Tiempos de Nigromante


Arturo Rueda
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26/05/2011


La camioneta maldita que Blanca le regaló a Lalo


Tras la rutilante victoria del 4 de julio, Rafael Moreno Valle y Fernando Manzanilla rechazaron el caramelo envenenado que les envió un derrotado Mario Marín: el ofrecimiento de plazas, vehículos y oficinas para que la Comisión de Transición funcionara dignamente. Ofrecían, por supuesto, discreción para que nadie se enterara de los medios convenientes a su disposición. El caramelo fue rechazado por un mínimo razonamiento de ética política: no se puede entrar en componendas o complicidades con un régimen acusado de corrupto, contra el que más tarde o temprano se procederá, sin esperar que más tarde los regalitos sean revirados. A diferencia del gobierno estatal, Eduardo Rivera Pérez no resistió la tentación del erario. El periodista Arturo Luna ya documentó las plazas laborales que Blanca Alcalá le entregó al alcalde electo para sus hombres más cercanos como Adán Domínguez, Mario Iglesias García Teruel y Abel Hernández. Pero los regalitos no terminaron ahí: en septiembre del 2010, ante el argumento de que su coche familiar se lo había “acabado” en la campaña, le pidió un vehículo a la alcaldesa. Solícita, Alcalá ordenó comprarle una Jeep Patriot 2010 de color Blanco con placas TWU6245 que desde la fecha ocupa, sí, la esposa del alcalde, Liliana Ortíz. Vergonzoso. Es la única palabra que me viene a la cabeza: solicitar un vehículo al Ayuntamiento en funciones para uso P-E-R-S-O-N-A-L. Vaya horror.


Por supuesto, Eduardo Rivera Pérez omitió dar a conocer a la opinión pública las plazas laborales y la Jeep Patriot de 350 mil pesos, según precio de distribuidor, para su esposa. Las muchas reuniones de Transición se saldaban con fotografías amistosas y declaraciones rimbombantes de que todo caminaba excelente en el traspaso de poderes. A diferencia de lo ocurrido entre Moreno Valle y Marín, entre Alcalá y Rivera no hubo momentos de tensión ni cuasi rupturas. Mientras muchos marinistas se veían a sí mismos con su traje color caqui ingresando al Cereso, los blanquistas exudaban confianza. Y cómo no si detrás de lo público, en lo privado, Alcalá le había concedido a Eduardo Rivera todo cuánto le había pedido: plazas para 26 colaboradores y una camioneta para uso personal. En ese escenario, la exalcaldesa sabía perfectamente que tenía atrapado a su sucesor en el cargo.


¿Es ético o no que Eduardo Rivera Pérez haya recibido esas prebendas de parte de su antecesora? ¿Sueldos de 35, 30 mil pesos para su staff más cercano? Yo creo que cual fenómeno político, el análisis depende de la coyuntura. Y la coyuntura habla de un nuevo gobierno que en campaña denunció una y otra vez irregularidades y corruptelas. Incluso es ilegal, ya que ni Adán Domínguez, ni Abel Hernández, ni Miriam Mozo ni Mario Iglesias García Teruel ni ninguno de los otros 22 beneficiarios de las plazas se presentaban a trabajar al Ayuntamiento de Puebla ni a ninguna de sus oficinas. Y la camioneta Jeep Patriot tampoco se destinaba a actividades públicas, sino al servicio privado de la casa de Eduardo Rivera: recoger la tintorería, llevar a los niños a la escuela, comprar en el supermercado, llevar a la familia al cine. Actividades eminentemente privadas.


¿Qué llevó a Rivera a caer en esta práctica oscura? No tengo idea. El ejemplo claro, clarísimo, se lo puso Rafael Moreno Valle cuando ordenó a su equipo de transición que no aceptaran nada, nada, nada, que les ofrecieran los marinistas. Ni plazas, ni vehículos, ni oficinas, ni teléfonos. Nada es nada. Hoy, el gobierno morenovallista tiene la cara limpia y puede proceder con la mano en la cintura contra cualquier funcionario, incluido el mismo exgobernador Marín. Porque en política “para tener la lengua larga, hay que tener la cola corta”. Y a Eduardo Rivera le creció unos centímetros cuando aceptó los regalos de Alcalá.
En cualquier democracia del mundo, tras conocerse que recibió una camioneta Jeep Patriot pagada con recursos públicos destinada al servicio privado o familiar, el funcionario implicado tendría que renunciar. Eduardo Rivera no lo hará porque ha decidido esgrimir una pobre defensa. Que las 26 plazas que recibió para su staff son parte de un Programa de Empleo Temporal. ¿Con sueldos de 35 mil pesos? Ajá.


¿Y la camioneta? ¿Cómo la justificará? Los blanquistas esperan, por supuesto, que la niegue. Y es que, perversos al fin, tuvieron el cuidado de tomar fotografías de la Jeep Patriot 2010. ¿Se van a arriesgar a que exhiban, por ejemplo, a Liliana Ortiz llegando a la iglesia de Las Ánimas en el mentado vehículo? ¿Cómo saldrá de ésta Eduardo Rivera?


*** Riestra logra lo que Aréchiga no. A diferencia del maltrato obvio y evidente que todas las fracciones parlamentarias le dispensan al presidente de la Gran Comisión, Mario Riestra Piña sí es capaz de lograr consensos en temas delicados. Vea usted: al exhorto especial a la Contraloría estatal para investigar el robo de 37 millones de pesos en efectivo en la Secretaría de Finanzas, logró que el PRI votara a favor. Y eso que esa investigación va a la yugular de connotados marinistas. Eso es capacidad de operación.

 



 
 

 

 
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