Que Doger llegara al poder no significa que el marinismo será enjuiciado, y mucho menos que alguno de los grandes ladrones de Puebla pisara la cárcel. Por el contrario, lo más probable es que pactara inmunidad para Marín

 

Tiempos de Nigromante


Arturo Rueda


Un proyecto por la gubernatura

 

Enfebrecidos por ocupar la desprestigiada silla de Mario Marín, los aspirantes a la gubernatura se mueven en el mismo círculo vicioso de la política nacional: primero el hombre, luego el proyecto. Es decir, priístas y panistas que corren desbocados rumbo al 2010 han puesto sus ambiciones de poder por delante, sin explicarnos para qué quieren ese poder o cómo pretenden usarlo. No se trata, por supuesto, de la retórica usual del servicio para el pueblo. Hablamos de algo más grande y difícil de comunicar: cuál es su proyecto para Puebla. En otras palabras, cómo recuperarán el tiempo perdido desde el sexenio bartlistta y cómo sanearán a Puebla de la corrupción marinista que ha envilecido lo mismo a empresarios, que a periodistas y líderes políticos.

 

Tampoco hablamos de un programa de gobierno: la experiencia nos ha enseñado que los Planes de Desarrollo son instrumentos inútiles que sólo sirven para justificar el gasto del erario. Quizá se trata de algo más romántico pero también más tangible. Los norteamericanos lo llaman sueño, y su exponente más claro es Barack Obama, el candidato demócrata a la Presidencia de Estados Unidos, y que fue capaz de rebasar el posicionamiento de Hillary Clinton cuando cuatro años atrás sólo era un senador estatal. El electorado gringo se ha entusiasmado con el sueño de la esperanza. Él tiene una agenda del porvenir.

 

¿Quién, entre los aspirantes poblanos, tiene un proyecto para el estado fuera de sus ambiciones personales? ¿Por qué deberíamos seguir a Moreno Valle, Zavala, Doger y compañía si todavía no nos explican las causas que representan? ¿Cuáles son sus banderas además del amor al poder?

 

Habrá un momento en la historia en el que todos deberán hacer un mea culpa por haber apoyado a Mario Marín a la gubernatura. Por él votaron casi 900 mil poblanos, y las elites empresariales, políticas e intelectuales de la entidad se apostaron por el casi en exclusiva. Su legitimidad era absoluta e incluso él mismo creía que podía ser un mejor gobernador que Manuel Bartlett. Pero algo pasó: Marín buscó el poder como una vía para satisfacer su psicología maltrecha, pero no tenía una bandera y mucho menos un sueño. Un año después de llegar la guberntura solo era aprobado por 3 de cada 10 poblanos. Hoy, ya en franco descenso, no obtiene un seis de calificación y si las elites permanecen a su lado es gracias a la sangría presupuestal que disfrutan sus bolsillos.

 

¿Tienen Moreno Valle, Doger, Zavala y compañía alguna bandera? ¿Entusiasma alguna de sus causas? ¿Tiene algo más que sus ambiciones personales de poder? Analicemos la evidencia.

 

Quizá sean Enrique Doger y Javier López Zavala quienes tienen más claro qué representan. Némesis contrapuestas, representan exactamente la ruptura y el continuismo del marinismo al interior del PRI. Zavala, por supuesto, encarna la continuación del proyecto transexenal del gobernador y sus mismos valores: opacidad, corrupción, ineficiencia. Doger, por el contrario, representa algo distinto. No sabemos si mejor o peor, pero algo distinto.

 

Y es que aquí va una acotación importante. Que Doger llegara al poder no significa que el marinismo será enjuiciado, y mucho menos que alguno de los grandes ladrones de Puebla pisara la cárcel. Por el contrario, lo más probable es que pactara inmunidad para Marín y los suyos, e incluso que algunos de sus personajes más allegados brincaran al nuevo sexenio para garantizar la protección. Priísta al fin, Doger no rompería las leyes del sistema político mexicano que se traducen en complicidad a toda costa. El único que las ha roto es Ernesto Zedillo, y por eso prefiere no regresar al país.

 

Doger puede significar quizá mejor gestión pública y un proyecto de desaldeanización para Puebla, pero en ningún caso persecución a los marinistas.

 

¿Y Moreno Valle? Su extremo pragmatismo y su ADN priísta lo hacen una réplica de Doger y Zavala: tampoco perseguirá a los personajes del gobierno en turno. No es una opción de cambio y tampoco es un líder de oposición. Ni siquiera cuando salió del tricolor se le fue a la yugular al gobernador, y desde que llegó al Senado ha evitado verter críticas extremas en contra del gobierno estatal. Su esperanza es que Marín decida negociar con él en caso de que el PRI se vea perdido en las elecciones. Un pacto de transición al estilo Fox.

 

Peor aún: Moreno Valle también abandera los privilegios tan onerosos que han hecho de Elba Esther Gordillo uno de los poderes fácticos del país. ¿Alguien duda que Puebla no se convertirá en coto de poder para el SNTE y los maestros el gremio más privilegiado a costa de la calidad educativa?

 

Lo que Moreno Valle sí significa es un nuevo paradigma de gestión pública y el probable regreso de varios miembros del Grupo Finanzas, así como la incorporación de varios panistas al gobierno estatal. Quizá sí, pero quizá no, una mejor forma de gobierno.

 

¿Y qué decir del resto de los probables aspirantes? Blanca todavía no logra cristalizar su visión en la ciudadanía y el resto, por desconocidos, muchos menos podrían convencer de un proyecto o un sueño.

 

¿A alguien convencen las banderas de los precandidatos?

 



 
 

 

 
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