Tiempos de Nigromante


Arturo Rueda
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26/01/2011


El paraíso perdido de Mario Marín


Soberbia. Satisfacción y envanecimiento por la contemplación de las propias prendas. El pecado favorito de los hombres de poder. Cruz e infierno personal. Prolegómeno de la inevitable caída. Castigo por la ceguera. Forma inversa del sentimiento de inferioridad. Aspiración de ser Dios, cuando no se es Dios.


La historia de las caídas provocadas por la soberbia y el sentimiento de omnipotencia es una constante en la historia de la humanidad. En ese sentido, la caída de Mario Marín es apenas un grano de arena en la inmensidad del desierto. Una particularidad aldeana, pero un drama más del poder.


El poder. Y sus hombres. A veces olvidamos que lo son, y que en sus decisiones y actitudes siempre vence el factor humano. Está ahí, presente, rodeándolos y afectándolos. Carencias sicológicas, económicas y personales que se transmutan con la elevación del trono. Haría falta entender que aun en el más alto de ellos, seguimos sentados sobre nuestro propio trasero.


La muerte política de Mario Marín se marca con una cifra y dos nombres. 2006. Lydia Cacho y Kamel Nacif. Con apenas un año en el poder, embriagado de soberbia y con prisa por trascender en el escenario nacional, el gobernador se tropezó con él mismo, gracias a la absurda decisión de traer a su feudo una historia que poco tenía que ver con Puebla, a excepción de un empresario poderoso, experto en el arte del tráfico de influencias, llamado Kamel Nacif.


Una historia que comienza precisamente en el 2005, cuando el gobernador decidió hacerle un favor a su amigo y donante en la campaña: ordenar la detención de una periodista poco conocida que había escrito un libro sobre las redes de pederastia, en el que involucra al empresario textilero como protector de esa red y de un ser siniestro de nombre Jean Succar Kuri.


Con ese favor, pequeño en apariencia, dio inicio la pérdida del paraíso personal de Marín. Como en la visión del poeta inglés Milton, la caída provocada por la soberbia inmensa de sentirse omnipotente. Sin consejeros de nivel y rodeado de aduladores, cometió el gran pecado de un hombre de poder: tomar una decisión sin la información adecuada. Seguramente cuando ese anónimo intermediario pronunció el nombre de Lydia Cacho, ni el gobernador ni sus hombres sabían con quién estaba relacionada sentimentalmente o profesionalmente. No sabía qué intereses tocaban o quiénes podían salir a su defensa.


En el fondo, en la decisión de consignar a una periodista, Marín externó una de sus fobias más íntimas: el desprecio a los medios de comunicación y a la prensa crítica. ¿Cuál es la causa sicológica de esa aversión? Nadie sabe con seguridad. Quizá en sus años de burócrata oscuro recibió algún agravio que nunca consiguió olvidar, pero que decidió cobrar al encumbrarse. Quizá la crítica la entiende de una forma tan personal que le provoca un sordo resentimiento. Probablemente en su trato con la prensa cómoda terminó por acostumbrarse a que el dinero consigue el silencio y las alabanzas, y lo agravia el hecho de que haya algunos que se resistan al comercio de la verdad.


Con la detención de Lydia Cacho comenzó la transfiguración de Marín. En lugar de convertirse en el Satán miltoniano, apenas le alcanzó para ganarse el sobrenombre del “góber precioso”. El fracaso político en la pérdida de legitimidad. El fracaso personal en el tobogán de su altiva dignidad.


El apodo lo perseguirá hasta la muerte, grabado con un cincel siniestro en su lápida y en su epitafio. “Aquí yace Mario Marín, que en vida fue conocido como el ‘góber precioso’ después de mandar a detener a la periodista Lydia Cacho por instrucciones de Kamel Nacif, como se conoció en las grabaciones dadas a conocer un 14 de febrero de 2006. Poco después se convirtió en uno de los pocos gobernadores sometido a juicio por la Suprema Corte de Justicia”.


El drama no ha terminado y el cincel siniestro todavía no deja de grabar en la lápida. Porque la historia del paraíso que Marín perdió en el 2006 encontrará su desenlace hasta el 2007. La investigación de la Suprema Corte de Justicia todavía no concluye y, aunque desde el gobierno estatal pretende darse la imagen de una tranquilidad absoluta por el fallo, el mismo Marín sabe que su destino sigue pendiendo de un hilo: el hilo de la justicia.


Cualquiera que sea el resolutivo —inocencia o culpabilidad—, el texto de la lápida variará poco. En el primer caso rezará: “Fue encontrado inocente y vivió el resto de su mandato perseguido por la sombra de la impunidad”. En el segundo dirá: “Fue encontrado culpable y vivió el resto de sus días perseguido por el desprestigio”.


Cosa diferente será que el desenlace culmine en su destitución del cargo, a pesar de ser encontrado culpable. La coyuntura política, con su propia lógica, dictará sentencia.


En cualquier caso, Marín no recobrará el paraíso perdido. Su meta de convertirse en una figura nacional del PRI también fue arrasado por el escándalo y su traición a Roberto Madrazo. El tiempo lo persigue, porque cada día que pasa es un día menos de poder. El marinismo exultante tiende a extinguirse, sobre todo después de la aplastante derrota que sufrió en las elecciones federales. Y si en los comicios intermedios el tricolor pierde la mayoría en el Congreso, el resto de su mandato se convertirá en un infierno.


En el 2006 el tiempo se dilató para todos. En lugar de un año, por su intensidad parece que vivimos cinco. Pero si para alguien fue duro en especial fue para el propio Marín, quien vivió su hundimiento sin siquiera entender lo que ocurría a su alrededor.

 

(Este texto fue publicado el 14 de febrero de 2007, cuando con motivo del primer aniversario del escándalo Cacho que arrastró a Marín, CAMBIO publicó un suplemento especial con una caricatura del gobernador simulando los golpes que le dio la Suprema Corte de Justicia. En septiembre del 2006 se había ejecutado el golpe contra La Quintacolumna Radio. Por estas razones y varias más, este diario fue privado del convenio gubernamental. Enhorabuena, porque todo lo escribimos a tiempo, no como los oportunistas de hoy que quieren hacerse pasar por críticos. Y sin convenio, sobrevivimos.)

 



 
 

 

 
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