Tiempos de Nigromante


Arturo Rueda
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29/10/2010


También Bartlett tira navajazos al marinismo


Es una frase trillada que no deja de tener peso en la realidad: “La venganza es un plato que se come frío”. En la feria de las deslealtades que vive Mario Marín a menos de cien días de abandonar el poder, Manuel Bartlett protagoniza un papel estelar; primero arremetió tímidamente llamando “desprestigiado” a quien un día calificó como su pupilo favorito y ayer, aprovechando sus escasas visitas a la entidad que gobernó y el escándalo por la subasta de dos terrenos en Angelópolis, culminó su particular vendetta espetando un “corruptos” para definir a los funcionarios encargados de gestionar la Reserva. A medias cuidó las formas con el gobernador, pero no puede señalarse al cuerpo sin impactar la cabeza. No lo dice, pero es seguro que se arrepiente de haberle dado un impulso trascendental a la carrera política de Marín cuando lo nombró secretario de Gobernación, dirigente estatal del PRI y luego le entregó la candidatura a la alcaldía. ¿Nunca se dio cuenta Bartlett de las tendencias que ya mostraba su ahijado y del grupo político que lo rodeaba? ¿O fue acaso que el poder transformó a Marín y su burbuja en una “bola de corruptos”?


No, el exgobernador lo que hace es cobrar una vieja factura, un agravio profundo que provocó su ruptura en los albores del sexenio. Cuando Marín alcanzó la gubernatura, Bartlett pensó que recibiría el trato de un pater familia, mentor ideológico del grupo que desplazaba al melquiadismo. Era natural: muchos de los jóvenes que él inició en política tenían cargos destacados, Jorge Estefan Chidiac, Blanca Alcalá, Javier Sánchez Galicia, Eduardo Macip, Gabriel González Molina. A otros los conocía de largo como colaboradores de años, Valentín Meneses, Mario Montero, Javier López Zavala y Javier García Ramírez. Su única decepción fue que a Carlos Meza nunca le cumplieron ni la Procuraduría ni la magistratura prometida, pero a todos les dio aval. Pensó que le pedirían consejo, que sería una especie de gurú político.


Ni guía ni mentor, ni gurú ni nada. Con apenas unas semanas en el poder, resintió la puñalada por la espalda. Ocurrió en la XIX Asamblea Nacional celebrada en Puebla en el 2005 bajo la dirigencia de Roberto Madrazo, coordinada por Melquiades Morales Flores y auspiciada por Mario Marín. Bartlett se fue a Tehuacán para dar la batalla en la mesa del Programa de Acción, pues había en la mesa una propuesta de reformar el capítulo energético para permitir la inversión privada. Tras más de diez horas de batalla, como un león viejo, el exgobernador fue traicionado por la delegación poblana a la hora de la votación. Más de 200 delegados locales recibieron la orden de retirarse sigilosamente, y las propuestas de Bartlett fueron derrotadas. Ese día empezó a alejarse definitivamente del PRI y terminó apoyando la idea del voto útil a favor de Andrés Manuel López Obrador. Amarga jornada en la que se arrepintió de su expupilo favorito, pues nadie más que Mario Marín pudo dar la orden que el mentor, el gurú, el pater familia, fuera abandonado.


Tras la puñalada por la espalda, resentido, Manuel Bartlett comenzó a alejarse progresivamente de la entidad; pintó su raya del marinismo. El único acompañante oficial fue Carlos Meza, enviado también al ostracismo. En la crisis del escándalo Cacho su consejo no fue solicitado. Ambos, el exgobernador y el notario esperaron tiempos mejores para la vendetta. Tiempos que han llegado con la derrota y la feria de las traiciones. En su artículo de El Universal tras los comicios del 4 de julio, explicó que el Gobierno federal en Puebla se había aprovechado de un gobernador “desprestigiado”. Ayer, a unos metros de su expupilo favorito, en los festejos de don Enrique Montero Ponce, se soltó el pelo. Uno más que se une a larga lista de agraviados.


Por supuesto, nadie puede discutir el monumento a la corrupción que el marinismo construyó en Puebla, pero tampoco que el deporte local de hoy es pegarle a Mario Marín. Todos los que un día levantaron su estatua hoy ayudan a derrumbarla, son los valientes de hoy que ayer no osaron tocarlo ni con el pétalo de una rosa. En ese grupo de valientes destaca hoy, con brillo propio, el exgobernador Bartlett, quien de alguna forma al denunciar la corrupción del régimen se muerde la lengua, pues él y nadie más formó a la clase política que nos gobernó en el actual sexenio. En frase se resume todo: si Marín existe, es porque Bartlett lo inventó. Así de sencillo.

 



 
 

 

 
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