Tiempos de Nigromante


Arturo Rueda
@Nigromanterueda
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16/12/2011


Cuatro viñetas acerca del poblano por obligación


Javier Lozano Alarcón se define como político a partir del servilismo con los de arriba y el bocabajeo con los de abajo. Desde los tiempos en que fungió como representante del gobierno de Melquiades Morales en el Distrito Federal, cultivó una relación con Rafael Moreno Valle fundada en el elogio abyecto sin ruborizarse. En el plano personal lo define una relación de desprecio a Puebla en la que pasó una infancia miserable y en el odia a la familia que —dice— lo humilló. En el plano ideológico carece de orientación definida: lo mismo arrancó su carrera en el tricolor en el sexenio zedillista y luego, con la mano en la cintura, traicionó a su partido para acompañar a su compañero de banca en la Libre de Derecho, Felipe Calderón, en su lucha por llegar a Los Pinos. En resumen: Lozano Alarcón no tiene ni barca ni puerto. Todo vale conforme a su interés coyuntural. En esencia, se trata de un oportunista que regresa a la Puebla que aborrece para usar a los poblanos como trampolín para continuar su carrera política en horas bajas. Cuatro viñetas dibujan su personalidad.


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En la carrera política de Javier Lozano Alarcón no caben las derrotas. Y tampoco lo que considera “chambitas” vergonzantes, específicamente las relacionadas con Puebla. Tras una carrera meteórica en el sexenio zedillista en el que alcanzó una subsecretaría de Gobernación, regresó a la Puebla que había repudiado desde su adolescencia por conflictos con su familia paterna. Melquiades Morales le dio todo su apoyo para ganar el distrito 11 en la compleja elección federal del 2000. Seco como candidato y odioso como persona, perdió estrepitosamente y quedó en la orfandad luego de que el PRI perdiera la Presidencia tras 70 años en el poder.


En esa época conoció a Rafael Moreno Valle por intermediación del brillante Luis Banck, en el momento subsecretario de Sedeso y luego secretario técnico del gobernador. Juntos convencieron a Melquiades de aprovechar el talento de Lozano Alarcón así como sus buenas relaciones en el ámbito nacional. Fue designado representante de Puebla en el DF y desde ahí mantuvo su alto nivel de vida propio de un sibarita y melómano como él. No se sabe de ninguna gestión trascendente que haya encabezado. Pero la representación del estado le avergüenza. En el currículo oficial que hasta hace unas horas se encontraba en el portal de la Secretaría del Trabajo no constaban sus actividades burocráticas para el gobierno local. Y tampoco su estrepitosa derrota en el distrito 11. Lozano nunca pierde. Y cuando pierde, arrebata. Primer acto de oportunismo.


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Rafael Moreno Valle perdió la candidatura del PRI a Casa Puebla en 2003 y con ello los nubarrones del desempleo asomaron a la vida de Lozano Alarcón. Ni tardo ni perezoso se puso a las órdenes de Mario Marín y se dejó pisotear con la esperanza de que le mantuviera la representación de Puebla en el DF. Pero el “góber precioso” tenía su propio estilo de hacer las cosas. Luego de asumir la gubernatura el 1 de febrero de 2004 mantuvo unos meses en la nómina al abogado egresado de la Libre de Derecho que no encontraba espacios laborales por ningún lado. La desesperación del desempleo lo hacía ver a Marín como un titán y probó a promoverlo en algunos círculos como un posible candidato presidencial en 2012. Cansado de su zalamería, un buen día Marín lo despidió y le quitó la representación de Puebla.


En el aciago 2006, Lozano Alarcón se cuidó de no hacer ninguna declaración en contra del gobernador poblano que por unos meses le había matado el hambre. Ni por bajo ni por alto se escuchó un repruebo por parte del secretario de Trabajo tras la violación de sus derechos fundamentales a la periodista Lydia Cacho. El agradecimiento no terminó ahí: a lo largo de cuatro años que convivieron como mandatario estatal y secretario federal no hubo reclamos a la política laboral del marinismo.


Hoy, como aspirante al Senado, dice que dedicará su campaña a denunciar las trapacerías de Mario Marín. Segundo acto de oportunismo. Y el columnista subraya: ¡Qué poca madre!


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El misterio rodea la infancia y adolescencia de Javier Lozano Alarcón en Puebla. Se sabe que fue un estudiante dotado en el Instituto Alejandría pero sus compañeros generacionales lo califican de odioso. Las principales dudas surgen acerca de la relación con su familia paterna y sus medios hermanos a los que de plano desconoce e insulta cada vez que puede. Doble contra sencillo que no tendrá ninguna pariente que lo acompañe en su campaña y por tanto no podría presumir de oriundez. Y es que en el fondo el abogado odia a Puebla y los poblanos. Pero tuvo la desgracia de nacer aquí. Tercer acto de oportunismo. Ni amigos, ni amores ni familia lo ligan a la entidad. Solamente su ambición de poder y un acta de nacimiento.


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Durante sus casi cinco años como miembro del gabinete federal, Javier Lozano Alarcón sólo vino a Puebla lo estrictamente necesario. Su presencia se intensificó luego de la victoria de Moreno Valle, cuando el hueso de la Secretaría del Trabajo se empezó a descalcificar. Cada evento al lado de gobernador poblano es un acto supremo de barbería. A Moreno Valle le divierte que un personaje tan dotado intelectualmente como Lozano tenga tan poca dignidad. Eso sí, le reconoce eficiencia y carácter político por lo que lo ve como un buen mozo, operador de sus intereses nacionales desde el Senado.


Lozano sabe que no tiene otro futuro posible ni plausible. Su esperanza de ocupar Gobernación tras la muerte de Blake fue estéril, porque el presidente Calderón quería un hombre absolutamente leal en el cargo y no a un Judas que se vende por tres monedas. El poblano por obligación deja el ministerio del Trabajo con una gran cantidad de saldos. Y se dice que el Sindicato Mexicano de Electricistas lo espera con gusto en la Sierra Norte para ver si tiene los pantalones suficientes para hacer campaña allá. El riesgo de lapidación es real. Cuarto acto de oportunismo.


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Lozano Alarcón camina como oportunista, sabe a oportunista y huele a oportunista. Ojalá los panistas poblanos tengan la dignidad suficiente para enviarlo a la segunda fórmula y privilegiar a un cuadro local como Augusta Sánchez Díaz de Rivera. Entonces veremos si es cierto que puede aportarle tanto a los poblanos.

 



 
 

 

 
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