Pulso Político


Gabriel Sánchez Andraca

27/05/2010

El PAN, un partido sin personalidad


Desde su fundación, en 1939, hasta finales de los años setenta, el Partido Acción Nacional, fue un partido con una personalidad bien definida. Nació con la idea de oponerse a las políticas revolucionarias del grupo en el poder, entonces capitaneado por Lázaro Cárdenas del Río y agrupó a personas de clase media y clase acomodada, en su mayoría educadas en escuelas confesionales.


Sus dirigentes fueron en su mayor parte, abogados y otros profesionistas católicos, que tenían una idea precisa del México que querían: Luchaban contra el artículo tercero constitucional, por considerar que México era un país católico y por lo tanto, su niñez y juventud debía ser educada dentro del catolicismo por ser la religión mayoritaria.


El fundador real del partido, fue el licenciado Manuel Gómez Morín, uno de los intelectuales más destacados del México del siglo XX, pero quienes le dieron al naciente partido un giro más hacia la derecha, más cargado hacia la Iglesia Católica , fueron Efraín González Luna, abogado de Jalisco; José González Torres, abogado michoacano educado en Jalisco y otros destacados jurisconsultos, algunos de ellos catedráticos en universidades de provincia y en la propia UNAM.


El PAN siempre mantuvo una línea ideológica expresada en su periódico semanario “ La Nación ”. Nunca fue un partido de masas, sino de pequeños grupos de clase media cuya divisa era: “Por una Patria ordenada y generosa”.


En Puebla, el PAN se mantuvo durante mucho tiempo casi desapercibido: tenía unas oficinas en la 2 norte y 4 oriente, que atendía el señor José de la Luz León , que era quien convocaba a los miembros del partido para realizar algunas juntas, tomar algunos acuerdos y quien cobraba las cuotas que cada miembro aportaba. Salían en familia los fines de semana en busca de nuevo adherentes a los pueblos vecinos, como a un día de campo.


Su comportamiento era como el de un grupo de Acción Católica en labor de catequesis. Hacían crítica permanente a los gobiernos priístas y en época de elecciones participaban parcialmente, pues no tenían candidatos suficientes para llenar la papeleta.

 

Vino el remolino y nos “alevantó”

 

A raíz de la nacionalización de la banca, decretada por José López Portillo, en los setenta, el sector empresarial, que siempre había estado del lado del PRI, más a fuerza que de ganas, se rebeló y pretendió enfrentar al partido de la Revolución con un partido empresarial.


Primero formó dos agrupaciones políticas, que serían la base para su nuevo partido: el Dhiac y la Acifem y ya cuando se trató de formar partido, se dieron cuenta de lo difícil que es, incluso contando con recursos económicos.


Entonces decidieron apoderarse del PAN y utilizarlo como una franquicia comercial. Unos miembros de sus grupos políticos fueron infiltrados en Acción Nacional y llegado el momento, dieron el golpe a la dirigencia nacional y a las dirigencias estatales y eliminaron a los militantes tradicionales que defendían sus principios doctrinarios que fueron abandonados de inmediato por los nuevos dueños del partido, los grupos empresariales derechistas que se inconformaron porque la banca pasó a ser propiedad del Estado Mexicano.


Los nuevos panistas o neopanistas, empezaron a hacer política desde arriba aprovechando su fuerza económica y las relaciones que mantenían con miembros de la cúpula priísta. Nunca tuvieron el cuidado de conformar un auténtico partido, tal vez porque pensaron que no era necesario o por falta de oficio político.


La realidad es que lograron el crecimiento del PAN, pero sin bases, sin sustento.


Como acaba de decir Carlos Fuentes, sin un andamiaje popular como el que siempre ha tenido el PRI y eso, aunque esté en el poder federal y aunque tenga gobiernos en algunos estados o municipios importantes, lo hace un partido débil, sin estructura, sin organización y ahora dividido.


La alianza con el PRD y con el PANAL y Convergencia, lo ha debilitado más y le ha hecho perder por completo su identidad, su personalidad.


El PAN de ahora, no es el de Gómez Morín y González Luna, ni siquiera el de Clouthier, ya no es el PAN de los empresarios derechistas. Es una revoltura que ni los mismos panistas entienden. Un partido sin personalidad, sin ideología, sin proyecto de país. Un partido de derecha que se une a la izquierda para vencer al PRI y que juntos lanzan a candidatos priístas para lograrlo.


Leímos el martes en los diarios El Universal y Excelsior de la ciudad de México,  las columnas Serpientes y Escaleras, de Salvador García Soto y Razones, de José Fernández Menéndez, quienes se refieren al fracaso de esas alianzas y a los pronósticos serios sobre su derrota a manos del PRI, incluso en entidades que ahora gobierna el PAN, como Zacatrecas y Aguascalientes, su segura derrota en Puebla y en Tlaxcala, donde se da por hecho el triunfo de los candidatos priístas.


Las alianzas, permitidas por la ley, funcionan cuando hay identidad o semejanza en los postulados de los partidos que las acuerdan, pero en el caso del PAN y del PRD, no solo no hay identidad, sino antagonismo que obligó a las dirigencias nacionales a acordar e imponer desde arriba la alianza, provocando mayor división y descontento en las filas de ambos partidos.


El candidato panista para gobernador del estado, Rafael Moreno Valle Rosas, está pasando por un momento político difícil por las acusaciones sobre su actuación cuando ocupó, siendo priísta, la titularidad de la Secretaría de Finanzas y ¿Quién lo defiende? Los dirigentes del PRD y de Convergencia, pero ninguna figura del PAN, que es el partido en el que milita y del que es senador.

 

Si los viejos panistas, los padres fundadores de ese partido resucitaran, se volverían a morir de un ataque fulminante al corazón.

 



 
 

 

 
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