SIN RODEOS


Marcela Jiménez Avendaño

08/07/2010


¿Y LA CHEYENE APÁ?


Esto es justo lo que muchos zavalistas se preguntan después del pasado domingo, nadie alcanzó a ver el camión que les arroyó y, peor aún, se quedaron con las ganas del hueso que ya se estaban saboreando. Se les olvidó que para llegar al cargo primero se tiene que ganar la elección. No fueron pocos los que lejos de apoyar la campaña se enfrascaron en disputas internas en aras de tan anhelados puestos.

 

Mucho se ha escrito sobre lo que aquí pasó el pasado 4 de julio. Que si la gente votó contra Marín, que si los poblanos buscaban una alternancia en el poder; que si el PRI hubiese enviado a otro candidato la historia sería diferente; que si las traiciones al interior de ese partido fueron decisivas en su derrota; que si Moreno Valle era más guapo, carismático y educado; que si el marketing de la alianza opositora era mejor; que si la guerra sucia en contra del priísmo funcionó; que si a Alejandro Armenta le quedó grande el cargo y miles de etcéteras más.

 

Me parece, que más allá de lo atinado o no de estas posiciones, el análisis de la elección de nuestro estado no puede hacerse sin poner en la mesa lo que sucedió también en otras entidades.  La pregunta a responder es ¿cómo fue que, si el PRI tenía todo para ganar en las 12 elecciones en disputa, perdió tan brutalmente?.

 

Muchas voces han señalado que la debacle electoral tuvo que ver con un voto antipríista, pero antes de ahondar en el tema, déjeme decirle porqué hablo de una debacle contrario a lo que se dice desde la dirigencia nacional de ese partido, que por cierto es el mío.

 

Si bien no podemos negar que se perdieron tres gubernaturas (Puebla, Oaxaca y Sinaloa) y se ganaron otras tres que estaban en manos de otros partidos (Tlaxcala, Zacatecas y Aguascalientes), en términos de padrón electoral perdimos muchísimo, pero incluso en tres de los estados que mantuvimos (Hidalgo, Veracruz y Durango) nos arrebataron varias de las Presidencias Municipales más importantes y no lograremos mantener la mayoría en los congresos locales. En los estados en que se renovaron alcaldías y/o Congreso local tampoco nos fue tan bien, tan solo en Chiapas pasamos de ser primera fuerza política a tercera.  Es decir, no hay nada que festejar y si mucho que cambiar al interior de nuestro instituto político antes de si quiera atrevernos a pensar en el 2012.

 

Fuimos muchos los que alertamos sobre la posibilidad de una derrota si no se hacía caso a lo que las cifras de anteriores elecciones nos decían: Era lógico que si el PRI venía ganando o perdiendo elecciones con el mismo voto duro, algo estaba muy mal; que si pese al errático y desastrozo gobierno panista de Calderón, la gente no nos veía como alternativa, algo estábamos haciendo realmente mal; que si el electorado prefería anular su voto o abstenerse de acudir a las urnas antes que votar por nosotros, no solo estábamos haciendo las cosas mal, sino que nos veían muy pero muy mal.

 

Lo peor que le ha pasado al PRI es después de una derrota llegar a otra elección y ganar. Eso nos pasó en el 2000 y en el 2006, perdimos todo, pero nos recuperamos en posiciones en el 2003 y en el 2009.  Aunque parezca incongruente e ilógico, la verdad es que cuando ganamos dejamos de lado la necesaria y urgente renovación que la ciudadanía nos exige. El triunfalismo nos ciega y no hemos logrado analizar a profundidad las causas de la derrota y el triunfo. 

 

Hace tan solo unos días, debatía con algunos personajes cercanos a Javier López Zavala acerca de que el PRI seguía siendo el mismo de siempre, que no habíamos cambiado en nada hacia formas nuevas de hacer política. Ellos aseguraban lo contrario y ponían como ejemplo a Rodrigo Medina,  Enrique Peña Nieto y por supuesto a su candidato.  A mi forma de ver las cosas, estos personajes no son más que lo mismo envueltos en un lindo y peinado traje nuevo. Y estos resultados no hacen más que reafirmar mi tesis. 

 

La verdad es que poco hemos hecho para cambiar nuestras formas de hacer política, que no son más que lo contrario de aquellas que nos llevaron a perder la Presidencia de la República y varias entidades, incluyendo ahora la nuestra: imposición, autoritarismo, pactos en lo oscurito, cero transparencia, renuencia a la rendición de cuentas, opaco manejo de los recursos públicos, nula inversión en la generación y preparación de nuevos cuadros, candidatos impresentables, soberbia, cinismo, en fin, podría extenderme mucho más pero me parece que ya quedó más que clara la idea.

 

Es así que estoy segura que el electorado no se expresó contra el príismo sino contra las viejas formas de hacer política que hoy en día no son exclusivas de ese partido.  No pasemos de largo que en los tres estados en que el PRI perdió, ganaron expriístas y en los tres que recuperó el poder fue, en mucho, propiciado por el hartazgo de la gente hacia el abuso del poder de sus respectivos gobernadores (además de las divisiones partidistas imperantes). 

 

Mención especial merece Miguel Angel Yunes en Veracruz, nadie puede negar que él también representa viejas formas de hacer política pero que, sin embargo, casi logra el triunfo y lo hubiera hecho de haber ido solo contra Fidel Herrera y su candidato. Otro gallo le hubiera cantado si Dante Delgado no hubiese dividido el voto indeciso. Calculo que fueron tantos los excesos de Fidel que el electorado prefería arriesgarse con Yunes antes que aguantarse otros seis años de excesos fidelistas. También Hidalgo y Durango entran en este análisis.  José Rosas Aispuru, un candidato que hasta hace dos meses pertenecía al Revolucionario Institucional y que se enfrentó al sistema abusivo del gobernador duranguense, Ismael Herández Deras, y su muchacho, estuvo a un punto de ganar y pudo hacerlo de haberse concretado la coalición que existió en los otros estados.  En el resto del país en que el PRI ganó por un buen margen (Chihuahua, Tamaulipas, Quintana Roo, Baja California y Coahuila) no había competencia real, no hubo alianza de por medio y lo más importante, el indeciso no salió a votar y el abstencionismo llegó hasta el 70%.

 

Lo cierto es que el electorado prefiere políticos antisistema que políticos corruptos, aunque los primeros no sepan gobernar y los segundos sean mejores gobernantes.  Si el PRI no lo entiende y se mantiene en la tónica de mantener entre sus filas a quienes representan lo más viejo y deleznable del quehacer político seguirá labrando su camino a la derrota.

 

Pero en tanto, el PRI decide cambiar y sus liderazgos dar la cara, sigamos la final España vs Holanda y nos leemos la próxima semana…………..

 



 
 

 

 
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