Tiempos de Nigromante


Arturo Rueda
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02/03/2011


Moreno Valle conservó la gobernabilidad y Cué la perdió

 

Mañana, cuando Rafael Moreno Valle coloque la primera piedra del centro Teletón en compañía de Emilio Azcárraga Jean, Fernando Landeros, Lucero y varias pléyades más de la galaxia Televisa, el gobernador poblano habrá probado que su estrategia de diferenciación con Gabino Cué resultó exitosa. Mientras el poblano pondrá en marcha una de sus obras emblemáticas, el oaxaqueño lidia con un conflicto social interminable en tiempos de Ulises Ruiz e interminable en los suyos. La violencia e ingobernabilidad en Oaxaca regresaron de la mano de los emisarios del pasado, a los que Cué prometió enjuiciar y hoy ríen viendo las tribulaciones a las que es sometido por la Sección 22 del SNTE desde la visita presidencial de hace unas semanas. El laberinto del mandatario oaxaqueño es terrible: ni juicio al pasado, ni encarcelamiento de Ruiz, ni desarrollo, ni paz social, ni gobernabilidad. Un fracaso total cuando se acercan los primeros cien días de su gobierno. No falta mucho para que Ciro Gómez Leyva pregunte nuevamente cuándo se jodió Oaxaca. En cambio, si bien Moreno Valle no ha tenido el inicio prometido, mañana firmará una de sus alianzas fundamentales con un poder fáctico nacional. Y eso es ganancia para sus proyectos futuros y la estabilidad de su gobierno.


El arranque del gobierno morenovallista, sin ser espectacular, ha sido bastante estable en términos de gobernabilidad gracias al acuerdo de impunidad con Mario Marín. El PRI cumple con su función legitimadora a los proyectos del gobierno: avaló las modificaciones a la estructura gubernamental, los PPS o proyectos privatizadores, la reforma para atar a los periodistas y, ahora, la donación de un terreno y más de 500 millones para el CRIT. Los tricolores cumplen bien ese papel legitimador bajo la promesa, el acuerdo expreso, de que nadie del antiguo gobierno marinista será enjuiciado ni enviado a la cárcel. Y el primero de ellos, Mario Marín, convertido ahora en chivo expiatorio para justificar algunos errores del morenovallismo.


El acuerdo de impunidad, irónicamente, se volvió en contra del gobernador poblano para tener el arranque deseado de sexenio. La mayoría de los secretarios y funcionarios de primer nivel del marinismo, tan pronto comprobaron que no habría persecución ni ajuste de cuentas, se deslindaron de la entrega-recepción. Las actas nunca fueron firmadas y endilgaron la responsabilidad a sus subalternos, quienes a su vez la depositaron en otros subalternos. Total, a la hora buena no había nadie que se hiciera responsable. Los discos compactos y el sistema informático diseñado por la Contraloría nunca funcionaron, por lo que las actas tuvieron que elaborarse a mano en muchos casos. La cortesía política de depositar las renuncias de los trabajadores tampoco se cumplió, y los nuevos funcionarios tuvieron que despachar rodeados de aquellos de quienes desconfiaban calificándolos de enemigos. El manto protector, el acuerdo de impunidad, bajó del gobernador a los secretarios, a los subsecretarios y titulares de organismos descentralizados. Y eso, obvio, provocó un parón, especialmente en dependencias complejas como Obras, Educación Pública y Salud.


Además de esperar la aprobación a la reformas de la Ley Orgánica que escindió Finanzas y Administración, un elemento más que retrasó el inicio del gobierno fue, o es, la llegada de funcionarios fuereños para prácticamente todos los niveles de la administración pública, quienes debieron mudar familias, hogares, así como buscar acomodo en escuelas a niños y jovencitos. Quienes decidieron no hacer la mudanza completa viajan los fines de semana a visitar a sus familias. Y todos, prácticamente todos, han debido tomar cursos intensivos de cómo moverse en la ciudad, localizar los principales municipios de la entidad, así como un mapeo breve de los actores políticos, empresariales y mediáticos de Puebla. En pocas palabras, un aterrizaje forzoso para los funcionarios fuereños que se apoderaron de la administración pública, en especial en la SEP y Finanzas.


En conjunto, el morenovallismo tiene una muy lenta curva de aprendizaje que en algunos casos parece risible. Por ejemplo, el gobernador sesionó el jueves pasado con su gabinete siete horas seguidas. Pues claro: muchos no se conocen ni entre ellos, y apenas cruzan radios y pines de Blackberry. No conocen la entidad, y mucho menos a los miembros del gobierno. Las deserciones, en especial de secretarios particulares, se han convertido en un dolor de cabeza. Y es que nadie tiene el puesto seguro. Tome de ejemplo a la exparticular Mercedes Aguilar, a quien el gobernador dirigió palabras altamente elogiosas en la toma de protesta del gabinete, pero no duró ni un mes en el encargo para ser enviada a dirigir un organismo de tercer nivel como el Icatep.


La curva de aprendizaje más costosa, sorprendentemente, se da en Seguridad Pública. A Ardelio Vargas Fosado todos los días le estalla una balacera o un conflicto social en alguna parte de la geografía estatal. Tanto que ya se produjo un hecho de sangre en Puebla capital que causó alarma unánime.

 

Y pese a las dificultades en la transición de gobierno, así como a la lenta curva de aprendizaje que muestran muchos funcionarios —especialmente los fuereños—, Moreno Valle tuvo razón en mantener la gobernabilidad a cambio de un acuerdo de protección a los fantasmas del pasado. De no hacerlo sufriría como Gabino Cué Monteagudo, quien no ve la suya.

 



 
 

 

 
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