Tiempos de Nigromante


Arturo Rueda
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03/11/2011


Democracia y autoritarismo en la era morenovallista


Una de las narrativas fundamentales que vive el país es el desencanto con la democracia. Luego de una larga, larguísima transición de un régimen semiautoritario que nos tomó los últimos 23 años, en el que se construyeron instituciones como el IFE para tener elecciones creíbles y competitivas, una gran mayoría de mexicanos descubre que lo importante no es cómo se llega al poder, sino cómo se ejerce. Los resultados del estudio Latinobarómetro 2011 han terminado por llenar de desencanto a académicos y organizaciones ciudadanas.


México es el país en el que más ha caído el apoyo a la forma de gobierno democrática, pues apenas un 23 por ciento de los encuestados se manifiesta satisfecho con ella, mientras que el 73 se manifiesta en desacuerdo. Otro dato: un 38 por ciento de los mexicanos no cree que la democracia sea la mejor forma de gobierno. En otras palabras: un número importante de mexicanos no le importa si vive en un régimen autoritario o de mano dura. Para ellos lo importante es que la economía y la seguridad pública se gestionen correctamente, sin importar las herramientas a las que tenga que recurrir un gobierno. Es decir, buscan eficiencia antes que consenso.


Estos datos fundamentales sirven para explicar dos fenómenos políticos. Uno, el apoyo que el gobierno morenovallista sigue manteniendo en las encuestas pese a las acusaciones de que le lanza todos los días la prensa marinista de “autoritario” o de “mano dura”. La otra, una posible lógica al regreso del PRI a Los Pinos: tras dos sexenios de una democracia ineficiente conducida por el PAN, a los mexicanos no les importa entregarse al pasado autoritario con tal de que sus problemas sean resueltos. Veamos las hipótesis.


Ana Teresa Aranda, Manuel Bartlett y la prensa marinista han centrado sus críticas al gobierno morenovallista acusándolo de autoritario a partir de casos reales o inventados en la que la aplicación de la ley se lleva a un máximo al que los poblanos no estábamos acostumbrados. La esposa de un periodista consagrado. El secretario particular de una leyenda del panismo. Un empresario distinguido del marinismo acostumbrado a extender la mano para pedir. Varios funcionarios de bajo nivel pero que cristalizan la corrupción que afecta a los ciudadanos. Un diputado local que extorsiona a una alcaldesa. La caída del auditor general por manejos sospechosos con alcaldes, y después, el descubrimiento de bodegas clandestinas con documentos oficiales. La negativa a firmar acuerdos económicos con varios medios acostumbrados a vivir de la cultura de la colusión.


El discurso del morenovallismo es “nadie por encima de la ley”. Y Fernando Manzanilla en entrevista para CAMBIO describió que los calificativos de “autoritario” y “mano dura” provienen del hecho de que ellos no se prestan a negociar la ley como lo hacían administraciones anteriores, en que las elites empresariales, mediáticas y políticas sabían que el amiguismo era el recurso perfecto para evitar la aplicación de las leyes.


Al poblano de a pie la discusión le parece irrelevante si el gobierno de Moreno Valle es autoritario o democrático. Al poblano le interesa si el gobierno hace o no hace. Si tiene empleos, seguridad y educación. Si construye obra pública, hay programas sociales de apoyo, salud, transporte público. En última instancia, si el gobierno roba y sus funcionarios son rapaces, y si los policías y tránsitos los extorsionan. La discusión sobre el presunto autoritarismo compete a las elites que en los gobiernos de Manuel Bartlett, Melquiades Morales y Mario Marín se acostumbraron al privilegio de que la ley no se les aplicara, y se les dieran beneficios consistentes en subsidios, contratos y obra pública. Son ellos los que extrañan el autoritarismo que les beneficiaba, y no el que les perjudica.


Hace semanas señalamos el concepto de “legitimidad por resultados” como el éxito de todo gobierno: el primer requisito del poder es que pueda. En ese sentido la nostalgia nacional remite a la presidencia de Carlos Salinas de Gortari como el último gobernante que quiso e hizo, a diferencia de Vicente Fox y Felipe Calderón que perdieron sus sexenios en un querer y no poder. El mexicano de a pie extraña la efectividad tricolor en el control de la delincuencia y muchas variables más. La ineficiencia panista, en este sentido, es la causa última que propicia el modelo de restauración priista. En algún sentido, una parte importante de los mexicanos ve el pasado con nostalgia.


Por supuesto que los resultados del Latinobarómetro no aclaran la confusión conceptual en que la vive esa mayoría de los mexicanos. Democracia y eficacia gubernamental son conceptos diferentes. O en otras palabras: elecciones limpias y competitivas no tienen la culpa de que los panistas no hayan sabido qué hacer con el poder. Pero la percepción es así: por ello las acusaciones de autoritario le hacen a Moreno Valle lo que el viento a Juárez. Porque los poblanos, me incluyo entre ellos, queremos un gobierno que nos saque de ser la tercera entidad más pobre del país.

 



 
 

 

 
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