Tiempos de Nigromante


Arturo Rueda
@Nigromanterueda
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06/12/2012


El nuevo sexenio tiene viejas reglas


El análisis político de las obviedades no conduce a ningún sitio. Escribir que “para Rafael Moreno Valle todo cambió con el regreso del PRI al poder” es tanto como decir que los pájaros vuelan. Pero por supuesto que todo cambió: su partido, el PAN y su amigo Felipe Calderón dejaron Los Pinos con toda la pérdida de privilegios que ello acarrea. Por más amigos que puedan tenerse en el nuevo gobierno federal, sea Luis Videgaray, Osorio Chong o José Antonio Meade, siempre dolerá más el cuero que la camisa. La obviedad es del tamaño del mundo: claro que el nuevo Ejecutivo federal hará todo lo necesario para beneficiar al PRI porque es su propio partido. Su meta inmediata es alcanzar la mayoría en San Lázaro en 2015 o, de acuerdo con el Pacto por México, encabezar la primera coalición gobernante. El camino del gobernador poblano, de hoy en adelante, es cuesta arriba. Indudable.


Un camino cuesta arriba, por definición, es más arduo de recorrer, pero no por eso imposible. De ser así, Enrique Peña Nieto no habría materializado el regreso del PRI a Los Pinos tras dos sexenios de ayuno. Toda su etapa como gobernador vivió, convivió, tuvo diferencias e hizo acuerdos con el gobierno federal panista. ¿Eso impidió que construyera su proyecto presidencial, consiguiera los aliados suficientes e incluso tuviera la capacidad de negociar en Gobernación, siempre en beneficio de sí o de su partido? Claro que no.


Lo mismo le ocurrió a Vicente Fox: ganó en Guanajuato, y después la Presidencia, remando contra corriente a los 70 años de poder tricolor, pese a su hegemonía en la Presidencia y la mayoría de los gobiernos estatales.


Habrá quienes digan que el éxito de Peña Nieto se construyó sobre la ineficacia de Felipe Calderón y el descontento de millones en la guerra contra el narcotráfico. Igual dirán que si Vicente Fox llegó a presidente fue porque Zedillo no tenía interés en el triunfo del PRI. Y así por el estilo. Lo que quiero decir es que colocarse en la oposición, tener un camino cuesta arriba, no es sinónimo de derrota. Hablamos de política, no de destino manifiesto. Oportunidades habrá, si se construyen, así como riesgos.


Moreno Valle tiene experiencia en los caminos cuesta arriba. ¿O acaso Marín le puso una alfombra roja para llegar a Casa Puebla? ¿Los medios de comunicación locales se dedicaron a tirarle elogios? ¿El PRI nacional lo ayudó a construir la megacoalición de Compromiso por Puebla? ¿El Yunque le permitió apoderarse del PAN pese a ser un militante nuevo? ¿Derrotó a Melquiades Morales por la senaduría gracias a los polvos mágicos de algún hada?


Los caminos cuesta arriba no son imposibles, aunque sí más arduos de recorrer. Como en la política, mucho depende de las coyunturas a favor o en contra. De la capacidad para realizar negociaciones e incluso de las oposiciones frontales. Sobre todo, de los aliados que se tengan a la mano, aunque muchas veces se unan por enemistades comunes.


La política no tiene uno sino mil caminos. Porque tener el camino planchado y con todas las circunstancias a favor tampoco es garantía de éxito. ¿O ya nadie recuerda a Javier López Zavala y a Francisco Labastida? ¿Cuántos estrellados de la política recordamos en la última década?


Las oportunidades están ahí: el gobierno federal necesita en el PAN buenos interlocutores si quiere que sus votos avalen la reforma hacendaria y la privatización de Pemex. Moreno Valle ya se posicionó en la cancha nacional sin necesidad de escándalos por manejos oscuros de la deuda o un Lydiagate. Salvo que Peña Nieto quiera un choque frontal con Elba Esther Gordillo, también necesitan quien pueda hablarle al oído y sumarla a la iniciativas del Pacto por México para que el Estado recupere la rectoría del sistema educativo. Y lo mismo puede decirse de otros poderes fácticos y potencias como las televisoras o Slim.


Nadie discute el cambio de reglas: si en los sexenios panistas la negociación de los recursos federales se hacía en los pasillos de San Lázaro entre todas las fuerzas parlamentarias, un mercado de dinero para obras de infraestructura y programas sociales, ahora hay una sola puerta: la de Luis Videgaray. No hace falta formarse en otra fila ni hacerse el valiente.
Pese a su camino cuesta arriba a Moreno Valle todavía le quedan cuatro años de gobierno y una batalla clave el próximo año, lo único que no podrá resistir es un enfrentamiento directo con el presidente. Si a Fox y a Calderón nadie le temía, Peña Nieto hará que la institución sea respetada otra vez. Y temida. Cualquiera que sea su estrategia para 2013, lo único que no puede permitirse es un choque frontal. Y claro que no lo hará.

 

El nuevo sexenio tiene viejas reglas y Moreno Valle las conoce todas. Por tanto, el análisis de lo obvio no cambia ninguna situación. Al gobernador poblano le quedan cuatro años en el cargo y en los cuatro, cada día y cada mes, Peña Nieto será presidente.

 

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