Tiempos de Nigromante


Arturo Rueda
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09/04/2012


83 días para entregarnos a los brazos del PRI


Una suerte de resignación recorre el país: 83 días separan a Enrique Peña Nieto de ganar la Presidencia de la República y reinstalar al PRI en Los Pinos dos sexenios después de haber sido expulsados del gobierno federal. Un destino manifiesto que ni Josefina Vázquez Mota ni Andrés Manuel López Obrador parecen capaces de impedir por su incapacidad conjunta para despertar el interés de los mexicanos. Lejos de la esperanza del 2000 y la campaña apasionante del 2006, la batalla electoral del 2012 se mueve entre la indiferencia, la apatía y la indolencia.


Nuestros políticos lo lograron: lo público es algo que sólo pertenece al círculo rojo y que no genera ningún tipo de interés o entusiasmo entre los ciudadanos de pie. ¿Por qué? Porque sabemos que gane quien gane, el país no tendrá un rumbo mejor y la vida diaria seguirá siendo la misma mezcla de inseguridad y precariedad. Porque ningún partido político demostró ser mejor que otro para representar los auténticos intereses y problemas, y que todos se igualaron en la mezquindad y la estrechez de miras. Hoy la batalla electoral sólo le interesa a quien esperar medrar con el triunfo de algún candidato, sea presidencial, al Senado o a la diputación federal.


Peña Nieto mantiene la punta de las preferencias electorales en un promedio de 15 por ciento porque encarna precisamente la resignación que recorre a México. Ya no queremos probar nada diferente. Que regresen los corruptos pero eficientes. Los que sí saben cómo hacerlo. Los que volverán a quebrantar las finanzas nacionales pero aseguran un mínimo de paz y estabilidad que la derecha no fue capaz de darnos y la izquierda ni siquiera es capaz de inspirar. Sí: los conocemos muy bien. Son los Mario Marín, Ulises Ruiz, Arturo Montiel y Carlos Salinas. Tramposos, ladrones, pero los que saben gobernar. Un respiro del presente es refugiarse en la nostalgia


No puede hablarse en estricto sentido de un acto de resucitación. El PRI perdió por dos sexenios el gobierno federal pero no se fue de México. Tiene en sus manos 20 gobierno estatales, casi todas las capitales del país y los Congresos locales. Además mantiene una sólida presencia en la Cámara de Senadores y la mayoría de la Diputados, con lo que ha logrado detener cualquier reforma ambiciosas con la que sus grupos de interés no estén de acuerdo. Salvo el caso de dictadores grotescos como en el caso de Puebla y Oaxaca, en el resto del país los mexicanos mantuvieron con vida al tricolor.


El PRI parece un moderno Santa Anna, capaz de leer las veleidosidad del pueblo dispuesto a arrojarse nuevamente a sus brazos en busca de la estabilidad perdida, porque lo otro es peor. El PAN es un maniquí desfigurado luego de 12 años en la Presidencia. No sorprende lo que ocurre a Josefina Vázquez Mota, repudiada allá donde se presenta y expulsada con lujo de violencia hasta por las quesadilleras: el legado del calderonismo es una loza imposible de remontar con sus cientos de miles de muertos y tolerancia a la corrupción.


El caso de la izquierda luce más complejo: su éxito en gobernar el corazón del país. El Distrito Federal, ese monstruo creado por el tricolor, es hoy una megalópolis que camina con rumbo luego de 15 años gobernador por el PRD y que probablemente tendrá un sexenio más con carismática candidatura de Miguel Ángel Mancera. ¿Por qué no ha podido exportar ese éxito al resto del país y ganar más gubernaturas? La responsabilidad histórica seguramente recae en Andrés Manuel López Obrador, alfa y omega, principio y fin de la izquierda. Caudillo que los elevó a lo más alto pero que también los hizo descender.


Con sus spots conciliadores y la República Amorosa, López Obrador protagoniza en 2012 la campaña electoral que debió hacer en 2006. Su lucha es desesperada y apenas tiene 83 días para convencernos de que no es un peligro para México, que no es un réplica de Hugo Chávez y que la izquierda merece una oportunidad antes de nuevamente entregarnos a los brazos del PRI.


Una última esperanza: ¿pueden equivocarse todas las encuestas que le dan la victoria a Peña Nieto por un margen de 15 puntos? Tengo claro que sí existe un sesgo de voto oculto que desestima a López Obrador: muchos mexicanos que han decidido darle una oportunidad al tabasqueño pero se lo ocultan a las empresas que miden la intención de voto para evitar un fenómeno parecido al 2006. ¿A cuánto puede ascender? Llámenme aventurado pero creo que podría llegar a los 5 puntos, alrededor de 2 o 3 millones de votos.


Pero no basta: con el derrumbe de Josefina, López Obrador prepara el asalto al segundo lugar de la contienda pero sigue sin generar la suficiente masa crítica capaz de impedir el destino manifiesto de la victoria peñista. Esa masa crítica parece difícil que pueda levantarse hasta el debate previsto para el 6 de mayo. Pero ahí podría encontrarse la clave, el primer escalón para encender la esperanza de millones de ciudadanos resignados a ver pasar el triunfo de Peña Nieto pero no que no han recibido una razón para darle el beneficio de la duda al tabasqueño.

 

La historia se escribe en 83 días: entregarnos nuevamente a los brazos del PRI o darle una oportunidad a López Obrador.

 



 
 

 

 
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