Tiempos de Nigromante


Arturo Rueda
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01/09/2010


Un político ocioso es un político peligroso


Los ultra nerviosos aspirantes al gobierno morenovallista no tienen más que tres remedios para soportar la incertidumbre de los larguísimos cinco meses que aguardan hasta la toma de protesta constitucional; la primera, comprar grandes dosis de pasiflorines, Valium, té de tila o dalay; dos, armarse de una paciencia de santo; y tres, encontrar un pasatiempo, como armar rompecabezas, hacer yoga, inscribirse a un curso de feng shui o de cocina tailandesa. De otra forma, deben tener la seguridad de que no llegarán vivos (políticamente hablando) al reparto del botín: los tiempos de campaña se acabaron y para Rafael Moreno Valle llegó la hora de hacer restas para evitar cumplir compromisos incómodos. Es una ley del poder y nadie debe sorprenderse: en tiempos de campaña es hora de sumar, y en tiempos de repartir el botín es hora de restar. No importa cuán leal se fue al proyecto o cuánto se invirtió. En la fase de transición cualquier paso en falso se paga caro. En ese contexto debe entenderse el manotazo que el gobernador electo le dio a los 70 miembros de su equipo más cercano: apaciguar los nervios de muchos que no ven la hora de acomodarse y enviar la advertencia de que cualquier error será castigado con la expulsión del paraíso sexenal. Eso, y que las llaves de él únicamente las guarda Fernando Manzanilla Prieto.


La historia mexicana muestra una constante: los periodos largos de transición son altamente desgastantes para los gobiernos que encarnan el cambio. Dado que cuentan con el apoyo popular y de las facciones que los llevaron al poder, pero carecen de los instrumentos para premiar o incluso castigar, el apoyo original se va erosionando. Le ocurrió, por ejemplo, a Ignacio I. Madero: entre la huida de Porfirio Díaz y su toma de protesta como presidente de la República transcurrieron 11 tensos meses. Meses en los que los revolucionarios como el grupo sonorense, Villa y Zapata buscaron su premio por apoyar la revuelta popular, y como no lo encontraron, rompieron con Madero que se quedó, literalmente, solo. Los periódicos de la época, profundos devotos de Díaz, aprovecharon para golpearlo y ridiculizarlo día a día. El resultado fue trágico: en sólo 11 meses Madero perdió la legitimidad moral que ganó con su resistencia al régimen. También perdió apoyos políticos y armados, y apenas pudo gobernar 13 meses antes de ser una carnada fácil para el Chacal Victoriano Huerta.


En la Presidencia Imperial del tricolor se forjó un axioma fundamental: no hay político más peligroso que el político ocioso. Algo parecido le sucede a los operadores morenovallistas: tras una cruenta batalla por arrebatarle el poder al marinismo, se han quedado sin nada qué hacer. El ansia, por supuesto, ya los devora. Mientras el gobernador electo corre de reunión en reunión en el Distrito Federal y se placea ante los grandes capitales y políticos nacionales, y el equipo compacto trabaja en elaborar un programa de gobierno, los operadores se han quedado mano sobre mano. Ociosos y peligrosos. En ese ocio pueden provocar estropicios de cualquier magnitud. Según parece muchos de ellos han optado por vender protección y cercanía con el nuevo régimen. Otros andan en campaña abierta para ocupar un cargo público, como ocurrió con René Meza Cabrera, quien se reunió con transportistas para solicitarles su apoyo para llegar a Comunicaciones y Transportes a cambio de gestionar un alza en la tarifa. A cualquiera de nosotros puede parecernos una postura absurda, pero así son los políticos.
Además del caso de Meza Cabrera, seguramente el equipo compacto de Moreno Valle detectó varios ejemplos más al interior del estado. Con la pipitilla desatada, el gobernador electo decidió poner un alto rápido y contundente a su equipo, y por eso los reunió el sábado pasado para leerles la cartilla. El mensaje central parece obvio: Fernando Manzanilla es el único interlocutor válido ante políticos, empresarios y medios de comunicación. Pero se trata de una verdad obvia, el mensaje real es que cualquiera que se salte las trancas del coordinador del equipo de transición pagará las consecuencias y quedarán fuera de la nueva administración.


Moreno Valle en los hechos crea un embudo político: todas las entradas y las salidas del gobierno electo se encuentran en Manzanilla. Es, al mismo tiempo, un freno para los ansiosos y una prueba de prudencia. Quizá también es un adelanto de las formas que veremos en el próximo sexenio: el mandatario se concentrará en sus gestiones nacionales y su secretario de Gobernación, Manzanilla, quedará a cargo de cuidar la casa. Un esquema semejante al de Mariano Piña Olaya y Manuel Bartlett.

 

Aspirante al gobierno morenovallista: resígnese a los hechos. En los próximos meses será muy difícil ver al mandatario electo, a menos que reciba la llamada mágica de su secretaria Mercedes, o sea uno de los muy pocos afortunados que charlan con él por el chat de Blackberry. Si no es así, busque a Manzanilla: con la agenda saturada será difícil que obtenga una cita. El embudo es muy claro y también el esquema de operación. Paciencia de santo.

 



 
 

 

 
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