Tiempos de Nigromante


Arturo Rueda
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26/10/2012


La viciada y viciosa relación prensa-poder en Puebla


La polarización del periodismo poblano no estalló el martes pasado cuando el vocero del gobierno estatal, Sergio Ramírez Rosas, demandó por daño moral a dos columnistas. Arrancó específicamente la mañana del 14 de febrero de 2006 cuando, con honrosas excepciones, reporteros, columnistas y directivos de medios decidieron blindar a Mario Marín en la embestida nacional que produjo la ilegal detención de Lydia Cacho. La autora de Los demonios del Edén conoce mejor que nadie la historia de los medios poblanos que se le fueron encima y los pocos que la apoyaron.


El célebre “Góber precioso” pagó bien los apoyos en la crisis más importante de su gobierno. Oficialmente, según demostraron los reporteros Arturo Alfaro Galán y Ernesto Aroche, en el sexenio marinista se erogó un promedio de 180 millones de pesos al año. Más de mil millones entre 2005 y 2011. Extraoficialmente corrían maletas de dinero, prebendas, obra pública y el célebre chayo. Reporteros y periodistas que habían vivido en la austeridad republicana, de la noche a la mañana se hicieron ricos. Mientras en el mundo se cerraban diarios, en Puebla se creaban portales y periódicos sin audiencias ni lectores. Una bonanza inimaginable para casi todos. Para los periodistas de Puebla, Marín era el mejor gobernador del país, Lydia Cacho una vieja loca, y Televisa el arma para desestabilizar a un estado.


Claro que hubo quienes decidimos continuar informando del caso Cacho y de la investigación de la Suprema Corte de Justicia. A nosotros nos tocó el palo. En el noticiero del periodista Jesús Manuel Hernández, el “Góber precioso” decretó pena de muerte en contra de La Quintacolumna Radio que conducíamos Mario Alberto Mejía y yo. Dos semanas después fuimos expulsados de la radiodifusora que se apropió José Hanan Budib, uno de los empresarios más cercanos al “Góber precioso”, y desde la que, casualmente, le pegan un día sí y otro también a Rafael Moreno Valle. La demanda que interpusimos en la Procuraduría General de la República nos ganó difamaciones, burlas y veto por parte del “gremio” periodístico, que le dio su solidaridad… a Mario Marín.


El periodismo poblano tocó fondo en la campaña electoral de 2010 cuando los beneficiarios de esa perversa relación con el poder decidieron que para sus intereses era mejor que continuara gobernando el PRI en Puebla. No es extraño que los medios tengan apuestas políticas. Sí lo es que para golpetear al candidato de la oposición, el eje de las críticas fuera una supuesta condición sexual, e incluso se publicara en portales un video trucado llamado “Las princesas de Atlixco” en el que Moreno Valle aparecía en una fiesta “loca”. Los adjetivos intolerantes no escasearon.


Cuando Moreno Valle ganó la gubernatura se acabó la cultura de la colusión entra la prensa y el poder que Mario Marín había llevado a su máxima expresión. La administración retiró los clásicos convenios y desaparecieron los pagos en efectivo. Los primeros meses estuvieron llenos de zalamería esperando el regreso de los beneficios. El gobierno creó un esquema para que la publicidad oficial fuera asignada de acuerdo con certificaciones de tiraje, rating o visitas a los portales. Solamente dos o tres medios acudimos a esa convocatoria. El resto decidió continuar por la vía tradicional de la cultura de colusión: golpear hasta ablandar.


Pero el gobierno morenovallista no se ha ablandado, y en vez de eso, se ha endurecido. Peticiones de rectificación, cartas aclaratorias, que en muchos casos fueron ignoradas, y hasta burlas, recibieron hasta que la lucha se convirtió en un golpe a golpe, carta a carta, insulto a insulto. La escalada llevó a una polarización en la que, nuevamente, el sistema mediático se partió en dos: los acusados de ser aliados del gobierno estatal y los acusados de ser sus enemigos.


En ésas estábamos cuando el gobierno se decidió a dar el paso más arriesgado en la escalada de agresiones mutuas: demandar por la vía civil a dos periodistas, Fabián Hernández (Contraparte) y Adrián Ruiz (El Heraldo), y una lista de otros 17 objetivos. Lejos de arredrarse, por lo menos en público todos han replicado los tambores de guerra para continuar el intercambio de golpes. Moreno Valle respondió contundente: no a calumnias periodísticas para obtener prebendas económicas.


La guerra, pues, continuará porque el gobierno poblano decidió terminar la viciada y viciosa relación que estableció Mario Marín bajo el canon de “te pago para que no me pegues”. Pero la guerra tiene sus beneficios: periodistas y reporteros que por varios años se acostumbraron a vivir del halago gratuito y la ocultación de escándalos, ahora sueltan críticas a la menor provocación y sueñan con documentar el escándalo que derrumbe al gobierno.

 

Con un periodismo en pie de guerra, los funcionarios del gobierno estatal deberán ser más cuidadosos en su actuar público. Los perros de presa esperan. Y no van a perdonar.

 

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