Tiempos de Nigromante


Arturo Rueda
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18/11/2010


La Revolución Huérfana (de PRI)


Don Jesús Reyes Heroles volvería a su tumba arrastrándose de ira al ver cómo los priístas desairaron a la Revolución, el heterogéneo movimiento armado, político y social que dio origen al PRI. El veracruzano del gran poder, síntesis de teoría y praxis política, encadenó los grandes movimientos sociales de la Historia de Bronce, conectando en una misma genealogía a los aztecas, los insurgentes independentistas, los liberales de la Reforma y los revolucionarios de inicios del siglo XX para cristalizarlo en un partido político sin ideología y contradictorio —que es la vez revolucionario e institucional—, pero eficaz en la conducción del poder. Hace 50 años, en pleno triunfo del régimen revolucionario, se escribieron libros y se inauguraron grandes monumentos. Hoy, en los días de Peña Nieto, Beatriz Paredes y Manlio Fabio Beltrones, personajes escasos de ideología y sobrados de ambiciones, el PRI abandonó de plano el movimiento que le dio origen. Por omisión, le hicieron el juego a Felipe Calderón y al gobierno panista, quienes a propósito concentraron sus fuerzas en el Bicentenario, dejando al Centenario como un plato de segunda mesa.


Se entiende perfectamente el desprecio del PAN al Centenario de la Revolución si entendemos al partido en el poder como una organización que nació precisamente para combatir los logros sociales del movimiento armado, en especial los alcanzados por Lázaro Cárdenas. Calderón concentró los gastos y festividades en el Bicentenario, precisamente para dejar en la orfandad a los revolucionarios. Pocas, muy pocas son las actividades programadas por el Gobierno federal entre el 18 y el 20 de noviembre y, por supuesto, Puebla no se encuentra entre ellas, al grado de que es altamente probable que Chihuahua sea designada oficialmente como “Cuna de la Revolución” por el Congreso de la Unión gracias al cabildeo conjunto de Beatriz Paredes, Gustavo Madero y el gobernador de la entidad, César Duarte.


Si el Gobierno federal abandonó los festejos del Centenario, tocaba recoger el testigo al PRI, especialmente a las entidades federativas que gobierna y a su dirigencia nacional. Era la oportunidad perfecta para realizar un ejercicio de las metas cumplidas cien años después, y también de las incumplidas. Un ejercicio reorientador cuando se avecina la batalla electoral del 2012 y el muy cercano regreso a Los Pinos. Pero, por supuesto, en la era de la videopolítica la cabeza engominada de Enrique Peña Nieto no puede producir reflexiones ideológicas o históricas, sino simplemente recitar los guiones elaborados en Televisa. De hecho, es posible que el gobernador mexiquense jamás haya leído un libro completo. Tampoco podría esperarse un mensaje de gran calado de Manlio Fabio Beltrones, concentrado en sus intrigas palaciegas; ni de Beatriz Paredes, a punto de entregar el Comité Nacional, pero que no pierde tiempo en maquinar su supervivencia política.


Uno pensaría que el PRI realizaría un gran encuentro con sus gobernadores y el CEN para el 20 de noviembre. Que editarían un libro o DVD con sus sesudas reflexiones sobre Carranza, Elías Calles, Obregón, Cárdenas. Que lanzarían un pronunciamiento de impacto nacional sobre el desastre nacional durante los gobiernos panistas, y un mea culpa sobre los excesos de la era tecnocrática. Pero la desmemoria histórica es la prueba de que el PRI sigue siendo un cuerpo vacío y que sus átomos sólo están amalgamados por la ambición del poder por el poder.


En el fracaso del Centenario no se quedan atrás los priístas poblanos. A medio caballo entre la depresión de la derrota y la entrega riesgosa a la oposición, seguro que a Mario Marín no le quedan ganas de festejar a los sonorenses, a Villa o a Zapata. La Comisión encabezada por Guillermo Jiménez Morales hizo lo que pudo con los pobres recursos que le otorgaron y la poca atención que le pusieron, centrados en el desastre electoral. Blanca Alcalá, con su arrastre mediático, programó pequeñas inauguraciones. Y quizá el nuevo dirigente piense empatar su designación oficial, el próximo 21 de noviembre, como el festejo del Centenario. Un festejo que no pasará de verbena.


Pero yo, si fuera un priísta de a pie, de esos que se llaman de base, no iría ni loco a atestiguar el nombramiento de Lastiri. Y es que el testigo de honor, Beatriz Paredes, es una figura oprobiosa. ¿Por qué? Porque se trata de la cómplice silenciosa de la derrota. Culpable por omisión porque toleró todos los excesos de Mario Marín y la errónea designación de Javier López Zavala, un aspirante que no garantizaba el triunfo. En su papel de dirigente nacional debió impedir las locuras del marinismo y, en lugar de hacerlo, las fomentó por el odio tlaxcalteca que siente hacia la entidad y los poblanos. A unos meses de abandonar el CEN, Paredes cumplió su doble cometido: devolvió Tlaxcala al PRI y entregó Puebla al PAN.

 

Lo dicho: Reyes Heroles, don Jesús del Gran Poder, se volvería a morir con los priístas de hoy.

 



 
 

 

 
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