Tiempos de Nigromante


Arturo Rueda
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26/08/2011


Solamente el Leviatán puede instaurar la paz


Me parece que la mejor formulación al caos nacional está resumida por Jorge G. Castañeda en su último libro: la sociedad mexicana, históricamente, tiene un altísimo grado de fragmentación porque somos expertos en buscar soluciones individuales a problemas colectivos. Solamente una cadena semejante de decisiones puede explicar el pandemónium del Casino Royale en Monterrey que dejó oficialmente 53 muertos y que eleva la escala del horror. Jueces federales que deciden mantener abierto un negocio que violó normativas municipales gracias a la dádiva de abogados que corrompen. Empresarios que se alían al crimen organizado y compran protección. Un candidato que pactó con un grupo para alcanzar su sueño de llegar a la gubernatura. Policías y autoridades de Protección Civil que deciden darse la vuelta por unas monedas. Y una larga, larguísima cadena que evidencia el fracaso colectivo de los mexicanos. Se engaña quien piensa que la culpa radica únicamente en la clase política o en la elite. Cada individuo, para solucionar su propio problema personal, es capaz de corroer las instituciones y el espacio público. Morelia, Torreón, Monterrey. Mañana Puebla. Nadie puede salvarse porque el problema es común y ancestral.


Leo la catarsis nacional en las redes sociales. Indignación y condena. Pero inmediatamente los intereses particulares se imponen a la solución colectiva. Un grupo de mexicanos, en lugar de condenar a los criminales que rociaron de gasolina al Casino Royale y lanzaron granadas, se dedican a culpar al gobierno federal de Felipe Calderón. ¿Cuál es la relación para atacar al gobierno? ¿El nexo causal? La ignoro: el dato fundamental es que los mexicanos son incapaces de unirse para condenar a sus enemigos. Cerrar filas contra los criminales que desataron la guerra y matan indiscriminadamente. En ese sentido, México es una rara avis del panorama mundial. El 11 de septiembre de 2011 los norteamericanos tenían claro quiénes era sus enemigos, y no hubo uno que atribuyera el ataque al gobierno de EU por su política opresiva en Medio Oriente. Todos tuvieron una causa común: reparar el agravio, buscar culpables, hacerlos pagar, mejorar la seguridad interna, invertir en inteligencia.


Impensable sería, por ejemplo, que un atentado de ETA generara opiniones a favor del grupo armado vasco. Los partidos y la sociedad española, inmediatamente, cierran filas ante el enemigo común y le dan su apoyo total al gobierno para perseguirlos, capturarlos o enjuiciarlos. Ante el ataque de Atocha, todos marcharon unidos. Y lo mismo ocurrió en Londres.  Definir al enemigo común es la clave.


La sociedad mexicana es incapaz de definir a su enemigo, y por tanto, cerrar filas. Unos piensan que es el gobierno lanzado por Felipe Calderón por lanzar una guerra contra los criminales. Y otros pensamos que los criminales, quienes disputan el monopolio legítimo de la fuerza al Estado, quienes matan y dan drogas a los jóvenes, son los enemigos de México. Las posturas parecen irreconciliables. Y una vez más, se priorizan los soluciones individuales a los problemas colectivos.


Porque el problema está ahí: 53 mexicanos que jugaban, se divertían o trabajaban en el Casino Royale ha muerto luego de que criminales lanzaran granadas y quemaran el lugar. El espacio público ha sido secuestrado y las instituciones corrompidas. ¿Cuál es la solución? La lógica es impecable: reconquistar ese espacio público, limpiar a las instituciones, y luchar contra los criminales que lo provocan. Restituir el monopolio legítimo de la violencia al Estado. Unir la fragmentación social.


El gobierno federal de Felipe Calderón hace su trabajo, y ahí a partir de ahí se puede dar una calificación: mal, regular, bien, muy bien. Lo inexplicable es que se le culpe de lanzar una lucha por recuperar el espacio público, limpiar las instituciones, y combatir a aquellos que convirtieron al país en una guerra civil. En un baño de sangre. Incluso el poeta Javier Sicilia debió retroceder ante la idea lanzada por él mismo de pactar con los criminales para regresar a un supuesto estado de paz que en realidad es sometimiento y miedo.


Pero la izquierda progresiva tiene su lucha individual: condenar a Calderón por los pecados que ni siquiera ha cometido, porque creen que es la vía de que su caudillo derrotado (injustamente dix it) en el 2006 llegue al poder. En una operación mental inexplicable, la catástrofe de Calderón es la victoria moral de López Obrador. Con tal de implantar sus intereses individuales, quebrantan la unidad necesaria para luchar contra los criminales. Pero la catástrofe sigue ahí y quien gane en el 2012 enfrentará ésta y peores cosas.

 

Resumo: los enemigos son los criminales. Los que crean el terror, lanzan granadas, venden drogas, secuestran, ejecutan, corrompen. El gobierno puede ser más o menos eficiente en su lucha contra ellos. Pero como un Leviatán, es el único capaz de sacarnos de la guerra civil, librarnos del miedo y dotar de la paz que hemos perdido. Si no, un día el caos alcanzará Puebla. O ya está ocurriendo.

 



 
 

 

 
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