Tiempos de Nigromante


Arturo Rueda
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08/09/2010


Los motivos del bucólico Mejía


Con cierto candor, pero sin ruborizarse, Mario Alberto Mejía se confiesa engañado por un oscuro operador zavalista que perversamente filtró a El Columnista las gráficas con las que Javier López Zavala pretendió vender una falsa cercanía con Enrique Peña Nieto en su Quinto Informe de Gobierno, allá por los rumbos de Toluca. A este terrible maquinador, a quien ayer identifiqué como equino-asesor Óscar de la Vega, atribuye la responsabilidad del truco. Con la misma ingenuidad, afirma que si el trucaje fuera cierto —todavía lo dudaba— se trataba de una falta leve, levísima, casi nada de El Columnista que cumplió con su heroica labor de congratularse por la estrechísima amistad entre el excandidato poblano y el Golden Boy, pues sin reportero de por medio, el diario se enteró que “En el evento, el excandidato a la gubernatura fue reconocido (menos mal) y felicitado (bendito) por Enrique Peña Nieto, así como por personalidades del tricolor”, como rezaba el pie de foto. Seguramente el perverso de perversos, engañador de periodistas, Javier López Zavala, subrepticiamente se coló en la redacción para, a su vez, incluir tan elogioso pie de tan mentirosa fotografía.


La ingenuidad, el candor de Mejía, inevitablemente me hizo recordar aquella poesía infantil de Rubén Darío, “Los motivos del lobo”, en versión libre de Arturo Rueda:


El huauchinanguense que tiene corazón de lis,
alma de querube, lengua celestial,
el mínimo y dulce Mario Alberto Mejía,
está con un rudo y torvo animal,
bestia temerosa, de sangre y de robo,
las fauces de furia, los ojos de mal:
el lobo Zavala, el terrible lobo.
Rabioso, ha asolado los alrededores;
cruel, ha deshecho todas las redacciones;
devoró corderos, devoró reporteros,
y son incontables sus muertes y daños.
Mejía salió:
al lobo buscó en su madriguera.
Cerca de la cueva encontró a la fiera
enorme, que al verle se lanzó feroz
contra él. Mejía, con su dulce voz,
alzando la mano
,
al lobo furioso dijo: ¡Paz, hermano
Zavala!
El animal
contempló al varón de tosco sayal,
dejó su aire arisco,
cerró las abiertas fauces agresivas,
y dijo: ¡Está bien, paz, hermano Mejía!


El mismo candor puede aplicarse en versión libre para Arturo Luna, engañado también por la terrible bestia Zavala, quien con innumerables maquinaciones lo obligó a escribir lo que los ojos del columnista no había atestiguado: “Que quien no perdió el tiempo codeándose con Enrique Peña Nieto, Manlio Fabio Beltrones y hasta el arzobispo más grillo, el arzobispo Chedraui, fue Javier López Zavala, quien como se ve en las siguientes imágenes anduvo del tingo al tango, tal vez porque “el que no se mueve, no sale en la foto”. En el mismo estilo, el autor de “Garganta Profunda” le atribuye la responsabilidad al operador zavalista que envió las gráficas, pero enojado, llama “payaso de la política” a quien un día antes nos había vendido como un personajazo de la política nacional.


El falso candor no es un buen pretexto. Imagine al lector ordenar un delicioso corte en El Parrillaje y recibir una masa incomible por putrefacta. Al reclamar a don Ricardo Allegue, imagine también semejante deslinde de la responsabilidad del restaurante: “No, pues la culpa tiene el que nos vende las vacas, reclámele a él”. De risa loca.


No, lo ocurrido a El Columnista, “Garganta Profunda” y Milenio Puebla es uno de los síntomas de la grave enfermedad que sufre la prensa poblana y que evidencia su crisis de credibilidad: los periodistas poblanos han abandonado su tarea mínima que es desconfiar del poder. Verificar información y cruzar datos. Limitarse a cumplir con el favor en turno y regalar la credibilidad propia para ganar el apapacho. ¿Qué los periódicos cometen errores y las fuentes mienten? Por supuesto: pero más errores se cometen cuando se confía en a ciegas en el poder y se abandona la función del periodista como centinela. A partir de ahí, el despeñadero. Quien de entrada le cree a un partido, un funcionario o un caudillo, reportea mal.


Para evitar rodar solo, Mejía tira el pastelazo: una supuesta apuesta privada trascendida al ámbito público para entregar mi destartalado Audi gris rata contra su remozado Beetle convertible gris canoso. ¿El motivo? La presencia o no de Javier López Zavala en el Informe de Peña Nieto. Ninguna de sus personalidades escindidas —conocemos al poeta maldito, al periodista guerrillero y ahora al bucólico huauchinanguense— advierte que sus pruebas confirman que Zavala no fue invitado, sino “movilizado” al informe del mexiquense. Las gráficas de El Universal lo muestran como guarura de Mario Marín. Y la supuesta invitación presentada como prueba contundente para declararse ganador de la apuesta, muestra dos errores: una, viene sin rotular a favor de Javier López Zavala; dos, hace responsable de la “movilización” al diputado Jesús Alcántara Núñez, encargado de atender a los personajes de medio pelo. El mismo documento promete entregar el gafete “en el desayuno” para los acarreados. Tres, los auténticos invitados-invitados, que no los acarreados, recibieron invitación del gobierno mexiquense con nombre rotulado y código de barras para poder acceder al teatro Morelos de Toluca.


Conclusión: Zavala presente físicamente en el informe, sí. Invitado, no, sí acarreado a las órdenes del diputado Jesús Alcántara. ¿Saludado y felicitado por Peña Nieto por perder la gubernatura de Puebla? Lo dudo mucho, si incluso su jefe Marín no fue saludado en tribuna por el gobernador mexiquense a la hora de agradecer la presencia del resto de los gobernadores priístas presentes. Una “lamentable omisión” como ayer reconoció Peña Nieto en entrevista para Ciro Gómez Leyva en Milenio TV.


¿Y la apuesta? Mucho me temo que decidí aprovecharme de la tercera personalidad heterónima de Mejía, el bucólico huauchinanguense que desde el cafetal veía pasar los audis de lujo y ambiciona uno en lo profundo. Cruelmente me serví de su anhelo secreto, de la misma forma en que lo hacen los grandes villanos Javier López Zavala y Óscar de la Vega para filtrarle fotos falsas. Puesto que si ahora Mejía se dejar tomar el pelo… pues, ¡qué más da uno más! Eso sí: prometo enviarle uno por lo menos de Hot Wheels para que lo guarde en su repisa y siga anhelando uno auténtico mientras escribe por las noches su poesía maldita.


¡Salud, heredero de Rimbaud!

 



 
 

 

 
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