Tiempos de Nigromante


Arturo Rueda
@Nigromanterueda
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09/12/2011


Un hombre en búsqueda de su redención


No se sabe si es un acto de ingenuidad o valentía. Manuel Bartlett Díaz, cual Cid Campeador, decidió regresar a Puebla para librar su última batalla en pos de alcanzar un escaño en el Senado que de cualquier forma tendrá asegurado por su incorporación a la lista plurinominal de la coalición PRD-PT-MC. Su regreso tiene ambos lados de la moneda. Valentía porque un exgobernador que regresa a las boletas electorales corre el riesgo de enfrentar el cobro de facturas generadas a lo largo de su sexenio. Expone su lugar en la historia de la entidad al ataque artero de antiguos enemigos. Y un tanto de ingenuidad porque a su edad, pasados los 70 años, se propone recorrer toda la entidad sin los privilegios que dispuso como gobernante. También porque los estudios cuantitativos de opinión han demostrado que los candidatos de edad avanzada suscitan muy poco interés en un electorado joven. Tres, porque en su última jugada abandona al PRI, el partido al que debe toda su carrera política. En el fondo, más que una decisión racional pareciera un acto último de redención, por no decir de inmolación, para granjearse un destino diferente al que la Historia de México le dio junto a Salinas y la caída del sistema.


Y es que Manuel Bartlett, en el imaginario colectivo nacional, es la encarnación del autoritarismo tricolor. Un eficaz colaborador de Moya Palencia en el sexenio echeverrista. El hombre del fraude patriótico de Chihuahua. El rival de Salinas en la sucesión de Miguel de la Madrid, y luego baluarte fundamental para su llegada a Los Pinos con la “caída del sistema”. El ideólogo antineoliberal que colaboró con Salinas en la SEP, encumbró a Elba Esther Gordillo y luego como premio recibió la gubernatura de Puebla pese a las dudas de su oriundez. Pero también hay luces: priista de hueso colorado, fue uno de los que empujó para abrir la carrera presidencial en la sucesión de Zedillo y luego negoció su arribo al Palacio de Xicohténcatl. En medio del desastre por la derrota, el exgobernador comenzó a reinventarse asumiendo posturas progresistas. Entre sus victorias se cuenta mantener la rectoría de Pemex sobre el petróleo y el fracaso de la Ley Televisa para empoderar al duopolio.
Por pura ley generacional Bartlett dejó de ser importante para el PRI y en 2006 éste se vengó llamando al voto útil a favor de López Obrador; ayudó a enterrar a Roberto Madrazo y si “El Peje” hubiera ganado, seguramente Bartlett habría ingresado al primer gabinete de izquierda en una posición destacada. El PRI calificó su traición como un desvarío senil y ni siquiera entró a analizar una posible expulsión del partido: su sanción fue la ley del hielo, el ostracismo. Un oscuro rincón en el que ha permanecido los últimos seis años. Sin reflectores mediáticos a los que estuvo acostumbrado por décadas. Un helado exilió en el que incubó su rencor en contra de la cúpula priista y la derecha calderonista.


Pero en Puebla Manuel Bartlett es otra cosa: pese a su fama de autoritario, conserva un buen cartel en la sociedad poblana que lo califica como el mejor gobernador en la historia de la entidad. El francófilo que llegó a la entidad para generar un proyecto de desarrollo que hoy conocemos como Angelópolis fundado en la especulación inmobiliaria. Con sus virtudes y defecto, es el único proyecto de crecimiento económico diseñado por un gabinete alterno que gobernó en la sombra, sin asumir responsabilidades públicas. Si Bartlett tiene prestigio en algún lugar y hasta puede considerarse un político querido es en Puebla.


En busca de su redención Bartlett regresa a la patria adoptiva a pedir el voto y capitalizar su imagen de gobernante eficiente. Pero el exgobernador no puede imaginar un regreso plácido: en contra de sus posturas elitistas y soberbias, deberá volver en un papel humilde, seductor. Transigir con sus viejos enemigos en pos de darle votos a Andrés Manuel López Obrador. Su debate dialéctico con Javier Lozano Alarcón será de antología. Y precisamente ahí radica la mayor incongruencia del exgobernador: su presencia en las boletas lastimará directamente a la fórmula PRI-Panal. ¿Alguien imagina a Javier López Zavala balbuceando al intentar debatir con hombre de la altura intelectual de Bartlett? ¿A Guillermo Aréchiga? Por supuesto que va a vapulear a ambos.


La presencia de Manuel Bartlett en Puebla no puede ser desestimado por Enrique Peña Nieto y el efecto de “robavotos” al tricolor. Pero las cosas no mejoran si suben a Blanca Alcalá o a Enrique Doger, puesto que ambos le deben su carrera política al exgobernador. ¿Podrían competir contra él y entrar al debate ríspido? No lo creo porque al final, agradecidos ambos, le guardan un profundo respeto.


El efecto Bartlett y su búsqueda de redención modifica los parámetros de la batalla por el Senado. Por supuesto, el más contento es Javier Lozano Alarcón que en la fractura del PRI encontrará un espacio para dar la batalla pese a su insulso posicionamiento. Tan pareja será la carrera que el tricolor tiene un riesgo real de irse a la tercera posición.

 

¿Bartlett alcanzará su redención ante los ojos de los mexicanos jugándose el todo por el todo a cara o cruz? Imposible saberlo. Lo que sí puede perder es el cariño y admiración que suscita todavía en muchos poblanos.

 



 
 

 

 
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