Tiempos de Nigromante


Arturo Rueda
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11/01/2011


Gobernabilidad a cambio de impunidad


El gobernador aliancista Gabino Cué, en su encrucijada de inicio de sexenio, eligió declararle la guerra a su antecesor Ulises Ruiz y anunciar una cacería de brujas capaz de aplacar los ánimos de justicia de una sociedad agraviada por los escándalos de violencia y corrupción. Apenas lleva mes y medio en el cargo, todavía no mete a nadie a la cárcel, pero ya ha perdido la gobernabilidad de Oaxaca. El priismo se ha unido alrededor de su exjefe, han dispuesto de varias organizaciones y poderes fácticos para desestabilizar a la administración, y no se ve para cuándo el ánimo rijoso de alguna de las partes ceda. Mientras Cué y Ruiz pelean sus agravios personales, Oaxaca pierde porque sigue sumida en un conflicto permanente. La promesa del cambio no llegó, y tampoco la del desarrollo: con los aliancistas o priistas, el estado se encuentra sometido en un círculo vicioso. A la luz de la experiencia de Cué, Rafael Moreno Valle ha tomado su propio curso de acción: y esa carta de navegación se llama gobernabilidad. Es decir, no alterará el statu quo del sistema político a menos que haya urgencia grave. En ese sentido, aprovechará las estructuras de control corporativo pero no las desmontará. Y, principalmente, nadie irá a la cárcel del marinismo. Ni siquiera Javier García Ramírez. La libertad tuvo un costo, y Mario Marín no tuvo empacho en pagarlo.


Por supuesto que una política de cacería de brujas le traería a Moreno Valle el aplauso fácil: la mayoría de los beneficiarios del marinismo inmediatamente se lanzarían en vivas y vítores por la determinación de acabar con la impunidad. Los mismos que ya muerden la mano de quien les dio de comer le erigirían al nuevo mandatario estatuas de bronce destacando su amor por la legalidad. Y tras el aplauso fácil, ¿qué? Los procesos judiciales que se enderezarían contra Mario Marín o cualquiera de sus principales funcionarios tardarían años en culminarse, y ya se sabe que los caminos de la justicia mexicana son fangosos y resbaladizos. ¿Y si después de años de trabajo, al final algún Tribunal Colegiado exonera a los implicados? ¿Cuál sería el grado de ridículo que debería admitir la administración morenovallista, su procurador de Justicia y el consejero jurídico? El costo de perseguir a los marinistas y después verlos caminar libres sería altísimo.


Por supuesto que la cacería de brujas tendría un costo que no sería reembolsable por el aplauso fácil: la pérdida de gobernabilidad, un escenario semejante al de Oaxaca. En la perspectivo de una amenaza latente, Mario Marín y sus incondicionales se hubieran preparado para una larga resistencia —¿y quién dice que no lo hicieron?—. Dinero, por supuesto, no les falta para pagar abogados y periodistas a modo. Tampoco organizaciones corporativas leales y grupos de choque. Ya en otras ocasiones hemos subrayado el expertise que tiene Marín en materia de cañerías, especialidad de la que carecen los morenovallistas. En pocas palabras, el Viejo Régimen tiene condiciones para presentar cara en la lucha, y posibilidades modestas de ganarla. Pero guerra, seguro.


El campo de batalla, por supuesto, era atractivo para los medios de comunicación: documentos, procesos judiciales, filtraciones, detenciones, patrullas, anuncios de persecución. La Ley y el Orden se quedaba chica. Pero me temo que los espíritus justicieros no serán aplacados, y los periodistas no relataremos la cacería al Viejo Régimen. El peso de la realidad terminó por imponerse, y nuestro gobernador, el que llega y el que se va, tiene un pacto de connivencia que casi casi llega a luna de miel. No en balde Moreno Valle ahora elogia a Marín y a Valentín Meneses por su “sensibilidad” en la transición. Ver para creer.


Marín compró su libertad y tranquilidad, así como la de sus incondicionales, como Javier García Ramírez y Alfredo Arango. Todos dispuestos a vivir la paz de los sepulcros. Antes, por supuesto, Moreno Valle exigió que la administración marinista asumiera algunas decisiones impopulares, puesto que ya nada le costaba una raya más al tigre. Las reformas legales-trajes a la medida para el procurador Carrancá y el próximo secretario de Salud, Jorge Aguilar Chedraui. La imposición de un neófito en materia de transparencia para la Comisión de Acceso a la Información Pública. La reforma para permitir los proyectos privatizadores de servicios públicos. Y, por supuesto, el aumento a la tarifa del transporte público. Ah, claro, y acceso absoluto a los sistemas de Finanzas y la conformación del Presupuesto.


A Marín tampoco le fue mal en la negociación: además de su salvoconducto, obtuvo paz para los últimos días de su gobierno. La aprobación a su cuenta pública sin escándalos, y la posibilidad de armar un gran acto de despedida en el Centro Expositor. Rendir su último Informe de gobierno en la privacidad. Y la tranquilidad de disfrutar todo el dinero que hizo en los últimos años.

 

Claro, Moreno Valle se guardó en la chistera la posibilidad de ejecutar una justicia selectiva: elegir a dos o tres marinistas de mediano nivel para cortarles la cabeza en un momento de crisis. Marinistas de segunda que no entraron en ningún paquete de negociación. Resuena el nombre de Antonio Hernández y Genis. Pero más que cualquier funcionario, un empresario periférico del Viejo Régimen. No, no piensen en Edgar Nava. Todo indica que el elegido es dueño de un equipo de fútbol, de un periódico, tiene buenas relaciones nacionales y también es propietario de un terreno codiciado, de los pocos buenos, en la reserva Atlixcáyotl. Su nombre es Ricardo Henaine. Y mañana le cuento por qué creen que es un blanco fácil.

 



 
 

 

 
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