Tiempos de Nigromante


Arturo Rueda
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08/10/2010


Marín ofrece la cabeza de Zavala y candidatea a Lastiri


Javier López Zavala camina por la cuerda floja, el futuro nunca ha sido suyo sino el que disponga su patrón Mario Marín. Es al titiritero, no al títere, a quien le han surgido dudas sobre la conveniencia en designar al candidato perdedor de Casa Puebla como nuevo dirigente estatal. Dos hechos han contribuido a ello: uno, las burlas dolorosas de Rafael Moreno Valle en la inauguración del restaurante de la familia Riestra, cuando, entre risas, le pidió a Enrique Doger y a Édgar Salomón Escorza conseguirle una credencial del Consejo Político “para ir a votar a favor de Zavala”; dos, la incertidumbre jurídica generada por el recurso per saltum interpuesto por los exdirigentes estatales Ignacio Mier Velasco y Luis Antonio Godina, puesto que en los meses por venir no habrá tiempo ni dinero para solventar el cabildeo necesario ante los magistrados electorales como el que realizaron en la interna tricolor. El titiritero, pues, al parecer habría decidido desechar a su muñeco feo y habría lanzado una oferta a los rebeldes, entre los que se incluye a su exparticular Deloya: sacrificar a Javier López Zavala a cambio de una rendición incondicional, con el objetivo de imponer a un nuevo personaje. El nuevo delfín se llama Juan Carlos Lastiri, actual secretario de Desarrollo Social.


La oferta de negociación, que Zavala ya conoce con todo el dolor de su corazón pero que se niega a admitir en público, tiene de sustento lo que Marín interpreta como una rivalidad “personal”, por ello entiende que cortándole la cabeza a su abrepuertas la rebelión cesará y podrá escoger a cualquier otro como un dirigente estatal a modo que sirva a sus intereses. Es por eso que ha ofrecido una personalidad transitable para todos los grupos como Juan Carlos Lastiri, quien no carga en su clóset tantos cadáveres como Zavala. Se trata de una simple sustitución de nombres, porque Lastiri iría al PRI para cumplir las mismas funciones que requiere el gobernador para los próximos meses: preparar su ilusa e ingenua candidatura al Senado y conformar un escudo ante una eventual persecución ordenada por Moreno Valle.


A diferencia del grupo de los huevos tibios, e incluso del propio Guillermo Deloya, los exdirigentes Godina y Mier pasaron de las palabras a los hechos e interpusieron su juicio para la protección a los derechos políticos en su modalidad per saltum, la misma vía jurídica que utilizó a Enrique Doger para combatir la imposición de Zavala como candidato. En aquella ocasión el PRI requirió un gran cabildeo con los magistrados electorales, quienes, incluso, salieron por peteneras y se negaron a entrar en el estudio de los agravios de fondo consistentes en la legalidad del Consejo Político. Cabilderos del tricolor nacional debieron entrar al refuerzo y sólo así pudieron ganar un juicio que llegaron a tener perdido.


Con tal experiencia, y con las notificaciones oficiales de la conformación del patrón de militantes y del Consejo Político Estatal, así como de la Comisión Política Permanente, los exdirigentes estatales Godina y Mier se lanzaron a luchar por la vía jurídica. Es cierto que nadie afirma que tiene la causa ganada, pero es cierto que abren un espacio de incertidumbre que el PRI no necesita a cuatro de meses de entregarle el poder a Rafael Moreno Valle.


El gobernador electo es el primer interesado en que Javier López Zavala sea impuesto como dirigente tricolor, pues sabe que tendrá una oposición cómoda y sin argumentos contra la que Puebla ya votó. El exsecretario de Desarrollo Social tiene una debilidad intrínseca que lo hace objeto de burla; además de sus mentiras comprobadas, en la campaña perdió 33 puntos y embarcó a empresarios, periodistas y líderes cuando conocía a la perfección su dramática caída de posicionamiento. Moreno Valle sabe, también, que Zavala no tiene la capacidad para construir un discurso de contrapeso a su administración, por lo que le seduce la idea de tener una oposición de bajo perfil.


Por estos dos inconvenientes, Marín está dispuesto a transigir de nombres en las postrimerías del régimen, pero no a lo que considera su potestad de imponer al dirigente del tricolor. Sin embargo, eso es precisamente lo que combaten Mier y Godina, no un enfrentamiento personal contra Zavala: ambos rechazan la prerrogativa de Marín, porque al perder el poder y encapricharse en su incondicional perdió todas las prerrogativas inherentes al cargo. Así que el nombre en la mesa de Lastiri no termina por resolver nada. La situación sigue empantanada y Zavala, sin un ápice de dignidad, a punto de caer en la cuerda floja.

 



 
 

 

 
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