SEROTONINA PURA


Javier Palou

12/08/2009

VACACIONES

“El hombre es lo que escribe”
Federico Nietzsche


La semana pasada leí algo sobre las vacaciones que escribió otro Javier, este de apellido Guix*  y creo que nos queda como anillo al dedo, y me quisiera detener tan sólo un momento en los tres grandes mitos por los que transitamos los humanos:


1.- El tiempo “lineal”, muy propio de nuestras latitudes occidentales, o sea, la idea de que todo empieza y todo acaba, es como una línea sin principio ni fin en la que se sitúan todas las cosas que tienen duración. Los calendarios, por ejemplo, son lineales. Un día nacimos y otro moriremos. No hay más.

 

2.- El tiempo circular, muy propio de las culturas orientales. Se basa en la creencia de que el tiempo del universo entero, con todas sus criaturas, gira en un círculo, una rueda cósmica, de creaciones y destrucciones sin fin, volviendo una y otra vez a sus orígenes. El tiempo cíclico es el de las reencarnaciones propiamente dichas del alma humana, sometidas a la ley del karma, o sea, el principio de la causalidad universal o de la consecuencia de la conducta humana. Nada empieza y acaba, sino que todo está en movimiento continuo, en una danza inacabable donde lo que no se resuelve hoy tal vez se aclare en otra vida.

 

3.- El último mito es el del tiempo simultáneo. Es el que domina la mente de los pueblos negro-africanos de cultura bantú. El tiempo lo constituyen los acontecimientos. Sus calendarios son histórico-biográficos y se confeccionan según lo que le ocurre a la tribu, al clan o a la familia. El día no se divide en horas, sino en momentos marcados principalmente por el Sol, la Luna, y en función del cuidado del ganado. El reloj-máquina no existe, ni, por tanto, la enfermedad del estrés ni tantas otras que la vida occidental acarrea.

 

Ahora bien, leídos y releídos estos tiempos, y aprovechando estos días de vacación, lo más aconsejable sería; instalarnos en el tiempo simultáneo. Donde manden las necesidades del momento y nada más.


Se come cuando hay hambre, y no cuando es su hora. Se vuelve de la playa cuando los niños están cansados, y no porque toca. Se hace de menos o de más según las necesidades del momento. Es un vivir muy cercano al ritmo de la naturaleza o al ritmo de los acontecimientos.

 

Y si en estas vacaciones nos preguntamos ¿para qué voy a utilizar el tiempo? Obsérvese que pregunto ¿para qué?, y no ¿en qué? Somos muy dados a llenar el tiempo, a querer amortizarlo, a pretender manipularlo a nuestro favor, estirándolo para que encaje todo lo que queremos vivir. Entonces somos esclavos del tiempo, dependemos de su paso inexorable y de su cronometría perfecta.

 

¿Qué ocurriría si simplemente nos regaláramos tiempo? Eso es, regalarse el no hacer nada. Es como darle tiempo al tiempo, como dejar que las cosas ocurran, sin intervenir, sin voluntades, sin forzar nada, sin obligarse a nada, sin expectativas de nada. Dicho de otro modo: si aprovecháramos el tiempo para vaciar, en lugar de seguir llenando, ¿no sería hermoso sentirse que uno es tiempo y no que corre tras él?

 

Por tanto NO quiero pasar las vacaciones cambiando unas obligaciones por otras. NO quiero ser de esas personas que en nombre de las vacaciones van a agotarse aún más. Menos aún, quiero seguir contando las horas, proyectando lo que haré los próximos 60 minutos. No se trata de cambiar unas rutinas por otras, sino de dejar de ser quien somos cada día, para no ser nada ni nadie. Ser sólo eso, tiempo presente vivido con toda intensidad, sin expectativas ni obligaciones.

 

Ya que vamos a tener, al menos, unos cuantos días para recuperar nuestra naturaleza temporal. Aprovechémoslos para reflexionar sobre nuestra relación con el tiempo, cómo deseamos vivirlo, como nos relacionamos con él. Es muy duro creer que todo lo que somos se rige por unas simples manecillas del reloj.


Tengo la sensación que estructuramos demasiado la vida. Siempre llevamos al extremo aquello de un tiempo para cada cosa y cada cosa a su tiempo. La vida no funciona así, y por eso creo que andamos a contracorriente. La vida se expresa de forma discontinua; no atiende a horarios, no es homogénea, ni equilibrada. La vida, ni corre demasiado ni se entretiene. Simplemente, fluye.

 

Por ello simplemente comamos cuando tengamos hambre, dejemos de nadar cuando ya no queramos, acostémonos cuando el cuerpo lo pida y no cuando oscurezca, pero sobretodo hagamos ese ejercicio de vivir sin ataduras para ver si nos conviene, cuando acaben las vacaciones, regresar al tiempo lineal. Es momento de encontrar espacios para estar con nosotros mismos, con los demás y con la naturaleza. Las vacaciones son ese no hacer nada, para estar haciendo realmente lo importante.

 

*licenciado en Psicología con un master en Programación Neurolingüística en el Institut Gesalt de Barcelona. Es profesor de EADA, y ejerce profesionalmente como psicólogo

 

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