Tiempos de Nigromante


Arturo Rueda
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10/02/2011


Alcalá, un adiós y un regreso en dos breves momentos


Termina su trienio entre lágrimas y muestras de apoyo


"Las mil y una noches” de Blanca Alcalá al frente de la capital poblana se extinguieron en un llanto que no tuvo nada de contenido. Su sueño de gobernar a la cuarta ciudad más importante del país se terminó, pero la historia no tuvo un final ingrato, puesto que en bronce quedó grabado el orgullo de ser la primera mujer en el cargo en casi 300 años.


Lágrimas tenues al principio, cuando hablaba de los sacrificios que enfrentó como mujer en el cruel ámbito de la política, trocaron en llanto abierto cuando agradeció a su familia, en especial a su hija Karina que en primera fila también se soltó en llanto, invadidas ambas por una experiencia única que les cambió la vida.


En su adiós, Alcalá fue abandonada totalmente por la nueva élite que domina Puebla, al grado de que el gobernador Moreno Valle prefirió asistir a la firma de un convenio con la Comisión Nacional de Derecho Humanos que a despedir a la alcaldesa. Rodeada de exgobernadores, en el centro del cementerio de los elefantes, su convocatoria no tuvo mucho para presumir, en especial porque Mario Marín —al centro del escenario— parecía presidir el evento junto a un imperturbable Eduardo Rivera Pérez en lugar del representante oficial, Fernando Manzanilla Prieto.


Una interpretación errónea que se acentuó cuando Alcalá, equivocadamente, agradeció al “gobernador Mario Marín” su apoyo en el trienio. Únicamente olvidó pronunciar el prefijo ex, pero marcó un mundo de diferencia.


Cosas del destino: en su último día de protagonismo, cuando ya no hay nada que pelear, Blanca desenfundó sus pistolas y cobró viejos agravios. A Marín le espetó en el rostro que la voluntad de eternizarse en el poder les costó la derrota. A Eduardo Rivera Pérez casi le exigió cumplir sus promesas. A Beatriz Paredes le reclamó su ausencia, y quizá el bloqueo en las negociaciones para impedir que hiciera fórmula con Humberto Moreira. Los tiros ya no encontraron destinatario. Fue una batalla verbal a destiempo.


Si la nueva élite política abandonó a Alcalá, no lo hicieron así cientos de mujeres que encontraron varias oportunidades para rendirle aplauso y reconocer su trabajo. A diferencia de lo que le ocurrió al exmandatario, las porras fueron honestas, además de que pudo llenar el Centro de Convenciones sin ningún problema.


Por si fuera poco, al terminar su discurso y emocionar a los más de 3 mil asistentes, recibió la arremolinada felicitación de decenas de poblanas que buscaban agradecerle haber dejado en alto el nombre de las mujeres de la entidad.


Sí, es cierto, hubo oportunidades perdidas. Sí, es cierto, los trenes de la gubernatura y el Comité Ejecutivo Nacional no regresarán. Pero, a cambio, Alcalá mostró un gesto en el rostro que nos indica que la historia no se ha cerrado, y que por sus fueros volverá para aprovechar el capital construido en tres años. Como lo advirtió, desde la trinchera de su partido, buscando un escaño en el Senado, o desde la ciudadanía. Podrán haber terminado “las mil y una noches”, pero el sueño no ha muerto.

 

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Para sorpresa de propios y extraños, Rafael Moreno Valle desairó políticamente a Blanca Alcalá con su ausencia y envió como representante a Fernando Manzanilla. Un desaire que dolió más porque había confirmado su presencia desde días antes. Sin el gobernador, el adiós fue frío; sin la nueva clase política que domina Puebla.


A cambio, la clase política del pleistoceno se hizo presente en la figura de los exgobernadores, de Jiménez Morales a Mario Marín, quien recibió trato de mandatario constitucional y fue colocado justo enfrente del atril de la alcaldesa, junto a Eduardo Rivera Pérez, paciente, imaginando los seis días que lo separan del ejercicio a la ciudad.


Tampoco hubo figura del PRI nacional ni representante de Enrique Peña Nieto o asomo de fortaleza del centro del país. Tampoco de las consultoras como Rosario Robles o las directivas de sostén, que a lo largo del trienio sangraron al erario capitalino, pero que al final corrieron con las bolsas de dinero.


En el final, permanecieron los más leales, el núcleo más cercano: Gabriela García, Javier Ramírez Carranza, Víctor Giorgana, Edgar Chumacero, Fernanda Díez-Torres, Salvador Sánchez. Juntos llegaron y juntos se fueron en una aventura que duró tres años.


Tras un largo, larguísimo discurso en el que resaltó su intención de construir ciudadanía antes que obras de relumbrón, los más de 3 mil invitados vieron la luz al iniciar el mensaje político. Tras soltar un ideario difuso y cantar en primera persona el cumplimiento de las expectativas ciudadanas, a Alcalá se le quebró la voz y derramó lágrimas reales de dolor por terminar la aventura de su vida, el puesto inimaginable, el escalón inmediato, el prestigio social.


Cerraba su discurso e iniciaba la despedida. La madre, emocionada en primera fila. La hija, todavía más. “No fallé”, repetía en su fuero interno y externo. Porras aisladas le dieron ánimos para terminar, para anunciar que se va pero no se va, porque seguirá luchando por espacios desde la trinchera del PRI, un guiño obvio al Senado, o desde los grupos ciudadanos.


Tras las palabras de rigor de Fernando Manzanilla, Alcalá se preparaba a abandonar el proscenio cuando literalmente fue levantada en hombros por varias decenas de mujeres que buscaban darle un beso, un abrazo, decirle que no les había fallado, que era un orgullo conocerla, que siempre la apoyarían.

 

Y con esa sonrisa en los labios, con la satisfacción del deber cumplido, abandonó el Centro de Convenciones. Me voy, pero regresaré, firmó la primera presidenta municipal en la historia de Puebla.

 



 
 

 

 
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