, cuyo objetivo era la trasformación e la sociedad mexicana en base a la doctrina social católica.


Los sinarquistas en poco tiempo, sobre todo cuando al llamado «movimiento» lo comandó un abogado michoacano, buen orador, enérgico y entregado a su causa, Salvador Abascal Infante (padre del ex secretario de Gobernación, Carlos Abascal) habían logrado una fuerza impresionante.


Encuadraba a campesinos pobres, a pequeños comerciantes y artesanos, mientras Acción Nacional se mantenía en los centros urbanos sin atreverse a incursionar en el medio rural.


Al final el sinarquismo se dividió y su jefe nacional, auténtico líder de masas, Abascal Infante, fue obligado a dejar la jefatura, con la intervención del arzobispo José María Martínez y enviado a colonizar Baja California sur.


Eran los tiempos de la Segunda Guerra Mundial y una organización medio militarizada, con un jefe impetuoso y eficaz, infundió miedo entre sus propios creadores.


LOS PANISTAS DUEÑOS DE LA PLAZA


Ya sin el «estorbo» de los sinarquistas, que tenían un concepto religioso de la política, el PAN se quedó dueño de la plaza y fungió durante décadas, como partido de oposición leal.


Contribuyó al desmantelamiento sinarquista, la llegada al poder del general Manuel Ávila Camacho, que se declaró «creyente». Con eso los sinarquistas perdieron su razón de ser.


Acción Nacional la hizo de partido opositor permanente, cuando surgían otros pequeños que al poco tiempo desaparecían.


Tuvo dirigentes de muy buen nivel, como el mismo Manuel Gómez Morín, Adolfo Crhislieb Ibarrola, José González Torres, Pablo Emilio Madero, José Angel Conchello, Pedro Lascurain y entre sus miembros más destacados, figuraron catedráticos de la UNAM como Rafael Preciado Hernández, como el abogado jalisciense Efraín González Luna y un joven y extraordinario orador, hoy en las filas de la izquierda, Hugo Gutiérrez Vega.


Como partido opositor al PRI, el PAN nunca pudo avanzar. Lograba algunos triunfos en entidades donde los gobiernos locales, estatales y municipales, habían sido especialmente malos.


Carentes de recursos económicos, en algunas entidades como Puebla, sus dirigentes hacían trabajo de afiliación, como si fueran miembros de alguna agrupación religiosa. Los sábados y los domingos, salían a algunos pueblos en grupos familiares, para convivir con la gente y convencerla de sus propuestas. Así vimos a don Pedro de la Torre, al ingeniero Manuel Iguíñiz y a su esposa, a don Teodoro Ortega y la profesora Rosalía Ramírez, esposos también; a los contadores Alejandro Cañedo y Miguel Fernández del Campo, a don Martín Sánchez, a los hermanos David y Jesús Bravo y Cid de León y desde luego a don José de la Luz León, que durante años sostuvo casi en solitario al partido blanquiazul poblano.


LLEGARON LOS BARBAROS DEL NORTE


La llegada de Manuel J. Cluthier, el Maquío, marcó el inicio de una nueva etapa del PAN. Fueron los neopanistas (empresarios que se enojaron con el PRI cuando López Portillo nacionalizó la banca) que primero quisieron formar su propio partido y empezaron por conformar dos agrupaciones políticas el Dhiac y una agrupación femenil. Cuando se dieron cuenta de las dificultades que había para que conformaran «su» partido, decidieron adueñarse del PAN y así lo hicieron. Llegaron en montón y sacaron a los viejos panistas o los orillaron a salir. Ellos iban tras el poder para vengarse de los priístas y no para andar con ideales y doctrinas que en más de 40 años no los habían llevado ni siquiera a una presidencia municipal importante.


Y con los métodos nada convencionales y antidemocráticos con los que se adueñaron el partido blanquiazul, empezaron a tener triunfos en los estados y finalmente se hicieron del gobierno federal hace ocho años.


Vicente Fox, llegó con una apoyo popular impresionante que no supo aprovechar o que no quiso hacerlo. En vez del cambio prometido, su gobierno fue modelo de ineficiencia, corrupción y cursilería telenovelera.


Lo sustituyó Felipe Calderón, de quien se esperaba que corrigiera el rumbo, pues tenía oficio político, capacidad intelectual y supuestamente sensibilidad social, todo de lo que careció su antecesor. ¿Y qué pasa? Que el país se derrumba, se le va de las manos.


La directriz dada por Manuel Gómez Morín, el fundador del PAN, de que los partidos debían ser escuelas de política, no fue seguida por los que se dicen sus seguidores.


En el ejercicio del poder, los panistas han sido un soberano fracaso. Han llevado al país, a una situación inédita, desde que terminó el movimiento revolucionario de 1910. Refiriéndose a los neopanistas, el que fuera dirigente nacional del PAN y senador de la república, José Angel Conchello, dijo en entrevista con diario especializado El Financiero, poco antes de morir: «Si ellos llegan algún día al poder, en menos de diez años, habrá una nueva revolución». Parece que fueron palabras proféticas.


Sesenta y nueve años desperdiciados.

 



 
 

 

 
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