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Opinión


Rogelio Villareal*


El Chamuco y el humor neomarxista

 

Del fanatismo a la barbarie slo media un paso.
Denis Diderot

El Chamuco y los Hijos del Averno es una revista catorcenal de sátira y humor políticos dirigida por el conocido periodista y empresario de derecha Federico Arreola en complicidad con los famosos moneros de izquierda El Fisgón, Helguera, Hernández, Patricio y el decano y maestro de todos ellos, Rius, más las colaboraciones de un puñado de caricaturistas menos conocidos y de menor talento (pero también de izquierda). A este equipo creativo y editorial lo une un denominador común: todos ellos están obligados a creer en el mito del fraude electoral, inventado por López Obrador el 2 de julio de 2006 y repetido ad nauseam hasta la fecha sin que nadie se haya ocupado de probarlo. Por supuesto, ninguno de ellos sería capaz de refutar las pruebas que ofrece el doctor en Sociología por la UNAM Fernando Pliego Carrasco en El mito del fraude electoral en México [Pax, 2007], las cuales explican paso a paso las tres etapas del fraude concebido por López Obrador: el fraude electrónico o cibernético, el fraude aritmético y la charada del voto por voto...


El no. 128 de El Chamuco (del 30 de julio) está dedicado a “Las tribus perredidas” y a hacer propaganda a favor de López Obrador con cómics y artículos con el pretexto de la historia de la izquierda mexicana.


Cartonista estelar —con Magú— del diario La Jornada, troskista confeso —¡mi vida!— y con un estilo didáctico que combina los rígidos textos de Martha Harnecker y el dogmatismo del Rius de los tiempos heroicos de Los Supermachos y Los Agachados, El Fisgón presenta a su manera “La triste historia de la izquierda mexicana”. En ésta el historietista hace aparecer al liberal Benito Juárez como de izquierda, nomás, siguiendo el ejemplo de su mentor Carlos Monsiváis y su forzado intento por hacer del Benemérito liberal un predecesor de la izquierda mexicana en su libro Las herencias ocultas [Debate, 2007; aunque “una primera edición de este libro apareció en 2000, editada por el Sindicato de Maestros, auspiciada por Elba Esther Gordillo”, recuerda Rafael Lemus en “Las herencias ocultas (de la Reforma liberal del siglo XIX), de Carlos Monsiváis”, Letras Libres, marzo de 2007].


Sin embargo, a El Fisgón no le alcanza el espacio para aclarar que Juárez estaba situado a la izquierda porque él y los demás liberales de la Reforma “buscaron traducir su programa liberal en un cambio global del país: combatir y destruir el status quo, es decir, el régimen colonial sobreviviente” [José Ramón López Rubí Calderón, “¿Liberales?”, Replicante 11], pero que asimismo fue un político capitalista y proyanqui (Ibid). El Fisgón, de pasada, mete en el mismo saco de la derecha al liberal Enrique Krauze, al comediante Chespirito y al empresario Carlos Slim —uno de los impulsores del Museo del Estanquillo que alberga la colección de arte y objetos de la cultura popular atesorados por Monsiváis durante años de coleccionismo; a Rafael Barajas, aka El Fisgón, curador de esa colección, se le olvida también el enorme apoyo económico que le dio Slim a López Obrador cuando éste fue jefe de Gobierno.


En pocos cuadros El Fisgón revisa la izquierda socialista-estalinista sin detenerse (vamos, es monero, no historiador) en la izquierda marxista-leninista en el propio PRI desde su fundación y aun desde los constituyentes, con ejemplos importantes como Tomás Garrido Canabal y sus camisas rojas, la “política de masas” del cardenismo, Carlos Madrazo (el padre de Roberto), el apoyo a Fidel Castro (y de Fidel Castro al PRI), la creación del PPS de Lombardo Toledano, la corriente maoísta en la CNC de Hugo Andrés Araujo con apoyo de Salinas, y la fundación del PT... Después de este hondo vacío El Fisgón repasa el movimiento democrático de 1968 (sin hablar de la cooptación de muchos de sus dirigentes) y la guerrilla de los años sesenta y setenta (ésta sí guerra sucia, no el lodazal en que se convirtieron las campañas electorales del año pasado). De la reforma política brinca a la fractura del PRI con la escisión de Cuauhtémoc Cárdenas y la Corriente Democrática y el probable fraude electoral (éste sí, no el de 2006) de Salinas de Gortari y la célebre caída del sistema operada por Manuel Bartlett (quien casi dos décadas después expresaría su apoyo a López Obrador...). De no ser por su anticuado estilo de dibujo y frases cliché como “rebelión popular” o “la derecha defiende el orden establecido, mientras que la izquierda busca cambiarlo”, tonterías como “la guerrilla fue uno de los episodios más sangrientos de la guerra fría” y varios chistes muy sebos, hasta este punto la historieta podría defenderse. Pero en su cuarta página El Fisgón arremete sospechosamente contra la izquierda electoral —la del PRD, impresentable— y la acusa justamente de haberse burocratizado: “Muchos líderes del PRD dejaron de trabajar con la gente y abandonaron sus principios”. “Eran mis principios o mi curul”, le dice en un cuadro un ventrudo diputado a un obrero traspasado por un sable. “La izquierda electoral”, se lamenta El Fisgón, “dejó de lado el trabajo teórico, la discusión programática, dejó de preparar cuadros y abandonó la militancia de base”. Nostálgico, El Fisgón difícilmente podría contar los magros alcances teóricos de la izquierda mexicana —menos aun los de la flaca vertiente troskista—, a no ser por los textos de Enrique Semo, hoy lastimosamente apagado (de académico pasó a ser ideólogo de López Obrador: véase su libro La búsqueda, 1. La izquierda mexicana en los albores del siglo XXI [Océano, 2003] en el que escribió, respecto de su ex jefe, que “en todo comienzo hay una esperanza”), y los de Roger Bartra, uno de los principales renovadores del Partido Comunista Mexicano en los años setenta y ochenta y lúcido crítico desde la izquierda del neocaciquismo obradorista [véase Fango sobre la democracia, Temas de Hoy, 2007].


Fiel a su doctrina troskista-estalinista, El Fisgón sigue enumerando vicios, errores y fracciones del PRD y su creciente descrédito, pese a los cuales logra victorias electorales importantes. Al momento de contar la derrota del PRI a manos del PAN en 2000 el dibujante dice que “el cambio del partido en el poder permitió la continuidad del modelo neoliberal”, y que “más que un avance democrático, eso fue un acuerdo entre las cúpulas del poder”, desdeñando de un plumazo con esta frase el sufragio de millones de mexicanos que dejaron de votar por el PRI. Al hablar de la insurrección zapatista de 1994 El Fisgón dice que ésta “puso al descubierto [sic] que millones de mexicanos siguen marginados y muy lastimados por el modelo neoliberal”, sin explicar si antes de la imposición de ese modelo estaban ocultos y nadie los había visto. Vaya, es monero, no teórico.


Más adelante, el caricaturista escribe: “A principios del siglo XXI, en casi toda América Latina, los pueblos se rebelaron contra el neoliberalismo” (no explica cuáles pueblos ni cómo), y añade que aun con el enorme descrédito del PRD, el favorito en 2005 según todas las encuestas era el perredista (y ex priista) AMLO, “luchador social, gobernante honesto”. Recordemos, de nuevo, que esto lo dice un humorista, por lo que se permite escamotear graciosamente las mentiras, la soberbia y la ignorancia de López Obrador, la corrupción “no tan grave”, como justificará adelante, del Gobierno del D.F., el secreto del costo de los improvisados segundos pisos, la acusación de haberse vendido a sus propios representantes de casilla, el megaplantón vacío de la Avenida Reforma, las risibles farsas de convenciones y asambleas “democráticas” —con todo y grandes fotos de Stalin— y, sobre todo, su esencia antidemocrática y autoritaria. Acto seguido, el mentiroso monero que aseguró hace un año en uno de sus cartones en La Jornada que los dos y medio millones de votos de las casillas con inconsistencias —conocidos por todos los partidos y que el PRD consultaba a cada segundo— le habían sido robados a López Obrador, arremete con la misma cantaleta: “Tras varias maniobras sucias, en las elecciones presidenciales de 2006, el PAN hizo [sic] un gran fraude electoral para imponer a su candidato”. Un fraude, por cierto, que los más allegados colaboradores ex priistas y duchos en esa añeja materia nacional —Cota, Muñoz Ledo, Camacho, Díaz, Monreal...— nunca se han molestado en comprobar. Es obvio que El Fisgón no diría jamás que López Obrador gobernó más para “los de arriba” que para “los de abajo”, como se ufanaba: la tarjeta para comprar en Wal Mart; la concesión a los supermercados y bancos para cobrar impuestos; el beneficio a las clases medias y altas al construir segundos pisos y relegar el metro; el negocio de los útiles escolares a Gigante; publicidad para PepsiCo en los puestos de agentes de tránsito, y no se olvide que fue AMLO el candidato que más gastó en la campaña en beneficio de las televisoras. Otros que ganaron en su gobierno fueron los empresarios de la “industria de la seguridad”, gracias a la corrupción y negligencia de las policías.


El Fisgón se solaza en denuestos y lugares comunes contra el neoliberalismo y continúa fustigando a los perredistas: “La izquierda electoral mexicana está obligada a abandonar sus prácticas corruptas y antidemocráticas”, pero enseguida amaina el regaño: “Nunca tan graves, por cierto, como las de la derecha” —menos mal: hay corrupción grave y no tan grave, lo cual depende de las preferencias ideológicas y de la moral superior de quien la señale. La última página del cómic la dedica El Fisgón a rescatar “muchas otras tesis marxistas” que “están más vigentes que nunca” (sin decirle cuáles al pueblo, que no las va a entender), a burlarse de la revista Letras Libres (a la palabra liberal le tiene horror) y, desde luego, a ensalzar el movimiento “pacífico” de López Obrador (“Estamos siguiendo las enseñanzas de Mahatma Gandhi”, dice un mono con pinta de provocador en presentaciones de libros). El mensaje, como corresponde a todo panfleto parroquial, es elemental: no será el PRD quien conduzca al pueblo de México al socialismo, sino el líder, el caudillo, el prohombre que la república esperaba para desatar su pasión revolucionaria. El monero troskista ve al mundo como una caricatura, sin duda.


Aún hay más. Federico Arreola, en su artículo “La izquierda como la veo”, como El Fisgón, también detecta los problemas del PRD y advierte: “Creo que si los dirigentes del PRD no modifican sus conductas, fracasarán estrepitosamente en las elecciones de 2009”. Después de sugerirle a Marcelo Ebrard que se aleje de la política partidista “para concentrarse en el gobierno de la Ciudad de México”, le recomienda (con todo respeto, seguramente) a su ex jefe López Obrador que “debe convocar ya a una verdadera jornada de autocrítica, porque si bien es cierto —está de sobra comprobado— que hubo fraude en julio de 2006, también es cierto que en su equipo todos cometimos graves errores”. Autocrítica tardía y pusilánime que llevaría a un callejón sin salida, ya que se anula a sí misma al seguir profesando el dogma del improbable fraude y soslayar la verdadera causa de la derrota.


A continuación Helguera y Hernández se suman a la andanada antiperredista —ya era tiempo— y con mejor tino y mano que los gurús Arreola y El Fisgón retratan a “Las tribus perredidas”: Los Pejejítimos (“Aunque al principio se alimentaban de tepocatas y víboras prietas, acabaron aliándose con varias de esas alimañas”), Los Chuchus, Los Amalutus, Los Totémocs, Los Bejarangos y Los Piedra Pómez. Quizá sorprenda un poco a quienes no los conocen el atrevimiento de este par de buenos dibujantes cuando ilustran a Los Pejejítimos como una tribu con una “estructura sumamente rígida, porque la autoridad de su jefe es indiscutible”. ¿Se trata pues de un cacique autoritario y de profunda vocación antidemocrática o no? No se dejen estafar, las tribus perredistas se disolverán en la marea del movimiento popular de resistencia civil encabezado por el líder providencial. Al pueblo le importa poco si es democrático o no, simplemente su corazón está con él.


¡Y eso no es todo! El periodista de La Jornada —of all papers— Jesús Ramírez Cuevas retoma en “Apuntes sobre la izquierda mexicana”, en la misma línea que el director de El Chamuco y de El Fisgón, la nostálgica visión del militante heroico y abnegado que lleva a las masas la luz del socialismo científico. Desde luego, como aquellos, se permite tímidos apuntes críticos: “Del lado de los movimientos y de las resistencias también falta la crítica y la autocrítica al sectarismo, al aislamiento de las luchas, a la trampa de la violencia (que, ejemplos sobran, ese desfogue popular es el mejor argumento del poder y de los medios electrónicos para negar la legitimidad de las causas) y a la falta de democracia en sus espacios”. ¿No se estará refiriendo al burdo montaje de la Convención Nacional Democrática, en la que los delegados no representaban a nadie sino a sí mismos, como lo descubrió fácilmente Cynthia Ramírez en “La nueva ínsula Barataria” [Letras Libres, octubre de 2006]? ¿O acaso a los métodos criminales de la APPO al someter a los disidentes e incluso llegar a asesinarlos, como al maestro René Calvo Aragón, al que degollaron por volver a clases? [Véase www.proceso.com.mx/noticia.html?sec=2&nta=44709]. Al final de su manifiesto, Ramírez Cuevas lanza un guiño al “Gobierno Legítimo” de López Obrador al decirle que su principal reto —y el de la Convención espuria— es “ser un gobierno colectivo, que gobierne a través de la crítica y la movilización social”. Uf!

 

Sin duda, El Chamuco es una revista de humor —pero del malo.

 

* Editor de la revista Replicante (www.revistareplicante.com) y autor de los libros Cuarenta y veinte (Moho), El dilema de Bukowski (Ediciones Sin Nombre) y El periodismo cultural en la era de la globalifobia (La Centena-Conaculta).


 

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