Tiempos de Nigromante


Arturo Rueda
@Nigromanterueda
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25/10/2012


¿La lista que no era lista pero al final fue muy lista?


Un simple repaso a la mecánica de la producción noticiosa en los mejores diarios y revistas del mundo pone en su verdadera dimensión a aquéllos que se desgarran las vestiduras por las demandas civiles contra dos periodistas impresentables. En Estados Unidos, cada medio de comunicación tiene un departamento de fact checking: comprobadores de la información una vez entregados los reportajes y entrevistas. Llaman a las fuentes consultadas, verifican datos, comprueban hechos y declaraciones. Luego de que los fact checkers han hecho su trabajo, el departamento jurídico revisa el material periodístico para detectar inconsistencias, riesgos, cabos sueltos. Los medios norteamericanos usan el fact checking y a los abogados para evitar demandas millonarias de daño moral por los protagonistas de las noticias: deportistas, políticos, artistas que ven lastimado su derecho al honor. Y nadie se asusta o se tira al piso: las demandas son una parte intrínseca del periodismo.


Eugenio Scalfari, el legendario director fundador de La Repubblica en Italia, acuñó en los 70 aquella frase de que “periodista es la persona que cuenta a la gente las cosas que le ocurren a otra gente”. Pero recientemente cambió su definición en una entrevista para El País: el periodismo es un oficio cruel. ¿Por qué? Porque si noticia no es que el perro muerda al hombre, sino que el hombre muerda al perro, ¿a quién le gusta ser exhibido mordiendo a un perro? Así son nuestros políticos: no les gusta ser exhibidos en sus tratos oscuros, en sus excesos. Por eso siempre el periodista vive el riesgo latente de enfrentar demandas. Y porque tienen derecho a hacerlo. Pero lo mismo sufre el periodista de espectáculos que el deportivo: las figuras públicas se retuercen ante la publicación de sus zonas oscuras.


Ciro Gómez Leyva y Carlos Loret de Mola buscaron subirse al tema de las demandas contra periodistas, pero apenas comprobaron el material “periodístico” de ambos acusados, desistieron. El director adjunto de Milenio, tras escuchar de Sergio Ramírez Robles los calificativos con los que Fabián Gómez suele dispensar, de plano regañó al vocero por darle relevancia a semejante periodismo de adjetivos. El equipo de reporteros del conductor de Primero Noticias entrevistó a Adrián Ruiz y a Fabián, así como al columnista, y luego de terminar la nota, Loret de Mola solamente dijo que se trataba de un caso “interesante”. Ninguna condena a Moreno Valle porque revisaron, otra vez, las columnas llenas de invectivas.


El mismo razonamiento aplicaron las organizaciones nacionales de defensa de periodistas: en un inicio ofrecieron todo el apoyo y asesoría legal a los dos demandados, así como a los otros posibles 17 objetivos. Pero tras revisar el historial de textos de Ruiz y Fabián, decidieron no emitir alerta o ni siquiera posicionamiento. Lo máximo que dirán, según fuentes consultadas, es que se mantienen “vigilantes” al actuar del gobierno estatal.


Las balas, pues, se les acabaron a los espantados y alarmados periodistas locales, que ven en los medios nacionales una tabla de salvación y a los que una simple lista muy lista, “apanicó”. El gobierno estatal eligió bien sus blancos: nadie puede solidarizarse ni apoyar a ambos demandados porque su periodismo no soporta ni los estándares mínimos de Tombuctú. No pueden ser campeones ni paladines de la libertad de expresión. Son los personajes idóneos para retratar la decadencia del periodismo poblano.


Terminado el caso de la mordaza a la libertad de expresión, la historia vuelve a su origen. Y Moreno Valle fue contundente: la crítica que hacen muchos medios de comunicación tiene como objetivo doblegar al gobierno para recibir los privilegios económicos a los que se acostumbraron durante el marinismo pero que el morenovallismo les niega: contratos, prebendas, convenios, chayotes, obra pública. Un asunto de pesos y centavos. Nada más, nada menos. Y de eso se ha tratado todo siempre.


En Puebla se vive una subversión de los valores del periodismo: una prensa libre que pide a gritos ser maniatada. Periodistas que exigen ser amordazados por la ley de hierro de los convenios publicitarios. Una nostalgia del pasado marinista que se tradujo en bonanza a sus bolsillos pero una corrupción galopante.


Nadie puede alegrarse de que un periodista sea demandado por daño moral. Ni siquiera a los impresentables Ruiz y Fabián. Pero hablo desde la experiencia de quien ha enfrentado y enfrenta demandas semejantes: el periodismo auténtico tiene riesgos inherentes. Y uno de ellos es acudir constantemente a tribunales, pagar abogados y esperar con los dedos cruzados un fallo favorable.

 

Por la vía ruda quizá el gobierno consiga un fin loable: que lejos de la anhelada solidaridad gremial de otros periodistas locales y nacionales, reporteros y columnistas se pongan a reflexionar sobre la calidad de su trabajo y el cumplimiento de estándares. El comprobar la información y respetar el derecho de réplica. Entender que el insulto no sustituye a los hechos, y que el declaracionismo es propio del gen colonial. En fin, un mejor periodismo.

 

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