Tiempos de Nigromante


Arturo Rueda
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18/01/2011


La megacoalición se quebró en pedacitos. ¿Quién es el culpable?


Así, pues, resulta que no sirvieron de nada los 6 meses y 15 días que duró el periodo de transición y en los que operó una pomposa comisión encabezada por el todopoderoso Fernando Manzanila. Tiempo malgastado en el que supuestamente se diseñó el mejor gobierno de la historia de Puebla, pero que en realidad fue la administración del ocio. Y es que tras esos casi 200 días, Compromiso por Puebla se encuentra en la misma posición en la que se encontraba tras la victoria: sin definir el mecanismo adecuado para asegurar una mayoría estable en el Congreso local que le dé gobernabilidad al proyecto morenovallista. De hecho, se encuentran peor: en lugar de tener 21 diputados, ya sólo tienen 20. Es decir, perdieron su número mágico de 1 gracias a un descuido imperdonable en la conducción de su propia bancada. Y se avecinan más riesgos. El perredista Eric Cotoñete también ya duda de incorporarse como panista, por lo que se quedarían con 19. Y desde el cuartel general del PRI presumen, quizá blofean, que ya han cooptado a un miembro de la coalición, y que este ejecutará su traición horas antes de votar la integración de la Gran Comisión, con lo que únicamente les quedarían 18 diputados. En cuestión de horas la matemática habría invertido el escenario y el PRI se encontraría en posición de asaltar el órgano de gobierno. Total, una crisis política mayúscula. ¿Quién es el culpable?


Si la mayoría precaria de 21 diputados era altamente inestable, con la reducción a 20 ahora quedan sujetos a la política del chantaje. Ahora, además de mantener unidos a esos 20 con los agravios a cuestas de las acusaciones cruzadas entre Aréchiga, Riestra, Juan Carlos Espina, Von Raesfeld y Juan Carlos Mondragón, Moreno Valle deberá andar a la subasta de otro votito tratándose de reformas simples, y entrar a la negociación directa con el PRI para las reformas constitucionales. Y, por supuesto, nunca podrá dormirse tranquilo con que un chivo en cristalería como Héctor Alonso protagonice otro de sus acostumbrados vodeviles.


El escenario fatalista del futuro, sin embargo, no soluciona el presente. ¿Cómo es que Compromiso por Puebla estalló por los aires en la sesión inaugural del Congreso? ¿Por qué no pudieron llegar unidos ni siquiera a la toma de protesta? ¿Cómo se apropiarán de la Gran Comisión con 20 diputados? ¿Seguirán pensando en recurrir a la ficción de que se declaren panistas todos ellos? ¿En casi 200 días no se pudo pensar en escenarios jurídicos alternativos? ¿Y qué pasará con todos los acuerdos que ya se habían firmado?


Por pura lógica, parece inviable la llegada de Guillermo Aréchiga a la Gran Comisión tras el rifirrafe del sábado y el intercambio de insultos con Acción Nacional vía Twitter y entrevistas de radio. “Indisciplinados”, calificó Juan Carlos Mondragón a los panalistas, y llamó berrinchudo a José Juan Espinosa. La misma tónica que utilizaron Juan Carlos Espina y Rafael Von Raesfeld. ¿Podrá aguantar el Profe la andanada mediática y partidista para sostenerse sin autoridad y consensos en el órgano de gobierno? Las cosas ya lucen muy forzadas. Pero la caída de Aréchiga arrastraría otros acuerdos como Gobernación y la Inspectora para el PAN, y Presupuesto para el PRD. En pocas palabras, el Congreso es un caos en vísperas de la toma de protesta y el arribo de las iniciativas de reforma administrativa y político-electoral.


Y pensar que todo se debe a un error básico de conducción política. Se equivoca quien piense que la renuncia de José Juan Espinosa es un arrebato protagónico. Su deserción cuenta con el apoyo de la dirigencia nacional —Luis Walton— y moral —Dante Delgado— de Convergencia. El conflicto directo es con Moreno Valle. Así queda evidenciada otra ruptura: Luis Maldonado Venegas no es un representante del partido naranja, sino un amigo del gobernador Moreno Valle.


Si todo es un error de conducción política, el culpable de la falta de operación debe encontrarse en el poderosísimo secretario general de Gobierno llamado Fernando Manzanilla, quien descuidó la relación con el poder Legislativo, una de sus tareas fundamentales. En lugar de supervisar personalmente a los 21 integrantes de Compromiso por Puebla, únicamente tiró línea a Aréchiga. Su error fue no tomar en cuenta el factor humano —como lo denominaría John Carlin—: el protagonismo natural de Héctor Alonso; el resentimiento de José Juan Espinosa por ser desplazado de la Gran Comisión; y el liderazgo sin solidez de Guillermo Aréchiga, que pretendía encabezar a 41 diputados con apenas cuatro legisladores. Y uno ni lo peló.

 

Ahora, a juntar los pedazos de Compromiso por Puebla. Pero la taza que se rompe, pese al resanado, nunca vuelve a quedar igual.

 



 
 

 

 
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