Tiempos de Nigromante


Arturo Rueda
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09/11/2010


El trayecto de joven promesa a soldado leal, y de dirigente inepto a filósofo


Alejandro Armenta representa mejor que nadie a una especie de Hamlet poblano: un esfuerzo permanente de querer y no poder, una contradicción insuperable entre pensamiento y acción, un diálogo interno sin traducción congruente en la realidad. Denominado muchas veces el “Plan B” de Mario Marín en la sucesión tras el resonante triunfo del carro completo del 2009, el oriundo de Acatzingo se soñó gobernador pero fue incapaz de disputar la nominación a Javier López Zavala. Colocado en una circunstancia única, la desperdició y prefirió mantenerse al frente del tricolor para ganar desde ahí la hipotética sucesión de 2016. Con ideas acerca de un partido moderno e inclusivo, a la hora buena se limitó a obedecer las órdenes que le impuso el gobernador, desde legitimar con falsas encuestas la endeble candidatura de Zavala hasta abrirle paso a Mario Montero y cerrar las opciones de participación al dogerismo.


Con las ideas a medias entre el 2010 y el 2016, con sus responsabilidades presentes y sus ambiciones futuristas, se dedicó a perseguir a todo lo que oliera a Montero, incluido el propio candidato a la alcaldía, Javier Sánchez Galicia y Elías Aguilar. Tenía miedo de convertirse en el primer dirigente en entregar la gubernatura a la oposición, pero se rodeó de mediocres y alejó a los talentos. Quería que todas las corrientes participaran, pero siempre obedeció lealmente las órdenes de Marín. Ayer, en su despedida, quiso señalar una verdad concreta que limpiara su nombre ante la historia, pero al final fue incapaz de deslindar la responsabilidad que tuvo el gobernador en la selección de los abanderados y la culpa de Javier López Zavala como candidato. Lo dicho: un esfuerzo permanente de querer y no poder.


El oriundo de Acatzingo pasó muy rápido de joven promesa a soldado leal y de dirigente inepto a filósofo. Tras una carrera meteórica que incluyó la alcaldía de su pueblo natal y una diputación local, alcanzó los mejores comentarios tras su paso por el DIF estatal, la Sedesol y el carro completo al frente del PRI en el 2009. Lo mejorcito del marinismo, era la calificación unánime que se le otorgaba. Plan B en la sucesión del 2010 y seguro finalista, casi gobernador en 2016 como parte del proyecto transexenal. Así como a Hamlet lo derrumban las expectativas de su padre, el Espectro, así Armenta fue derrumbado por su propio crecimiento al que no encontró salida, más que convertirse en un “soldado”, como se definió a sí mismo en la dirigencia tricolor. Un hombre rebosante de institucionalidad y falto completo de iniciativa. Obedecer, obedecer, obedecer fue su consigna. Sus peores temores se cumplieron: pasó la historia como el primer dirigente en entregar Casa Puebla la oposición y en sus afanes aperturistas cedió la diputación plurinominal que le correspondía, al mismo tiempo que enajenó sus aspiraciones futuristas.


La cruda de la derrota hizo que Armenta, en corto, se definiera a sí mismo como un líder leal pero inepto. Apanicado por Marín, atrapado entre sus responsabilidades presentes y sus ambiciones futuras, nunca pudo tomar el control del barco que se estrelló el 4 de julio. Tampoco fue capaz de alentar a Javier López Zavala para reclamar su papel de primer priista. Con el ánimo de tranquilizar su alma atormentada, en su despedida como dirigente abandonó su papel de soldadote para erigirse en filósofo capaz de encontrar la “verdad concreta” del 4 de julio. No una verdad a medias, verdad relativa, verdad estadística, verdad absoluta, verdad probabilística, verdad algebraica, verdad metafísica, verdad analgésica, verdad sorprendente, verdad privada, verdad objetiva, verdad subjetiva, verdad quirúrgica, verdad punitiva, verdad catártica, verdad socrática, verdad aritmética, verdad física, verdad biológica, verdad genómica, verdad evolutiva, verdad religiosa o secuencia. Uffff, no. La verdad concreta. Una filosofía pura.


El filósofo Armenta, en su búsqueda de la verdad concreta sobre la derrota, encontró por explicación puras obviedades: “No perdimos la elección, nos la ganaron”. “Las derrotas son lecciones históricas”. “Las derrotas son huérfanas”. Lugares comunes dignos del “Filósofo de Güemez”. En su justificación ante la historia, el filósofo Armenta olvidó el único atributo de su explicación: que la verdad concreta es ante todo una verdad incómoda. En su larga apología de sí mismo el oriundo de Acatzingo nunca llega al fondo del asunto: la intervención de Marín a favor de candidatos sin potencial electoral, sus fobias al dogerismo y la falta de carisma del candidato.

 

El filósofo Armenta pudo ahorrarse su verdad concreta si hubiera llegado a la verdad incómoda. Pero genio y figura hasta la sepultura. Armenta vivió como un soldadote y murió como tal. Tiene tiempo para no dejar su nombre en la historia como el líder inepto que entregó el poder a la oposición.

 



 
 

 

 
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