Tiempos de Nigromante


Arturo Rueda
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22/11/2012


Videgaray y Osorio Chong ya rivalizan por el 2018


Defecto intrínseco de la visión política mexicana es el futurismo, y el diseño del gabinete presidencial siempre se encuentra atrapado por esa lógica. Exactamente en una semana Peña Nieto dará a conocer la lista de los hombres y mujeres que lo acompañarán en la tarea de devolverle al poder público la eficacia perdida en los dos sexenios panistas. Pero inevitablemente ahí también aparecerán los nombres de aquéllos que ya corren en la pista del 2018, en la que inevitablemente Luis Videgaray y Miguel Osorio Chong cuentan con boletos de privilegio al ocupar lo que serán las supersecretarías de Hacienda y Gobernación. Ambos lucharán en los próximos siete días palmo a palmo por impulsar a sus leales en las posiciones más importantes, y toca a Peña Nieto repartir el pastel inmenso del gobierno federal pero que a la mera hora siempre es escaso. Los minutos cuentan, y personajes suben y bajan a velocidad crucero.


La conformación del gabinete junto con el discurso de toma de protesta constituyen basamentos de la simbología del poder presidencial. El desgaste de Vicente Fox arrancó el mismo momento en el que tomaron protesta en el Congreso. El guanajuatense quiso mostrarse innovador saludando en primer lugar a sus hijos y rebajando la soberanía y solemnidad del Congreso federal. Calderón entró a San Lázaro por la puerta de atrás y apenas tuvo tiempo de jurar la Constitución mientras una batalla campal se libraba en el pleno.


Tampoco les fue mejor en la conformación de su gabinete. Fox prometió un gabinetazo gracias al reclutamiento a través de head hunters con tácticas empresariales. La mayoría de ellos nunca entendieron la lógica de la cosa pública y terminaron abandonando el gobierno al culminar el primer tramo del sexenio. Calderón recurrió a una lógica estrictamente amiguista pues entregó la administración pública a los incondicionales que lo habían ayudado a ganar la candidatura presidencial del PAN. Nadie duda que sin el destino trágico que lo acompañó, Juan Camilo Mouriño se hubiera convertido en su sucesor.


Vicente Fox y Felipe Calderón no pudieron escapar de la simbología con la que el PRI había fortalecido el poder presidencial. Los dos tuvieron delfines fallidos que nacieron en el gabinete. Santiago Creel fue secretario de Gobernación cinco años pero no pudo ganar la candidatura del PAN, al igual que tampoco lo hizo Ernesto Cordero que desfiló por Desarrollo Social y Hacienda sin generar una base partidista. Al final, de todos modos, dos malqueridos que también pasaron por el gabinete se quedaron con la candidatura: el propio Calderón y Josefina Vázquez Mota.


La persistencia de los símbolos tricolores hacen inevitable pensar que en el gabinete de Enrique Peña Nieto brillarán las figuras del poder futuro y muy probablemente los proyectos de delfinazgo que duermen en Videgaray y Osorio Chong, aunque la historia nos muestra que el último presidente tricolor exitoso en su propia sucesión fue Miguel de la Madrid. El innombrable Salinas sufrió la ruptura del Grupo Compacto y después le mataron a Luis Donaldo Colosio. Ernesto Zedillo nunca tuvo mucho empeño en el delfinazgo porque su favorito, Esteban Moctezuma, fue descarrilado muy rápido.


No hay receta para armar un gabinete porque los accidentes físicos y políticos existen, y cada secretario debe tener un suplente dispuesto a aguantar en el banquillo. Las crisis políticas consumen el capital, y los todopoderosos Videgaray y Osorio Chong dejarán de serlo en cuanto empiecen a ejercer el poder y a construir sus propios proyectos.


El nuevo PRI, sin embargo, tendrá lógicas diferentes porque si bien la pretensión de Peña Nieto es restaurar la vieja figura del Jefe Máximo, habrá fuerzas regionales y políticas que resistan. Además del presidente, Osorio Chong y Videgaray, también pondrán sus canicas a jugar Manlio Fabio Beltrones y Emilio Gamboa, así como gobernadores como Aristóteles Sandoval y Eruviel Ávila. El viejo edificio tardará en restaurarse y la elite de poder monolítica al estilo de los años setenta es un sueño guajiro.


Tres posiciones trascendentales aún están por definirse. Me resisto a creer que Rosario Robles Berlanga vaya a asumir la Sedesol con su pasado de corrupción y el escándalo Ahumada “por amor”. Sería la prueba de la poca memoria de los mexicanos. El secretario de Energía también jugará un papel por el proyecto de meterle inversión privada a Pemex. Y claro, el secretario de Educación que tendrá la bendición de Elba Esther Gordillo.


¿Un gabinete de monolítico o plural? ¿El reparto de las cartas para Videgaray y Osorio Chong, o permitir figuras emergentes por si los primeros gallos se “accidentan”? ¿Llevarlo a los amigos del Estado de México o darle un perfil regional? ¿Rescatar perfiles impresentables como Mario Marín o Ulises Ruiz o darles ostracismo? ¿Tecnócratas o políticos?

 

El tiempo se agota para Peña Nieto, mientras la élite de poder se come hasta las uñas de los pies.

 

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