Tiempos de Nigromante


Arturo Rueda
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07/10/2011


La balcanización del PRI poblano


Un reloj por amor de Dios. Si alguien todavía lo considera su amigo. Aunque sea por lástima. Ya de plano si alguien le debe un favor. Mínimo que se lo presten Óscar de la Vega y Santi Bárcena, sus últimos apóstoles. O de regalo de cumpleaños. A Javier López Zavala le urge uno para valorar los tiempos de la política luego del lamentable deslinde del candidato fallido respecto de su progenitor Mario Marín. El invento sexenal cobró vida tardíamente para señalar al exgobernador como el responsable de su descenso al infierno. ¿Tendrá fin la carrera de ridículos y absurdos que protagoniza desde su derrota? El respetable se pregunta con razón si a Zavala lo dejó loco el descalabro electoral del 2010. Cuando apenas retoma el vuelo y se construye una carrera medianamente respetable, vuelve a resbalarse para caer en el profundo hoyo del ridículo. ¿Gana algo con su deslinde tardío? Nada. A lo más queda como un malagradecido a quien le debe todo. Y a lo peor, como un vulgar judas de la política local. Zavala, sin embargo, encarna el desastre en el que se ha convertido el PRI poblano: sin dirección y sin valor.


Hace siete meses que Humberto Moreira tomó protesta como dirigente nacional del tricolor. Largos 210 días en los que no ha tenido unas horas para trasladarse a Puebla para poner alto a la fragmentación de los grupos locales. Tampoco ha mostrado el mínimo interés Cristina Ortiz, la secretaria General del partido. En lugar de nombrar a un delegado capaz de reorganizar el partido, dos “don nadie” consecutivos fueron enviados a vegetar. El segundo de ellos, Ranulfo Márquez, un tipo enfrentando al gobernador veracruzano Javier Duarte y enviado a Puebla al exilio. El jarocho no ha podido minar el liderazgo que todavía exhibe Mario Marín en buena parte de la clase tricolor, especialmente en Juan Carlos Lastiri, líder formal, y José Luis Márquez, coordinador de la fracción parlamentaria en el Congreso local.


Pese a la importancia del padrón electoral local en el porcentaje nacional, Enrique Peña Nieto prácticamente ignora a los priistas poblanos. La única reunión de trascendencia fue la visita de su operador electoral, Ricardo Aguilar, quien presentó un diagnóstico ingenuo al solicitarle a los priistas poblanos un millón 400 mil votos en la lucha presidencial, casi 500 mil votos más de lo que obtuvo en la contienda del 2010. ¿Por qué el CEN tricolor ignora a Puebla? El lector cuidadoso podrá señalar que la presencia de Jorge Estefan Chidiac como secretario de Finanzas del CEN, o la reciente designación de Blanca Alcalá como delegada en Colima, desmienten el ostracismo al que fue sometido el PRI local. Sin embargo, las pruebas son contundentes.


Aunque a muchos observadores la larga batalla por las tribus locales por hacerse del Comité Municipal pudo resultar aburrida, lo cierto es que se trata de un preámbulo de la división existente entre las corrientes del partido. A la larga pugna entre marinismo y dogerismo, ahora debería sumarse el surgimiento de una corriente netamente zavalista encarnada por Javier López Zavala en solitario, lejos ya del padrinazgo del exgobernador y del compadrazgo con Alejandro Armenta Mier. Y en tal policromía resalta el exilio de Blanca Alcalá, quien desde Colima querrá seguir poniendo un piecito en Puebla para esperar a que la candidatura al Senado le caiga de chiripa, igual que le ocurrió con la de la alcaldía.


La balcanización de los grupos priistas en Puebla es evidente. Tanto que estuvo a punto de provocar un vacío de poder en el Comité Municipal que debería haberse resuelto en los tribunales. El largo enfrentamiento de las facciones zavalista-marinista encarnada en Juan de Dios Bravo contra la dogerista representada por Iván Galindo terminó resolviéndose en favor de una tercera en discordia, Claudia Hernández. Lo que representaría un avance en realidad se trata de un retroceso: Claudia Hernández fue la secretaria General del partido en el desastre del 2010 y fue la encargada de hundir la campaña de aire de Zavala con una de las estrategias peor diseñadas en la historia de la comunicación política. ¿Ese es el avance del PRI reconstruido? No lo parece.


La batalla por la fórmula al Senado amenaza la misma polarización si alguien no detiene la lucha de facciones que en realidad nunca ha cesado. El exilio de Blanca Alcalá es eso, un exilio, frente a las voces que afirman se trata de una estrategia para sacar a la alcaldesa de Puebla y blindarla del golpeteo mediático que supuestamente le tiene preparado el morenovallismo. ¿Y qué? ¿Las irregularidades en su cuenta pública por aprobar no la alcanzarán hasta el minúsculo estado de Colima? ¿No la desgastará más tener que realizar la operación policía allá y defenderse acá de las injurias? ¿Cuándo tendrá tiempo para construir una verdadera base electoral en el interior del estado para no depender únicamente de su posicionamiento mediático? ¿Alguien en verdad cree que se puede construir una senaduría desde varios cientos de kilómetros a la distancia?

 

Sin Alcalá, la fórmula Doger-Zavala al Senado provocaría una conjunción de intereses entre ambos grupos que daría estabilidad al tricolor. Pero ahora habrá que esperar las consecuencias de la ruptura extemporánea y sin sentido del chiapaneco con su inventor. Porque al final quien reventó a Juan de Dios Bravo y dejó en la inopia a Zavala fue Mario Marín. ¿No podrá aplicarle un correctivo a su exempleado por andar de judas? Falta poco para averiguarlo.

 



 
 

 

 
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