Tiempos de Nigromante


Arturo Rueda
@Nigromanterueda
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20/07/2012


López Obrador: El Caballero Amarillo Desciende


Segundas partes nunca fueron buenas, salvo raras excepciones como El imperio contraataca, El padrino II y Batman: el caballero de la noche.


El remake de “al diablo con las instituciones”, dirigido nuevamente por Andrés Manuel López Obrador, no luce más interesante que la versión original de 2006.


El arco narrativo de aquel entonces fue muchísimo más interesante que el de 2012.


En aquella perdió por apenas 250 mil votos, un miserable .56 por ciento.


Ahora por más de 3 millones de votos y una diferencia de casi siete puntos.


En ese entonces, el argumento de la historia fue un esotérico fraude electoral que pasó de los funcionarios de casilla a los algoritmos cibernéticos.


La pobre argumentación de hoy refiere compra sistemática de votos, encuestadores vendidos y medios de comunicación parciales.


En 2006 la demanda fue de voto por voto para abrir todas las casillas.


En 2012 la apertura de casillas está contemplada como un recurso legal desde el cómputo, y a la alianza de izquierdas le resultó pésimo porque hasta votos perdieron.


En su primer filme había un clímax inevitable: impedir la toma de protesta en el Congreso de la Unión, y la batalla en el Pleno dejó escenas inolvidables como el lanzamiento de coca-colas de Violeta Lagunes.


Enrique Peña Nieto, gracias a una reciente reforma constitucional, puede tomar protesta hasta en el baño de su casa, siempre que sea en presencia del presidente de la Corte o la Comisión Permanente.


El López Obrador de 2006 tenía argumentos poderosos como la lluvia de spots que inundaron el país con la leyenda que lo hizo “un peligro para México”, pagados por empresarios cercanos al régimen panista.


El López Obrador de 2012 carece ahora de eso, porque gracias a otra reforma constitucional, existe una prohibición expresa para que particulares u organizaciones puedan comprar espacios en radio y televisión.


En la primera parte el enemigo tenía sentido: se trataba del fraude perpetrado por la derecha para que la derecha siguiera en el poder.


El remake tiene pobre argumento porque el partido en el poder se fue al tercer lugar y el ganador Peña Nieto carece del aparato de Estado.


La trama no se aviva con los actores.


El AMLO de la primera parte era un luchador social en defensa de la democracia. El de la segunda es un emberrinchado, mal perdedor que obtuvo más votos que hace seis años, pero no fue suficiente para llegar a Los Pinos.


Los personajes secundarios continúan siendo la misma corte de los milagros: tullidos, ciegos, deformes. Aristegui, Proceso, La Jornada, Ortiz Pinchetti.


El casting de última hora es vergonzoso con Manuel Bartlett como extra.


Del lado ganador, los personajes son anticlimáticos: Peña Nieto, Videgaray y Pedro Joaquín Coldwell no convencen como ganadores todavía.


Por último: en 2006 el reclamo específico fue la anulación de la elección presidencial con agravios concretos.


En 2012 solamente hay una petición genérica de “invalidez” de los comicios por razones igual de genéricas: compra de votos, de encuestadores y medios. Inequidad, le llaman.


Entonces, ¿qué carajos de película nos vende Andrés Manuel López Obrador con su protesta poselectoral?


Pésimo guión. Malas actuaciones. Dirección extraviada. Iluminación de videohome.


En resumen: el bodrio del año.


Yo paso.


Mejor me espero a ver Batman: The dark knight rises.


Un ejemplo raro de que las terceras partes sí pueden ser buenas.


Ojalá no se le ocurra a López Obrador, porque si no en 2018 nos tendremos que chutar otra vez el numerito.

 

Felices vacaciones.

 

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