Pulso Político


Gabriel Sánchez Andraca


SE ACABARON LOS INFORMES PRESIDENCIALES

 

Diputados y senadores acordaron modificar la ley que establece la forma en que los presidentes de la república deben rendir sus informes anuales ante el Congreso de la Unión cada primero de septiembre.


Los presidentes de  ahora en adelante, solo enviarán el informe por escrito y los miembros del Congreso, después de analizarlo, podrán enviarle por escrito también, preguntas que deberá responder directamente o a través de sus secretarios. Las ceremonias suntuosas que se realizaban cada año, en las que miles de personas eran “acarreadas” a las calles y avenidas por donde sería el trayecto presidencial, para formarle valla, aplaudirle y echarle confeti, ya no volverán a verse.


El presidente de la república deja de ser con esto, un dios y se convierte en un mortal, como todos. Los informes presidenciales eran el acto más relevante de los tiempos de la “presidencia imperial”, como la llamó Enrique Krause, en el libro en el que hace un análisis del sistema presidencial mexicano.


Millones de pesos se gastaban ese día para que la ceremonia, que alguna vez fue llamada, “el día del Presidente”, luciera lo mejor posible.


ERA TODO UN ESPECTACULO


Ni los emperadores romanos vivieron momentos de gloria como los que tuvieron los presidentes mexicanos de la época post revolucionaria.


Roma tuvo en su mejor época, tal vez un millón de habitantes, la ciudad de México y su área metropolitana, tienen casi 20 millones. Pero el espectáculo del informe era para los más de 100 millones de mexicanos que habitamos este país y no solo para los de la capital.


Cuando muchos de los que rebasamos los cincuenta y sesenta años éramos niños, la trasmisión de las palabras presidenciales se hacía a todo el país por las estaciones de radio en Cadena Nacional.


En nuestros pueblos, las autoridades municipales instalaban altoparlantes para que todos pudieran escuchar las palabras presidenciales, llenas de cifras millonarias que eran las inversiones que se dice se hacían para que los mexicanos tuviéramos escuelas, carreteras, hospitales, etc.


A finales de los años cincuenta empezó a utilizarse la televisión, pero solo en las grandes ciudades y ya a mediados de los sesenta, ese sistema se extendió hasta las pequeñas ciudades, abarcando en la época actual, a todo el país.


El Presidente salía de Los Pinos con la banda cruzándole el pecho en un auto descubierto precedido por un escuadrón de cadetes del H. Colegio Militar montados en briosos corceles muy bien adornados, que avanzaban al compás de la “marcha dragona”, que enchinaba el cuerpo de los veían el espectáculo.


Atrás, un autobús cubriéndole las espaldas al primer mandatario, que sonriente y con los brazos en alto, saludaba a las multitudes que se agolpaban en las calles del recorrido para aclamarlo, mientras desde las azoteas caían papelitos de colores que animaban más el ambiente.


A todo lo largo del trayecto, soldados con impecables uniformes y botas relucientes, formaban valla y presentaban armas con bayoneta calada.


Antes de llegar al recinto parlamentario, el presidente bajaba del autobús y caminaba acompañado de diputados y senadores  hasta la puerta del recinto, donde lo esperaba otra comisión parlamentaria para conducirlo al interior de la sala de sesiones.


Fuertes aplausos lo recibían y una vez instalado en la tribuna, todos de pié, menos los diputados del PAN, le dedicaban el más atronador de los aplausos. Con el tiempo a los diputados panistas se unieron los perredistas para no aplaudir y ya en los tiempos de Fox, los únicos que aplaudían eran los panistas.


Para el presidente éste era su mejor momento;  recibir el aplauso de los legisladores y de los invitados al acto, en la forma en que se hacía, era para marear a cualquiera.


Cuando las aclamaciones amainaban, una banda de música del Ejército y una banda de guerra, iniciaban el Himno Nacional, entrelazado con la “marcha de honor” de clarines y tambores. Estremecedor.


Ni a Hollywood se le ocurrió nunca un espectáculo tan maravilloso como ese.


Luego las palabras rituales: “Honorable Congreso de la Unión”…….y el aburrimiento que se prolongaba varias horas, hasta que al informante se le ocurría decir nuevamente: “Honorables miembros del Congreso de la Unión….venía el “mensaje político”, siempre esperado por todos, porque marcaba pautas a seguir en el siguiente año.


LA PRIMERA IRRUPCION, FUE PANISTA


El informe siempre fue, como un acto religioso en el que nadie se atrevía a decir ni a hacer nada. Fue con Miguel de la Madrid cuando el ritual fue roto por un diputado panista de Coahuila, que algo reclamó al Presidente, pero éste no hizo ningún caso.


Al año siguiente, con Porfirio Muñoz Ledo, ex dirigente nacional del PRI, ex secretario de Estado, ya en la oposición, la interrupción fue más agresiva.


Miguel de la Madrid, que había sido compañero de Muñoz Ledo en la Universidad, se puso nervioso y tal vez por eso y en añoranza de viejos tiempos, don Porfirio optó por la retirada. Simplemente se salió del salón de sesiones dejando a todos los presentes, pasmados.


A Carlos Salinas de Gortari, le hicieron la vida de cuadritos en los informes que presentó, los perredistas y en alguno de ellos también participó Vicente Fox, pero a Salinas le valía….Dijo a los periodistas: “ni los veo, ni los oigo”.


Con Ernesto Zedillo los informes fueron cada vez más complicados por las posturas que asumían los diputados y senadores de la oposición.


Con Vicente Fox en el poder, las cosas llegaron a ponerse sumamente difíciles, al grado de que el gobierno tuvo que poner un cerco de granaderos y soldados, para impedir la invasión de grupos opositores y al final, ni siquiera pudo rendir su informe, concretándose a entregarlo a la entrada del palacio legislativo.


La figura presidencial, que en ese día se volvía imperial, estaba en su peor momento.


Qué bueno que se haya terminado con un ritual, único en el mundo, que ya no servía para nada.


La decisión es de elogiarse. El informe de labores será un acto republicano que ni siquiera requerirá la presencia del Ejecutivo, a menos que los propios legisladores lo soliciten.


La figura presidencial, alcanzó su más alta devaluación, con el decepcionante Vicente Fox, el primer panista que llegó al poder y cuyo único mérito, hasta ahora reconocido, es el de haber sacado al PRI de Los Pinos. Pero nada más hizo eso. Su gobierno fue un desastre. Ni hizo el cambio prometido, ni hizo de México un país “maravilloso”.

 



 
 

 

 
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