Tiempos de Nigromante


Arturo Rueda
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05/04/2011


Pactar con los narcos: vaya estupidez de Sicilia

 

Hay un discurso irritante de la supuesta izquierda progresista de este país que se arropa al calor de la tragedia que rodea al poeta Javier Sicilia y amenaza suplantar una postura ciudadana en la convocatoria a una marcha para mañana 6 de abril por la tarde bajo el lema “No más sangre”: los malos no son los malos, es decir, los narcotraficantes, asesinos, secuestradores y un largo etcétera. No son ellos los causantes del derramamiento de sangre, del Estado de Excepción en el norte del país, de la corrupción de las instituciones y de la muerte del joven Juan Francisco Sicilia, hijo del literato, y de otros amigos suyos. Según este discurso ciudadano, el gobierno carga con todas las culpas y representa el papel de malo. Según estos progres, Calderón es un irresponsable por intentar meterlos a la cárcel, recuperar los territorios perdidos a manos de la delincuencia, rescatar espacios públicos y privados en manos del narco, destruir el estilo de vida que elogia las pistolas, las cadenas y los dólares. Dicen, convencidos, “Calderón nos ha bañado en sangre y la guerra o lucha contra el narco debe cesar”. Y qué mejor cese, expresa Sicilia, que negociar una tregua con los criminales, puesto que lo único que hacen es destruir a los gringos.


Vale que Sicilia exprese ideas tan idiotas en medio de su dolor por la muerte de su hijo. Incluso es comprensible. No lo es tanto los progresistas de la izquierda que utilizan el caso para golpetear al gobierno federal de Felipe Calderón sin darse cuenta que evidencian únicamente el alto grado de división de la sociedad mexicana frente al problema fundamental del país: la ausencia de seguridad pública. El narcotráfico, sus grandes y pequeños capos, han hecho que en México la vida no valga nada. Que las matanzas y decapitados sean cosa de todos los días, haciendo que perdamos el asombro. Que existe un estilo de vida narco, elogiado primero en los corridos del norte del país, una apología que se extiende a otros ámbitos de la vida cultural como el cine en las películas de El infierno y Salvando al soldado Pérez.


¡Estamos hasta la madre! es el grito de batalla de la edición semanal de Proceso, en la que publica una carta abierta del poeta —por cierto mediocre— Sicilia tras la dolorosa muerte de su hijo en una ejecución poco clara. Los desatinos que la izquierda progre ha adoptado como suyos son muchos. Especialmente una visión idílica, cuasi bucólica de los criminales. En esa carta se lamenta que los malosos, las mafias, los narcotraficantes, hayan perdido sus valores tradicionales. “De ustedes, criminales, estamos hasta la madre, de su violencia, de su pérdida de honorabilidad, de su crueldad, de su sinsentido. Antiguamente ustedes tenían códigos de honor. No eran tan crueles en sus ajustes de cuentas y no tocaban ni a los ciudadanos ni a sus familias. Ahora ya no distinguen. Su violencia ya no puede ser nombrada porque ni siquiera, como el dolor y el sufrimiento que provocan, tiene un nombre y un sentido. Han perdido incluso la dignidad para matar. Se han vuelto cobardes como los miserables Sonderkommandos nazis que asesinaban sin ningún sentido de lo humano a niños, muchachos, muchachas, mujeres, hombres y ancianos, es decir, inocentes. Estamos hasta la madre porque su violencia se ha vuelto infrahumana, no animal —los animales no hacen lo que ustedes hacen—, sino subhumana, demoniaca, imbécil. Estamos hasta la madre porque en su afán de poder y de enriquecimiento humillan a nuestros hijos y los destrozan y producen miedo y espanto”. Acaba cita textual. Vaya peligro.


Las tonterías no acaban ahí. Ayer, entrevistado por Reforma, pide que la guerra se detenga y el gobierno negocie con los narcotraficantes. “Hay que buscar un mal menor. Nosotros estamos poniendo la guerra, la muerte y la angustia, y (Estados Unidos) sigue metiendo armas. No han bajado los índices de la droga, ni del consumo, ni del costo… El narcotráfico sigue. A los Estados Unidos no les importa, no nos están ayudando en nada. Las mafias están aquí, pues pactemos. Ahí están sus corredores, por mí que inunden a Estados Unidos de mierda. ¿Por qué tenemos nosotros que estarle protegiendo las espaldas?”, cuestionó. “Hablemos claro otra vez: ahí están, tenemos que convivir con ellos. Y, si no están haciendo bien la guerra, pues vamos a los pactos. Las guerras terminan en pactos al final de cuentas. Cuando se acaban de destrozar y destrozar a la humanidad, terminan en pactos. Y esto va a terminar en un pacto, tarde o temprano”.


El origen de la confusión de esta seudo-izquierda vive en la frase clave de Sicilia: “Las mafias están aquí, pues pactemos. Ahí están sus corredores, por mí que inunden a Estados Unidos de mierda”. Es decir, estos supuestos defensores sociales creen que los criminales sólo afectan a los gringos. Y qué: ¿no le venden droga a los mexicanos? ¿No corrompen instituciones federales, estatales y municipales? ¿Su mierda no está al alcance de millones de jóvenes? ¿Los dejamos tranquilos para que nos envenenen o mejor nos dedicamos todos al lucrativo negocio y abandonamos nuestros puestos de abogados, comerciantes, maestros, ingenieros?


El argumento de Javier Sicilia no tiene pies ni cabeza: pactar con los criminales, los violadores de la ley y quienes han instaurado el miedo en las calles es impensable. Mi atenta súplica, entonces, a desairar la marcha de “No más sangre” para mañana. Los italianos, para acabar con la mafia italiana, se unieron sin cortapisas. Igual los españoles para detener la violencia terrorista de ETA. Lo peor es que la sociedad mexicana ni siquiera se puede poner de acuerdo para ir en contra de los asesinos. De los asesinos del hijo de Javier Sicilia y muchos mexicanos. ¡Qué horror!

 



 
 

 

 
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