Tiempos de Nigromante


Arturo Rueda
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27/04/2011


Que 20 años de amistad, rivalidad y ¿amistad otra vez?, no es nada


Políticos profesionales ambos, será imposible conocer una versión fidedigna de todo aquello que hablaron Mario Marín y Enrique Doger en su primer encuentro tras los tumultuosos tiempos de la sucesión priista que culminó en la derrota tricolor del 4 de julio de 2010. La versión esparcida por ambos coincide puntualmente en que dedicaron más de 120 minutos a dialogar civilizadamente sobre la unidad del PRI rumbo al 2012, y que si bien jamás abordaron específicamente su mutua ambición por alcanzar al Senado, sentaron las bases para una colaboración respetuosa y madura, muy lejos de los terribles enfrentamientos que mantuvieron a lo largo del sexenio marinista. Hasta ahí el guión oficial. Más interesante es el tras bambalinas entre dos hombres de poder que han atravesado la gama de sentimientos que conocen las relaciones humanas: amistad, camaradería, complicidad, distancia, intriga, odio, repulsión, frialdad, templanza y, quizá ahora, de nuevo, el regreso a los polvos de viejos lodos de la amistad. Entre políticos, todo es posible. Y más si se encuentran en campaña, como lo están Mario Marín y Enrique Doger, ambos con la mira puesta en un escaño del Senado de la República. Y es que por primera vez hay espacio para los dos. Separados, destrozaron al PRI y le entregaron la gubernatura a Moreno Valle en bandeja de plata. ¿Juntos, podrán obrar un milagro?


La memoria sólo me trae un encuentro semejante en la historia política reciente. En las horas previas a su designación como comisionado para la paz en Chiapas, Manuel Camacho Solís encaró a su amigo y jefe, el presidente de la República. Un reclamo sin parangón: ¿Por qué no fui yo, Carlos? ¿Por qué Colosio? El tenso encuentro, relatado en las memorias del exregente capitalino, señala que Salinas de Gortari lo instó a abandonar la conversación. “No tiene sentido, un presidente no da explicaciones”. Camacho insistió. Y entonces Salinas procedió a explicar el error de Manuel. “En primer lugar, te acercaste demasiado a mis críticos. Te volviste poco confiable ante el equipo. Colosio sí lo era”. Al final Salinas de Gortari tuvo razón: la charla no derivó en nada, Camacho nunca digirió su derrota en la sucesión de 1994 y, tras el asesinato de Colosio, la ruptura entre ambos fue inevitable.


La duda carcome. ¿Habrán tenido una conversión semejante Enrique Doger y Mario Marín? ¿Una plática sobre el pasado, los agravios mutuos, las desavenencias, las puñaladas traperas, las indiferencias? ¿El exalcalde habrá preguntado por qué no fue él? ¿Marín le habrá dicho por qué sí Zavala? ¿Intercambiaron información sobre los muchos personajes que conspiraron para que su antigua amistad se volviera odio férreo? ¿Hubo un mea culpa del exgobernador al escoger a su sucesor? ¿Se arrepintieron que su disputa personal arrastrara al PRI a la derrota? ¿Hubo perdones mutuos?


Conociendo a ambos, sé que ninguno platicará la historia real de los más de 120 minutos encerrados en un privado, desayunando, sin testigos más que su propia conciencia. Tampoco sabremos quién convocó a quién, y si cantaron el tango aquél de que “20 años no es nada”. Creo, sin embargo, que no hubo un revisionismo histórico. Soberbios ambos, no veo a Doger pidiendo explicaciones ni a Marín dándoselas. Imposible entre sujetos tan arrogantes revisar su actuar histórico: sus aciertos, sus errores, sus pésimos consejeros. Aquello que hicieron bien, que hicieron mal. La historia dicta un solo juicio: en medio de su enfrentamiento, entre la pretensión de Marín de perpetuarse y la intención de Doger de arrebatarle el poder, quedó atrapado el PRI.


Políticos profesionales ambos, hablaron del presente y del futuro, pero no del pasado. De las condiciones de la lucha electoral para el 2012 y la eventual restauración tricolor de la mano de Enrique Peña Nieto. Nadie lo reconoce, pero es evidente que analizaron la actuación del gobernador Rafael Moreno Valle y su estrategia electoral. También de Javier López Zavala y Blanca Alcalá, no en el marco de la sucesión de 2010, sino los rivales potenciales del 2012 por alzarse por la candidatura al Senado. Y luego, seguro, se despidieron con un apretón de manos prometiendo colaboración mutua, hacer equipo. Nunca sabe: si “20 años no es nada”, entre Enrique Doger y Mario Marín puede transitarse del fuego al hielo, y quizá al fuego otra vez.

 



 
 

 

 
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