Tiempos de Nigromante


Arturo Rueda
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27/08/2010


La censura periodística en los tiempos del marinismo


Siempre he creído que el periodismo es un oficio rudo: quien da golpes tiene que aceptar recibirlos. La crítica al poder es una actividad peligrosa, porque el poderoso tiene a su disposición innumerables instrumentos de coacción y presión para defenderse, mientras el periodista sólo está armado de su nombre y su pluma. Una actividad que a corto plazo presagia derrotas para el redactor, pero victorias morales a largo plazo. El juicio del tiempo es aquel que dicta sentencia sobre el buen y el mal periodismo, entre aquel que a tiempo hizo un llamado a la cordura y la denuncia, y aquel se resultó beneficiario del oprobio. Con base a estos razonamientos decidí ausentarme del “Diálogo de seguridad” que el gobernador Mario Marín convocó para escuchar las opiniones de dueños y directores de medios de comunicación sobre el tema. Se trata de una postura personal, no institucional, pues CAMBO fue bien representado por nuestro director fundador, don Gabriel Sánchez Andraca. Personal porque en seis años no me he sentado a la mesa del gobernador, y sí en cambio fui objeto de la represión a los medios de comunicación en su sexenio. Precisamente, los actos de los que se enorgulleció rodeado de los medios que disfrutan su amistad y prebendas a lo largo del sexenio. No tengo problemas con ninguno de ellos, pero cada quien elige sus mesas.


Como oficio rudo, desconfío de los periodistas que se tiran al piso por las agresiones del poder y se rasgan las vestiduras rememorando sus críticas heroicas. Finalmente, la censura que sufrimos es polvo de viejos lodos. La historia es ampliamente conocida y no hace falta nuevamente llorar por lo perdido. Es cierto que los agravios del poder generan un periodismo vindicante al estilo de Julio Scherer, quien 34 años después del golpe a Excélsior todavía no puede olvidarlo ni perdonarlo, como escribió en el 30 aniversario de Proceso. No es mi caso: con la historia de encuentros y desencuentros entre periodistas y políticos, podrían escribirse miles de tomos. Lo contrario es convertirse en John Rambo: cargar permanentemente las heridas y los traumas de la guerra. Nunca salir de Vietnam o Irak.


La postura del olvido pasivo, sin embargo, no puede convalidar la sinrazón de Marín al ufanarse de que en su sexenio ningún periodista fue encarcelado o perseguido. Se entiende que nadie, de los que lo rodeaban, alzara la voz: quizá lo que el gobernador quiso decir fue que ninguno de sus amigos periodistas fue encarcelado o perseguido. Hoy es muy fácil criticarlo y facilitar la tarea de demolición de un gobernador en desgracia y perdedor, pero en su momento de mayor poder, quienes nos atrevimos, fuimos satanizados por compañeros del gremio y perseguidos desde el poder. No nos lastima, al contrario, nos enorgullece decirlo: por negarnos a seguir la línea oficial de ocultar el caso Lydia Cacho fuimos despojados de la estación 1010 AM y del convenio de publicidad que el gobierno mantenía con la empresa. Nos defendimos jurídicamente, pero tampoco nos quedamos estacionados en ese agravio: nos dedicamos a un periodismo crítico y nuestras revelaciones fueron utilizadas como armas de campaña por la alianza opositora para demostrar la corrupción del régimen; cumplimos el papel de centinelas del interés público pese a la descalificación atenazada por otros medios de comunicación. Medios, por supuesto, que hoy no tiene argumentos para deslindarse de la complicidad con el poder marinista.


Durante diez años Salvador Martínez Duarte, dueño de la estación La Nueva 10, le dio en renta la radiodifusora a la empresa que hace el periódico CAMBIO. Intempestivamente, en octubre del 2006, el dueño se comunicó con los directivos de la empresa y les dijo que ya no podía seguir con los acuerdos, y les dio un plazo fatal para que sacaran del aire la programación. En particular el programa "La Quintacolumna", de Mario Alberto Mejía y Arturo Rueda. Fuentes del gobierno nos informaron que el gobierno marinista le estaría pagando muy buenas cantidades de dinero al dueño de la estación con el fin de que sacara del aire ese programa. Incluso, José Hanan Brady, empresario y amigo personal del gobernador, es hoy el tenedor o propietario oficial. La historia confirmó las versiones que nos llegaron en su momento.


El gobernador, con su propia voz, confirmó el golpe. "Los compañeros periodistas de la estación ´La 10´ (...) se quejan o tienen versiones de que tu gobierno estaría persiguiéndolos y quitándoles el espacio (...). Realmente, gobernador Marín, sé que son críticos... Pero tú en lo personal, ¿hay alguna situación?", le preguntó el brillante y decano periodista Jesús Manuel Hernández en la radiodifusora ABC.


La respuesta de Marín no tardó en llegar: "Durante mi vida de 27 años en la política, al menos los últimos 12 años en los que he sido subsecretario de Gobernación, presidente del PRI y ahora gobernador, nunca he tenido conflicto alguno con algún periodista. Nunca he presentado denuncia o nunca he mandado a intimidar o a censurar alguna crítica, pero curiosamente a los compañeros a los que te refieres, ellos sí me han perseguido, porque no sé cómo puede vivir un programa en el que todos los días se han dedicado a atacar, atacar, atacar con fundamentos o sin ellos. ¿Es que no hay otras noticias de qué informar? ¿Qué no hay otros temas? Cuando algo lo hacen así, como ellos lo hacían, por consigna; o sea, su papel era pegar. Y si no era el gobernador, era uno de sus colaboradores. Pegarles hasta el cansancio". Y aseguró que nada pasaría si desapareciera un medio en Puebla.

 

Nos defendimos en la Fiscalía Especial de Delitos contra Periodistas de la PGR, quien remitió el asunto a la Procuraduría local. No tenía caso continuar. En lo personal, nunca regresé a la radio poblana. Sigo sin hacerlo, pero no hay lamentos: nuestro periodismo nació en la guerra con el poder, nada puede borrar esa marca. Es de fuego e indeleble. El periodismo es un oficio rudo: no se vale llorar.

 



 
 

 

 
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