Tiempos de Nigromante


Arturo Rueda
@Nigromanterueda
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22/11/2011


Aréchiga: Gran Comisión, senaduría y ¿gubernatura?


En noviembre de 1999, siete meses antes de la elección presidencial, Francisco Labastida Ochoa arrancó la carrera presidencial con 23 puntos de ventaja sobre Vicente Fox. En noviembre de 2005, Roberto Madrazo Pintado contaba con alrededor de 10 puntos de ventaja sobre Andrés Manuel López Obrador, quien a su vez le sacaba otros 10 a cualquier aspirante de Acción Nacional. Ambos también disfrutaban del apoyo sin condiciones de los gobernadores y las organizaciones satelitales del tricolor. Pese a esas excelentes condiciones de salida, el sinaloense y el tabasqueño terminaron en el bote de la basura de la Historia. Enrique Peña Nieto arranca su andadura presidencial con la misma delantera que sus predecesores que no pudieron llegar a Los Pinos. El método comparativo en la política siempre es inexacto porque no operan las mismas coyunturas y lógicas sociales. Sin embargo, la tendencia permite extrapolar que la teoría de la resbaladilla en algún punto se quiebra para dar paso a una ruptura de los acuerdos internos que más tarde se reflejan en la contienda constitucional.

 

El punto de quiebre se acerca para Enrique Peña Nieto. Con su renuncia a participar en el proceso interno del partido, Manlio Fabio Beltrones le dio un tiro de gracia a la candidatura del exgobernador mexiquense al deslegitimar el agandalle propiciado por el círculo interno del Gel Boy y ratificado por Humberto Moreira en la convocatoria. Para el sonorense no tiene sentido participar sin condiciones de equidad puesto que lo van a masacrar y se convertirá en el payaso de las cachetadas. En vez de legitimar a Peña Nieto, Beltrones y sus fuerzas se retiran bajo el escudo de la unidad. Pero la amenaza de la ruptura ya no es implícita sino explícita.

 

Los priistas rara vez rompen con estallidos públicos, sino que operan soterradamente sus rencores. Con mucho o poco, Beltrones tenía oportunidades de competir. La convocatoria emitida por Moreira avaló el agandalle cuando permitió que gobernadores y estructuras manifestaran públicamente sus preferencias. El portazo a una fracción del priismo, grande o chica, con mucho o poco dinero, es una realidad.

 

El portazo de Moreira a una fracción del tricolor encabezada por Beltrones se agrava con la decisión de coaligarse con Elba Esther Gordillo y el Panal. Peña Nieto vive la primera crisis interna que deberá superar. El acuerdo agravia por todos lados y la lista de heridos parece interminable. Priistas de todo el país preparan revueltas en contra de la polémica determinación. En Jalisco, Sinaloa, Oaxaca y muchas entidades más se resiente el apoyo que el magisterio dio al PAN para que el PRI perdiera esas gubernaturas. Agraviados también son los grupos que en su momento apoyaron a Labastida y a Madrazo, pues ambos explican su derrota en la traición que sufrieron a manos de Elba Esther en 1999 y 2005. Preguntan, con justa razón, ¿por qué se va a privilegiar a quienes abandonaron el partido y les dieron una puñalada por la espalda? ¿Por qué a quien entre el 2006 y el 2011 apoyó que su oposición ganara muchas gubernaturas?

 

Después de la sorpresa inicial, los tricolores de Puebla ya no quieren tragar camote y quedarse callados ante el atropello. El destinatario de la revuelta que sigilosamente preparan Zavala, Armenta, Doger y Blanca no es otro que Guillermo Aréchiga. Ellos interpretan que las menciones a favor de Agüera en realidad representan un señuelo, y que el verdadero beneficiario del acuerdo de coalición es el presidente de la Gran Comisión. De esta forma, no hay muchas combinaciones. Aréchiga-Blanca, Aréchiga-Zavala y Aréchiga-Doger. Cualquiera de ellas es riesgosa, afirman, porque el Profe no tiene posicionamiento electoral ni estructura más allá de la magisterial. El cariño de Elba Esther Gordillo y del gobernador Moreno Valle no parece suficiente para ablandarlos.

 

La lancha senatorial del PRI se hizo chiquita. En donde cabían dos ahora sólo uno tendrá lugar porque el otro asiento es para Aréchiga. Pero entre los priistas hay un temor más profundo que se niegan a hacer público. De acuerdo al sistema electoral, es evidente que los tres senadores por Puebla prácticamente tienen asegurado su boleto a la batalla final por la gubernatura. Claro que siempre hay excepciones de estulticia como las de Humberto Aguilar Coronado. Pero en condiciones normales, por exposición y relaciones un senador siempre será un precandidato a la gubernatura.

 

El miedo de los priistas es claro: si Aréchiga se cuela al Senado inmediatamente debe ser considerado como un finalista en la lucha por Casa Puebla. Un candidato perfecto para la minigubernatura. ¿Es el primer tapado de Rafael Moreno Valle? Las apuestas corren.

 



 
 

 

 
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