El Sonido y la Furia


Gerardo Oviedo


2 DE OCTUBRE


al Papá del Ache por la pronta recuperación de su embolia


EL 68: HISTORIA DE UNA DESAPARICIÓN

 

 

¡Córrele más fuerte...!, fue lo último que dijo Carlos a su recién esposa Claudia antes de caer de bruces con un enorme hueco que le atravesaba de lado a lado la cabeza. Su cuerpo, a unos tres o cuatro metros de la escalinata por donde pensaban escapar de la balacera, comenzó a expulsar con impotencia los últimos rastros de vida convertidos en pequeños estertores involuntarios.  


Claudia había girado la cabeza cuando le oyó gritar. Ella había llegado al segundo escalón debido a que Carlos siempre fue caballeroso para algunas cosas y, aunque el manual de Carreño ya había sido rebasado por  las manifestaciones estudiantiles de París, la guerra de Vietnam, la marcha por los derechos civiles en Estados Unidos, la Primavera de Praga avasallada por los tanques soviéticos, el álbum Blanco de los Beatles, los Rolling Stones, Jimi Heandrix y Janis Joplin, la defensa de la Revolución cubana, el boom latinoamericano, la generación Beat, la marihuana mexicana, el LSD gringo y, sobre todo, por el feminismo filosófico de Simone de Beauvoir y la quema pública de la ropa interior femenina para liberarse de la opresión, Carlos siempre le cedía el lugar, le abría la puerta o se levantaba y se sentaba de acuerdo a un código de urbanidad victoriana escrito hacía más de un siglo.


Sin tiempo para pensar, Claudia ya no llegó al tercero y cuarto escalón en su carrera, sino que se detuvo y regresó sobre sus pasos arrodillándose junto al cadáver de Carlos. ¿Acaso el amor era mucho más fuerte que la muerte? ¿Qué el peligro? ¿Qué la angustia de ver a todos correr con pánico y las balas tan cerca?


Todavía por la mañana de ese miércoles 2 de octubre habían hecho el amor en el Hotel San Pedro, cercano a la estación de trenes de Buenavista, porque Carlos y Claudia no eran del DF, sino que habían llegado desde Puebla un día antes para celebrar su luna de miel: Tenían un par de pases que les habían regalado durante la boda para asistir a la inauguración de los XIX juegos olímpicos de México 68.


Porque ellos no sabían nada de política. Incluso, cuando Claudia vio la bengala que el ejército lanzó como señal de ataque, ella le dijo a Carlos que pidiera un deseo al confundirla con una estrella fugaz.


—Mira, mi amor, pide un deseo rápido.

—¿En voz baja?

—Sí. Si no, no se cumple.

 

Claudia rodó el cuerpo de Carlos y no lo reconoció. Donde antes habían estado los ojos, la nariz y la boca, ahora se levantaba un enorme hueco. Un cántaro rojo salpicado con pequeños grumos rosas. ¿Eso era Carlos?  ¿Toda su memoria convertida en añicos? ¡Carlos!, gritó Claudia mientras lo zarandeaba. Sabía que ese era su suéter de cuello de tortuga porque se lo había comprado en el mercado la Victoria.


—Por si hace frío en la capital, ya sabes, uno nunca sabe.
—¿Y ese cuellote tan largo, mi vida?
—Es la moda, Clau. Es la moda. Así no pareceremos tan provincianos.

 

Esa tarde habían bajado para recorrer los alrededores de la ciudad al terminar de hacer el amor. Después de todo, a él ya le dolían las rodillas y a ella las ingles por tanto trabajo físico sobre la cama.  El sexo, pensaba Carlos, es una tortura con estas sábanas tan rasposas, debería de comprarme unas rodilleras, y sonrío sin decirle nada a Claudia por su ocurrencia. En cambio, ella se dejó hacer y deshacer de todo debido a su educación ortodoxa inculcada por su madre: Calladita y quietecita, la mujer se ve más bonita, mija. Pero un dolor en las ingles le decía que debía cambiar de posición de vez en cuando para no caminar con las piernas abiertas por el resto de su vida. Algunas amigas le habían sugerido una forma poco decorosa pero muy cómoda para esos 5 minutos de calentura masculina: Tú solo te volteas y te relajas. No tienes que hacer nada, vaya, ni siquiera mirar.  Pero el primer día le dio pena sugerir esa idea, le angustiaba lo qué pudiera pensar Carlos.


—¿Por qué le llaman plaza de las tres culturas? —preguntó Claudia frente a los restos arqueológicos de Tlatelolco una vez que arribaron. Carlos hizo un alto mientras veía como empezaban a llegar pequeños grupos de jóvenes y pasaban a su lado. Los escuchó reírse. Su impresión era que se iría a celebrar algún baile o concierto, porque algunos hasta cantaban. Parecían felices. Por eso ellos habían ido ahí cuando salieron del hotel, porque unos chavos les habían sugerido ir a Tlatelolco mientras les entregaban un volante: “Prohibido Prohibir. Te esperamos: Plaza de las tres culturas, Tlatelolco. 5 pm”
—No lo sé, pero me imagino que es porque son las culturas del norte, del centro y del sur, ¿no?
—Ah... ¿De veras?
—Claro, chiquita —y la besó intentando liberarse de su amor provinciano. Aquel que en el Paseo Bravo les hacía sentirse culpables cuando se hicieron novios. Al final de cuentas, estaban en otro mundo tan distinto al suyo. El beso fue largo, inyectado de saliva llena de bichos lujuriosos. Después se separaron y retornaron a una conversación maravillados por el progreso de su entorno.
—¿Ya viste que edificios tan grandes hay aquí?
—¿Son más altos que la pirámide de Cholula?
—Claro, son mucho más altos, mira ese que dice Chiguagua.
—¿Te gustaría vivir aquí?
—No lo creo, no conozco a nadie.
—No seas tonta, Clau. A mí sí me gustaría quedarme aquí para siempre.

 

NOTA: 40 años más tarde, la antropóloga poblana Carmen Reznick ubicó las últimas imágenes de una pareja de desaparecidos durante el movimiento estudiantil de 1968 para la elaboración de su tesis de doctorado después de un año de investigación en el memorial del 68: “El 68: Historia de una desaparición”. La serie de fotogramas corresponden a una película en blanco y negro tomada por inteligencia militar desde la parte frontal de la plaza de las Tres Culturas y que había sido recientemente desclasificada por el gobierno mexicano. En las imágenes se aprecia a una pareja de jóvenes que están abrazadas en el extremo norte de la Plaza de las Tres Culturas. Parece que se besan o se hablan muy cerca. La imagen es un poco borrosa, pero se capta cuando la mujer levanta el brazo en dirección a las bengalas lanzadas por el ejército mexicano. Luego desaparecen de cuadro y jamás se les vuelve a ver.

 



 
 

 

 
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