Tiempos de Nigromante


Arturo Rueda
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26/10/2010


Que el alma de Zavala pronto encuentre reposo eterno


Con puntualidad de reloj suizo nació y murió el invento sexenal de Mario Marín. No tuvo un minuto más de vida del que le dictó su creador, y solamente gozó del poder que el gobernador le delegó. En algún sentido, Javier López Zavala nunca tuvo vida propia, en estricto sentido, fue un homúnculo. Un remedo de existencia, semejante a la figurilla que acompaña al doctor Fausto de Goethe en su viaje al inframundo, pero que nunca puede cobrar vida propia y a menudo termina volviéndose contra su creador. El tránsito de su adicción a Mario Marín y ahora la abominación que le tiene fue cumplida puntualmente luego de que ayer se reuniera con el hombre que lo derrotó por diez puntos, Rafael Moreno Valle, y se ofreciera como un interlocutor válido para negociar con alcaldes y diputados electos del tricolor, con los que supuestamente tiene una gran influencia. No sorprende el odio que debe guardarle a su expatrón luego del último ridículo que le ha hecho pasar. Quizá así terminó odiando la criatura al doctor Viktor von Frankenstein.


¿Quién tiene la culpa del deceso político de Zavala? En parte la criatura y en parte el creador. La criatura quiso escalar en sólo seis años la cúpula del poder sin tener la cualificación o las relaciones regionales necesarias. Su único patrimonio fue siempre la estructura gubernamental y, aún con ella, fracasó. El creador, por su parte, quiso que la maceta saliera del corredor: en lugar de elegir como sucesor a alguien con perfil y carrera propia, un personaje con vida independiente, escogió a quien sería su empleado por siempre. Un obrero obediente que no osara sublevarse contra el proyecto transexenal en el que sólo representaba el papel de una marioneta manipulable.


Zavala hizo de la obediencia virtud, pero no de la inteligencia. El temor reverencial que tenía por Marín le provocó el pánico escénico de no tomar sus propias decisiones en campaña, sino respetar las filias y las fobias del gobernador. Nunca entendió que al designarlo candidato del PRI el poder ya se había transferido, y respetó la designación de Mario Montero y el veto a Enrique Doger. De cualquier forma, ambos pagarán el costo de la sucesión fallida. Mario Marín pasará a la historia por ser el primer gobernador en entregar el poder a la oposición. Javier López Zavala, como un mal sueño de la política poblana.


Hasta ahí, el 4 de julio, los costos se reparten equitativamente entre la criatura y el doctor Frankenstain. Después, el ridículo abominable de buscar la dirigencia estatal del PRI es responsabilidad única de Zavala que no supo medir el timing de la derrota. En lugar de resguardarse y esperar tiempos mejores para reiniciar su carrera, inmediatamente se lanzó a una ruta desenfrenada por la dirigencia estatal del PRI, el único espacio válido para vivir en la oposición. Como aquél que tropieza en frente de todos y se para a caminar para evitar el ridículo, aunque el golpe le duela en el alma, así Zavala quiso hacer creer que nada había pasado. Que no había dilapidado 23 puntos de ventaja y todavía había caído otros diez, que pese a disfrutar de un presupuesto y recursos humanos ilimitados, la estructura le falló a la media hora. Que nunca pudo conectar con el electorado urbano, porque ni siquiera puede expresarse correctamente en español.


Javier López Zavala, sigo afirmando, es poseedor de varias virtudes políticas y humanas, pero ninguna lo suficientemente poderosa para sacarlo del profundo pozo de la derrota. No por lo menos en el mismo año en que perdió. Con el anuncio oficial del retiro de la carrera por la dirigencia estatal, pierde Zavala, pero no Marín, quien en Juan Carlos Lastiri envía un nuevo títere a apoderarse de los restos del naufragio. Cual fichas intercambiables, cree que su lealtad será eterna.


Con su deceso político, Mario Marín ejecuta su venganza: primero lo lanzó a la carrera y luego lo retiró dejándolo en pleno ridículo. Algún día, si regresa de ultratumba, Zavala cobrará cara su factura. Con el juego abierto, los priistas ahora deben decidir entre dos opciones: privilegiar los intereses del marinismo en retirada votando por Lastiri; o privilegiar el juego nacional de Beatriz Paredes que decidió otorgarle su apoyo a Alberto Jiménez Merino. No habrá tercera vía porque Guillermo Deloya ya fue disciplinado en una conversación con Valentín Meneses, en la que se le aseguró la trascendental posición de la Secretaría de Gestión Social.

 

Una época se termina con el final del marinismo y la eclosión de Javier López Zavala, el súper poderoso sexenal que termina en el hoyo. Una lección para quien quiera aprenderla. Al final no pudo ni rescatar su dignidad política, al grado de ofrecerse con Rafael Moreno Valle. La dominación del gobernador electo pinta para absoluta, pues un PRI tan fragmentado es la causa primaria de la derrota. ¿En ese futuro lejano habrá espacio para Zavala? Parece difícil después del altísimo desgaste. Pero lo bueno vendrá cuando deba enfrentarse con su exjefe Mario Marín por una candidatura al Senado. Hasta entonces veremos sus verdaderos tamaños y si puede abandonar su condición de homúnculo.

 



 
 

 

 
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