Tiempos de Nigromante


Arturo Rueda
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25/05/2011


Lo peor está por venir (con Lalo)


Podría escribir sobre cómo su primer acto de gobierno, cuatro días después de su toma de posesión, se autorizó un aumentazo de sueldo —del cien por ciento— para él, su burocracia dorada y los regidores el cual prometió aclarar y que no ha sido transparentado. O del misterioso regreso a la nómina municipal de Citélum para prestar el servicio de alumbrado público, justificado como concesión de urgencia únicamente para tres meses. Sí, la empresa francesa a la que se entregó Luis Paredes. O también de su cada vez más deteriorada relación con el gobernador Moreno Valle, que ni siquiera lo invita a eventos protocolarios como la primera piedra del CRIT, la recuperación de Valle Fantástico o el lanzamiento de los tres puentes vehiculares de la capital. Por supuesto, en sus primeros cien días apenas pudo construir una de las mil calles propuestas; de seguir ese ritmo terminaría pavimentando cien calles y nos quedaría a deber 900. O del esperpento protagonizado por el alcalde para llenar de lodo a Blanca Alcalá gritando ¡al ladrón, al ladrón!, con el objetivo que nadie dirija la mirada a su propia ineficiencia. Mucha tinta podríamos utilizar en el porqué del fracaso de Eduardo Rivera Pérez en sus primeros cien días de gobierno.


Sin embargo, un tema parece tener mayor peso que los anteriores: Eduardo Rivera Pérez, quizá por ser originario de Toluca, es el primer alcalde de Puebla que no defiende el territorio en disputa con San Andrés Cholula y prefiere entregarlo de buena voluntad. Por eso hecho, y ninguno más, Eduardo Rivera se acerca a ser el peor alcalde en la historia de Puebla. Ni siquiera el demente Luis Paredes se atrevió a desprenderse de una zona de altísima plusvalía inmobiliaria y que genera importantes recursos a la ciudad. De alguna forma, es un traidor a la ciudad que lo eligió para gobernar. Que no llore como mujer lo que no supo defender como hombre.


La cesión de facto ocurrió ayer en otro esperpéntico evento organizado por el cada vez más norteado Guillermo Aréchiga: la firma de un supuesto convenio entre los municipios de Puebla y San Andrés Cholula para prestar servicios públicos en la zona limítrofe, y que en los hechos la entrega en propiedad al municipio vecino con la complacencia de Rivera Pérez. Un convenio, además, que pretende pasar por alto la legalidad del Congreso del estado y el convenio limítrofe de 1962, así como la potestad de la actual Legislatura para reordenar los límites, un hecho que no puede hacer de motu propio Rivera Pérez.


¿Puede un alcalde angelopolitano ceder así de fácil el territorio en disputa? ¿Traicionar a su ciudad? Claro que no. Por ello, el primer diputado en abandonar el esperpento de sesión fue Enrique Doger Guerrero, a quien le tocara defender los intereses y territorio de la capital en el trienio 2004-2007. Por eso también abandonaron la sesión el resto de los diputados tricolores —excepto Víctor Hugo Islas, el suavecito— y José Juan Espinosa, pues todos interpretaron la falta de respeto de una sesión y un acuerdo absurdos, que no fueron convalidados por Rafael Moreno Valle, quien hizo evidente su desacuerdo no asistiendo al Congreso.


Los cien días del gobierno de Eduardo Rivera son un fracaso por donde quiera verse. El juicio ciudadano es implacable y solamente los panistas de ultraderecha se niegan a ver la caída de su alfil favorito rumbo a la próxima gubernatura del 2017. La contundente reprobatoria a Lalo se hizo evidente en los últimos 15 días, a partir de que Moreno Valle cumplió sus promesas de toma de protesta y descendió su ritmo de apariciones mediáticas. Entonces, el alcalde poblano se vio con las manos vacías, pues no tiene nada que informar a la ciudadanía, a diferencia de Moreno Valle.


Lalo Rivera no resiste las comparaciones de los cien días con Enrique Doger —alcalde que inició su trienio en 2004— ni con el frenético ritmo de trabajo o resultado de Rafael Moreno Valle. ¿Cómo es que el alcalde poblano dilapidó en apenas semanas su bono democrático? Algunos lo explicarán en su atrincheramiento con la ultraderecha poblana, pues la mayor parte de los integrantes de su administración formaron parte de la de Luis Paredes y Gabriel Hinojosa. Otros, a que simplemente no sabe forjar alianzas de futuro, y cree que la gubernatura le caerá del cielo por simple exposición mediática. Unos más, que no sabe ni de disciplina ni de jerarquía, pues eso de pelearle posiciones a Rafael Moreno Valle y, encima, ufanarse por “chingárselo”, no puede conducir a ningún lado.


Yo creo, simplemente, que Eduardo Rivera no entiende el concepto de timing político. Me explico: en la vida útil de su puesto como alcalde, cuyo periodo de vigencia son 36 meses pero que en realidad son 30 dada la nominación de su sucesor, Eduardo Rivera malgastó un 10 por ciento de su periodo constitucional en el fracaso de los cien días de gobierno. Para él, el tiempo corre al doble de velocidad que para Moreno Valle: mientras uno estará en el puesto 72 meses y apenas ha recorrido tres, Rivera ya recorrió tres y sólo le quedan 27 meses de vida vigente, después de los que, si no los sabe utilizar sabiamente para generar amplias alianzas, volverá a ser el niño dorado del PAN. O el Toluco. O el Patrullero 777. Cualquiera que sea su destino, parece que lo peor está por venir.

 

 

 



 
 

 

 
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