Tiempos de Nigromante


Arturo Rueda
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21/10/2011


Anatere en el Hospital del Odio


La falta de vocación de poder en el PAN ha puesto al partido en el abismo de cara al 2012. Alguna voz autorizada en el siglo pasado afirmó que la democracia en manos de pendejos es igual a suicidio. En búsqueda de sus 15 minutos de fama, Ana Teresa Aranda decidió dispararse en el pie al denunciar supuestas amenazas de Rafael Moreno Valle y su entorno gubernamental contra su integridad. A la declaración deschavetada le siguió la faramalla institucional cuando presentó una denuncia genérica en la PGJ. La respuesta tardó poco en llegar desde su único resguardo: Ernesto Cordero, vía boletín, se deslindó de la extitular de Desarrollo Social y censuró su comportamiento en contra del gobernador poblano. En los hechos, se encuentra fuera del equipo del delfín presidencial pese a que el extitular de Hacienda le había dado trato de privilegio. Pero gobernador mata trastornada: antes que pelearse a muerte con Moreno Valle, prefirió sacarle tarjeta roja a Aranda. Una derrota más a su amplio currículo de batallas fallidas.


Entre Ana Teresa Aranda y Rafael Moreno Valle las cosas podrían ser diferentes si “La Doña” dejara atrás el agravio de perder la contienda interna por la gubernatura en 2010. Quizá formaría parte del gabinete estatal. Sin duda tendría vía libre para aspirar a una candidatura. En vez de ello, digna habitante del Hospital del Odio, decidió embestir una y otra vez al gobernador poblano. Hoy tiene los caminos cerrados gracias a su resentimiento no superado. Su aspiración de una senaduría se encuentra prácticamente bloqueada, al igual que una diputación federal por Puebla. Ernesto Cordero ya le dio un coscorrón y prácticamente la corrió del equipo de campaña. ¿Y ahora? El regreso triste a su organización fantasma.


La intransigencia de Aranda y su batalla estéril contra el gobierno poblano es la muestra microscópica de la incapacidad del PAN para asentarse como partido en el poder. La determinación del CEN para controlar la designación de candidatos a diputados federales y senadores y abrir la contienda interna presidencial es una gran incongruencia de Gustavo Madero. Si la afiliación masiva en varias entidades —como Puebla— los lleva a desconfiar de los cacicazgos regionales, ¿por qué sí se autorizó la interna presidencial? La incongruencia ya fue denunciada por Josefina Vázquez Mota, puntera en las encuestas pero que desconfía de una celada burocrática. La brecha al interior de Acción Nacional se ensancha.


La información ofrecida por el CEN indica que el padrón electoral alcanza el millón 800 mil militantes, de los que apenas 300 mil son activos y el resto adherentes. No veo el conflicto: es evidente que como partido en el poder federal y varias entidades la militancia creció con la finalidad de obtener cargos públicos. No es lo mismo la brega eterna que el disfrute presupuestal. ¿A qué le temen? ¿A un conflicto interno de grandes proporciones? De todos modos está servido.


Retrasado en las preferencias electorales ante el PRI y Peña Nieto, al PAN le urge un candidato sólido. Pero las señales contradictorias del Presidente Calderón promueven el disenso interno entre Josefina Vázquez Mota y Ernesto Cordero, a quien se señala de delfín pero apenas le crecen las aletas. Su lamentable entrevista con el futbolista Cuauhtémoc Blanco hizo dudar a la militancia. Pero el poder de la estructura, la burocracia y el dinero público es demasiado. ¿Qué ocurrirá en Acción Nacional si se impone la línea dura?


Lo único claro es que gane quien gane la interna, su jefe de campaña será Felipe Calderón como lo demostró al embestir al PRI desde Estados Unidos. Entre lo que sí dijo y no dijo al New York Times los trajo de un lado al otro toda la semana dominando la agenda mediática.

 

Ana Teresa Aranda debería formar parte del equipo en el poder poblano. El Presidente haría bien en aclarar su juego. Los panistas no tendrían que temerle al crecimiento de su padrón interno. Josefina Vázquez Mota y Ernesto Cordero no deberían ensanchar sus diferencias. Pero al PAN lo mata el mismo código genético que lo hizo sobrevivir en tiempos del PRI: una vocación de libertad incompatible con el deseo de retener el poder.

 



 
 

 

 
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