Tiempos de Nigromante


Arturo Rueda
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13/12/2012


El Leviathán dejó de ser el payaso de las cachetadas


La primera quincena del regreso tricolor a Los Pinos es una obra de relojería política con máquina suiza: precisa, eficaz, sin aspavientos pero rocosa. Las pobres expectativas que una mayoría de mexicanos tenían en Peña Nieto se han transformado en optimismo. El presidente apostó su capital político en una dirección inesperada, la reforma educativa, tomando por sorpresa a los grupos de interés alrededor del tema. El impulso de las tres principales fuerzas políticas nació del hecho de sentar a la mesa a las dirigencias del PAN y del PRD le dio legitimidad y movilidad al sistema político. Elba Esther Gordillo no tuvo más remedio que apechugar el “quinazo del siglo XXI” y aunque sigue siendo una rival de peligro, luce empequeñecida, chiquita, mientras el exmandatario mexiquense engrandeció su tamaño político con 15 días en el poder.


Dame un punto de apoyo, dijo Arquímedes, y moveré al mundo. El primer éxito de Peña Nieto fue el nombramiento del gabinete, sin experimentos ni ingenuos. Puro político en el mejor sentido de la palabra, forjados en el parlamento pero también en la experiencia de la administración pública. Exgobernadores, engendros del salinismo y mexiquenses: ninguna sorpresa, todos con camino recorrido por décadas en el primer nivel del sistema político. El gabinete, pues, sigue siendo el punto de apoyo de un presidente: no caben ni los inexpertos ni los ingenuos como hicieron los panistas.


El gabinete peñanietista fue un giro copernicano respecto de lo ocurrido en los tres anteriores sexenios: el privilegio de la política por sobre la técnica. Todo mundo veía a Luis Videgaray como el eje  de la administración pública desde Hacienda. Pero no: Osorio Chong fue nombrado el jefe de gabinete con control de la policía incluida. Los criterios técnicos supeditados a los políticos.


Con esa lógica fue entendida la designación de Emilio Chuayffet en la SEP, una declaración de intenciones en contra de Elba Esther entendida desde el principio. Si el objetivo de la nueva administración es recuperar la rectoría del Estado en varias materias abandonadas por el panismo, la política es el único camino. El conocimiento de que el monopolio legítimo de la coacción estatal es lo único que impide la supremacía de los intereses particulares y de las oligarquías. Un ingenuo hubiera nombrado a un secretario con perfil técnico para resolver el problema de la calidad educativa. Pero el nudo de la SEP y el SNTE no son criterios técnicos, sino la perversa relación instaurada entre patrones y empleados, unificados bajo el manto protector de Elba Esther Gordillo.


Algunos grupos esperaban entrampar a Peña Nieto con la continuación de la guerra contra el narco como primera decisión sexenal, la permanencia del Ejército en las calles, la continuación de las matanzas o hasta la privatización de Pemex. El Presidente esquivó la polémica y tomó el guante del único tema que prácticamente genera consenso absoluto: el deplorable estado de la educación en México. Prácticamente porque los únicos que no están de acuerdo son Elba Esther, el SNTE y su hermano chiquito, la CNTE. ¿Con qué discurso podrían oponerse esos grupos de interés?


Hay algo de diseño genial en el Pacto por México: Peña Nieto atrajo por igual al PAN y al PRD para no ser prisionero de ninguno. Me explico: la radicalización permanente de la izquierda y su rechazo absoluto a la negociación hizo que el PRI encontrara a su aliado único en el PAN, y viceversa. Ahora el movimiento es pendular. El tricolor en algunas cosas puede ir junto al Sol Azteca; en otras junto al albiazul. En el caso extremo, incluso, PAN y PRD hacen binomio para impulsar planteamientos diferentes a los del PRI como en el caso de la ratificación a los mandos policiacos por el Senado de la República.


Peña Nieto no conoce de amiguismos sino de resultados: no inventó a nadie para dirigir al renovado partido en el poder. O quizá sí: amigos pero con una trayectoria política extraordinaria como César Camacho Quiroz cuya única misión es ganar elecciones el próximo año. Nada de contemplaciones. La única política posible es la que deviene de la supremacía en las urnas. Sobre esa base se puede negociar todo, parece ser el mantra del Grupo Atlacomulco que no abandonará fácilmente el poder.

 

La antropología política del mexicano continúa fiel a sus rasgos: la llegada de un nuevo gobernante es un renacer, una puesta en marcha del calendario, origen de la esperanza y guía de un nuevo camino. El regreso del PRI al poder, por lo menos en esta quincena, es fulgurante por eficaz: en cuestión de días el Ogro Filantrópico, el Leviathán, dejó de ser el payaso de las cachetadas de los poderes fácticos y del narco. Se ganó nuevamente el respeto. Y el temor. Y ya se sabe que es bueno ser querido, pero es mejor ser temido.

 

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