Tiempos de Nigromante


Arturo Rueda
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12/10/2010


De la transición foxista a la morenovallista: el ajuste de cuentas con el antiguo régimen


Concluimos ayer el riesgo inminente que Rafael Moreno Valle corre por las altísimas expectativas que la sociedad ha puesto en él para cambiar a Puebla. En tal sentido, establecimos las semejanzas históricas y políticas que comparte con Vicente Fox Quesada y la mítica victoria del 2000, semejanzas que podrían alcanzar el mismo triste final que tuvo el presidente del cambio: denostado por la sociedad que un día depositó en él sus esperanzas, probablemente el mayor fracaso democrático de la historia nacional. El riesgo inminente para Moreno Valle es iniciar con un amplísimo respaldo social para terminar su sexenio hundido en el fracaso bajo el peso de la esperanza ciudadana que no pudo retribuir, por ello buscamos un recetario, una hoja de ruta para impedir que el gobernador electo cometa los errores que hicieron fracasar a Fox; un análisis comparativo del fracaso en la transición nacional para impedir el desastre en la transición poblana.


Pongamos sobre la mesa una primera hipótesis: el fracaso de la presidencia foxista es multifactorial, es decir, una suma de tendencias, de impactos casi imperceptibles para las encuestas o los medios de comunicación que terminaron convirtiéndose en una bola de nieve imparable. En otras palabras, se trata de una acumulación de fuerzas negativas en contra del régimen que en su momento no fueron leídas correctamente o de plano, pasadas por alto. No hay un solo factor o condición, y tampoco un punto de quiebre, se trata de un fenómeno complejo de construcción de la opinión pública, decepción social y desencanto ciudadano del que las elites permiten o dejan pasar con el propósito de acorralar al gobierno en turno y mantener sus privilegios e incluso, acrecentarlos bajo el lema de que en río revuelto, ganancia de pescadores.


Dentro de esos factores múltiples del fracaso foxista se encuentra una hipótesis primaria: la indecisión del presidente Fox y su equipo cercano de gobierno para liquidar las fuerzas motrices fundamentales del antiguo régimen tricolor. Uno de los ejes fundamentales de la campaña del cambio radicó en la crítica sin concesiones al régimen revolucionario, en especial los sexenios de De la Madrid, Salinas de Gortari y Ernesto Zedillo. Tepocatas, víboras prietas y demás calificativos provocaron el entusiasmo de una sociedad agraviada por las crisis económicas recurrentes desde 1976 y la pulverización de viejas conquistas sociales. En la memoria colectiva de los mexicanos flotaba en especial la durísima crisis de 1995-1996, que provocó que miles perdieran sus patrimonios y empresas, así como el rescate bancario del Fobaproa. La sociedad quería revancha y Fox se las prometió: el moderno marketing electoral, con spots en el que la sociedad corría libre y feliz la mañana del 3 de julio catalizó el descontento.


Sin embargo, tras la borrachera de la victoria, Fox se encontró en la encrucijada de enjuiciar los excesos del régimen priista o dar un borrón y cuenta nueva. Ambas opciones presentaban costos distintos. El encarcelamiento y/o persecución de prominentes priistas, incluidos quizá expresidentes, confirmaría el apoyo social al nuevo gobierno, pero tendría costos altísimos. Uno, un potencial conflicto social, pues la red de intereses corporativos construida por el PRI carecía de cabeza presidencial, pero no estaba destruida. Campesinos, sindicalistas, profesores y un sinfín de organizaciones adherentes al partidazo podrían haberse levantado en armas. Por si fuera poco, el gobierno federal panista tenía una oposición institucional real con la mitad de los gobernadores del país, y sólidas bancadas en el Congreso de la Unión; en otras palabras, la derrota presidencial del PRI no significó un decreto de muerte para el partido político y su amplia acumulación de intereses.


Los contrafácticos no están permitidos en el análisis histórico, así que no podemos suponer qué hubiera ocurrido si Fox hubiese decidido lanzarse a ajustar cuentas con el pasado. Quizá de momento hubiera tenido un incremento de apoyo, pero el conflicto social a la larga habría terminado por fastidiar a la sociedad. Quizá en el momento correcto un mensaje contra la impunidad habría modificado los valores y la cultura política nacional, pero todas son suposiciones. El único hecho es que Fox abandonó su idea de ajustar cuentas con el pasado priista y se resignó a tratar de cogobernar con su oposición priista. Los mismos que un día prometió lapidar en la plaza pública.


Moreno Valle se enfrenta a la misma disyuntiva histórica de Fox: ajustarle cuentas al pasado marinista, tal como le prometió a la sociedad en campaña al subrayar la corrupción e ineficiencia del régimen, o abandonar el pleito de antemano con base a su conocido pragmatismo e incluso pactos secretos de impunidad. De alguna forma le ocurre lo mismo que al guanajuatense: debe su triunfo a una sociedad vindicante, que clama revancha contra los excesos de un régimen autoritario y patrimonialista. Prácticamente es la misma disyuntiva: llevar a los tribunales al ya exgobernador Marín y algunos de sus funcionarios principales desatará un alto conflicto social, pues el régimen tiene recursos para defenderse y además conoce perfectamente el movimiento de las cañerías.


A diferencia de Fox, Moreno Valle tiene una ventaja: de momento su oposición tricolor se encuentra fragmentada y no presenta un frente único. En la medida en que Moreno Valle no tenga un PRI fortalecido, más margen de acción tendrá. Sus opciones para mantener debilitado al PRI son muchas: desde impulsar a la corriente desprestigiada del PRI encarnada en Zavala, Lastiri o cualquier personaje semejante para disminuir la fortaleza, o impulsar a la facción crítica de Enrique Doger. Institucionalmente no tiene problemas, pues en el Congreso local el PRI no alcanza mayoría, los ayuntamientos que gobernará el tricolor no representan un peso específico, el control del dinero se encuentra centralizado en la Secretaría de Finanzas y, por lo que se ve hasta el momento, no llegarán las reformas que consoliden una transición democrática.


Ajustar cuentas con el pasado o pasar la página es la primera gran disyuntiva. Como subrayamos, cada una tiene sus costos y beneficios. La persecución a algunos marinistas distinguidos, como en el caso de García Ramírez, casi es un clamor: los réditos se antojan fáciles, pero el PRI ha demostrado una altísima capacidad de supervivencia. Y si tras la persecución ninguno cae tras las rejas o hay una incapacidad para probar la corrupción o el daño patrimonial, todo se tornará en ridículo para el gobierno del cambio. Mañana continuamos.

 



 
 

 

 
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